
Aura Diaz
Politóloga y socióloga
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Son las cuatro y media de la mañana del 28 de marzo de 2026. El silencio de la vereda solo se rompe por el crujido del despertador de Antonio Merchán. Mientras el frío de la madrugada aún abraza las montañas de Santander, Antonio se alista; sabe que hoy no es un sábado cualquiera. Hoy, el polideportivo del Corregimiento de Puente Llano se convertirá en el epicentro de una esperanza colectiva: la gran audiencia pública del Territorio Campesino Agroalimentario (TECAM) Cacique Poima.
Los TECAM no son solo puntos en un mapa; son territorios pensados, habitados y organizados por quienes sudan la tierra. Su columna vertebral es el Plan de Vida Digna, una hoja de ruta donde el campesinado deja de ser un espectador para convertirse en arquitecto de su propio destino a corto, mediano y largo plazo. Es la herramienta con la que sueñan materializar esa Reforma Agraria Integral y Popular que por décadas les fue esquiva.
Un nombre con historia, una lucha con memoria
Durante más de un año, la comunidad de ASOPOIMA ha convertido el polideportivo en una escuela de poder popular. En más de 15 talleres, entre tintos, talleres de agroecología y debates sobre el Decreto 780 de 2024, campesinos y profesionales del campo desmenuzaron las leyes para construir una territorialidad propia.
Decidieron bautizar su territorio como Cacique Poima, evocando a uno de los treinta y tres cacicazgos que resistieron la invasión española. Hoy, la resistencia no es contra armaduras de hierro, sino contra el avance de un capitalismo salvaje que invisibiliza al campesinado. Son 21.000 hectáreas y 25 veredas —24 de Oiba y una de Guadalupe— que se reconocen no por los fríos trazos del IGAC, sino por los lazos sociales, culturales y económicos que las unen.
Rostros de la tierra
En otro rincón de Oiba, Chela se prepara para la jornada. Ella es el alma de AGROCAT, la asociación de campesinos sin tierra. A sus 55 años, la vida de Graciela es un testimonio de tenacidad: entre el jornal diario y su pequeño proyecto de gallinas criollas, lucha por pagar un crédito y sostener su hogar en unos pocos metros cuadrados.
«¿Cuándo llegará el Estado a estas familias?», se pregunta uno al verla vender sus huevos en el pueblo.
En un país donde el 98% de la tierra está concentrada en manos de unos pocos, el Plan de Vida Digna del TECAM exige formalización y adjudicación para quienes, como Chela, conocen la tierra por su olor y no por una escritura.
Al mismo tiempo, Nancy y Camilo, de la veeduría ambiental, revisan sus notas. Oiba ha sentido el rigor de las hidroeléctricas. Se les llama «pequeñas», pero sus daños son inmensos: en 2022, uno de estos proyectos secó el río Oibita. Por eso, la defensa de los bienes comunes es uno de los seis ejes rectores que hoy presentarán ante las entidades nacionales.
El horizonte del «Bien Vivir»
La audiencia no es solo un evento formal; es la entrega de un testamento político. Más de 25 organizaciones, desde acueductos comunitarios hasta asociaciones de mujeres, presentan un plan a diez años (2026-2036). Buscan que el Estado no solo escuche, sino que financie una visión de mundo que incluye:
- Agroecología.
- Autogestión.
- Educación popular.
- Derechos humanos.
- Equidad de género.
- Defensa del territorio.
Todo esto bajo el reconocimiento del campesino como sujeto de derechos, un hito logrado apenas en 2023 con la modificación del artículo 64 de la Constitución. Antes, para la ley, simplemente no existían.
Un futuro en marcha
El reloj corre. Para mayo, esperan que el consejo directivo de la Agencia Nacional de Tierras (ANT) entregue la resolución definitiva de constitución del TECAM. Es una carrera contra el tiempo y la incertidumbre política del país.
Pero el proceso de Cacique Poima no está solo; es una de las ocho semillas que germinan en Santander bajo el ala del Congreso Ambiental de Santander (CASA AGUAYA) y el centro de investigación CINASA.
Para quienes acompañamos este proceso, ser hija de campesinos y ver la academia salir de las aulas para fundirse en un abrazo con la base es la mayor recompensa. Al pensar en mis abuelos y abuelas, en sus dolores y en su lejanía de un Estado ausente, entiendo que luchar por «la construcción de otros mundos posibles» no es una utopía ideológica. Es, sencillamente, la búsqueda del Bien Vivir: un desarrollo que nace desde adentro, desde el corazón de la tierra, y que no entiende de fronteras.


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