
Yeslie Hernández
Artista plástica, diseñadora gráfica y comunicadora social
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Si Camilo Torres Restrepo viviera hoy, hablaría de la paz desde una posición radicalmente incómoda. No desde la nostalgia ni desde la épica armada, sino desde una ética profundamente humana, negada a normalizar la muerte, el cinismo político y la traición a los pueblos.
Camilo no fue un ideólogo de escritorio ni un guerrero en el sentido clásico. Fue sacerdote, sociólogo y un hombre atravesado por el dolor social de Colombia. Su voz, en el presente, partiría de una pregunta incómoda: ¿qué tipo de paz es posible cuando la violencia sigue usándose como lenguaje político y cuando los procesos de diálogo se vacían de contenido transformador?
Recordar a Camilo exige despojarlo del mito romántico del combatiente. Su paso por la guerrilla fue breve, casi simbólico y trágicamente corto. Murió en su primer combate, en 1966, sin haber cumplido siquiera un año en el ELN.
Su muerte no fue la de un estratega militar ni la de un hombre formado para la guerra. Murió como alguien que, en esencia, no era un hombre de armas. Camilo llegó a la insurgencia empujado por el cierre sistemático de los caminos democráticos, por la persecución política y por la imposibilidad de ejercer una oposición real desde la legalidad. Su decisión no fue una exaltación de la violencia, sino la derrota ética de un sistema que no le dejó otro lugar. Este dato es clave hoy: Camilo no eligió la guerra porque creyera en ella, sino porque el país le negó una paz con justicia.
Hablar de paz en Colombia y del pensamiento de Camilo Torres Restrepo sin mencionar los hechos recientes que enlutan al país —en particular los ataques armados y las crisis humanitarias en diversas regiones— sería negar la realidad.
Resulta necesario, entonces, observar con cuidado la cronología del proceso de diálogo entre el actual gobierno y el ELN, porque la idea de que dichos diálogos se mantuvieron vivos y operantes hasta 2025 responde más a una construcción narrativa que a una constatación empírica. Desde su relanzamiento a finales de 2022, la mesa entró rápidamente en un ciclo de contradicciones públicas, crisis y pérdida de contenido político que, en la práctica, la dejó suspendida mucho antes de la declaración oficial.
Ya en 2023, esa insurgencia negó públicamente la existencia de acuerdos anunciados por el Gobierno. Se produjeron ataques armados de alto impacto y el cese al fuego funcionó más como figura discursiva que como realidad verificable en los territorios. Durante 2024, lejos de consolidarse avances, el cese al fuego expiró sin resultados estructurales, la mesa quedó técnicamente congelada durante meses y se acumuló una cadena de hechos violentos —incluido el atentado en Arauca—. Analistas y medios registraron entonces una negociación paralizada, sin agenda, sin comunicación real entre las partes y sin un mínimo de confianza.
En enero de 2025, cuando el Gobierno anunció la “suspensión” formal tras la crisis del Catatumbo, el proceso llevaba al menos un año y medio operando como una ficción política: sin sesiones sustantivas, sin cumplimiento verificable y sin condiciones reales para avanzar.
A la luz de este análisis, el dato no es menor. Confirma que la paz con el ELN no fracasa de un día para otro, sino que se descompone lentamente cuando se tolera la violencia mientras se sostiene un relato de diálogo. Esa disonancia entre discurso y realidad es, precisamente, lo que Camilo Torres habría señalado como una forma contemporánea de negarle al país una paz honesta, ética y verdaderamente comprometida con la vida.
Un Camilo Torres contemporáneo advertiría con fuerza que los combates entre frentes de las extintas FARC y del ELN en Arauca y el Catatumbo, o entre distintos grupos disidentes, no son hechos aislados, sino síntomas de la incapacidad estructural de los procesos de paz para incluir a todos los actores y garantizar transformaciones reales.
La trayectoria vital de Camilo estuvo ligada a la idea de transformar las condiciones que alimentan la violencia: la desigualdad, la exclusión social y la falta de participación política. Hoy, sin embargo, gran parte del debate público y mediático se concentra en las tácticas de negociación o en los fracasos puntuales de las mesas de diálogo, más que en las raíces sociales del conflicto.
Camilo también observaría con dolor que la lucha armada que él mismo asumió, tras sentirse forzado por la exclusión política de su tiempo, es señalada hoy como una práctica que ha perdido su horizonte ideológico de transformación social y que aparece asociada, en muchos casos, a intereses económicos ilegales. Sin duda, matizaría esa afirmación con una reflexión sobre el modelo de guerra y el modelo político que durante décadas han reproducido la violencia estructural.
Frente al tránsito incierto de los diálogos con el ELN, Camilo probablemente diría que la paz no se decreta ni se anuncia: se construye con coherencia ética. Señalaría que no basta con sentarse a negociar mientras se continúa asesinando, secuestrando o sembrando terror.
Diría que ningún proceso será viable si el Estado sigue fallando en garantizar derechos básicos, en proteger a los líderes sociales y a quienes dejan las armas para intentar una vida civil. Tampoco lo será si no ofrece alternativas reales y sostenibles a las juventudes condenadas a la guerra como única forma de existencia política y económica.
Camilo hablaría, sobre todo, desde las víctimas. Desde quienes han visto fracasar, una y otra vez, las promesas de paz. Advertiría que cada proceso fallido o implementado de manera parcial no solo deja muertos, sino una desconfianza acumulada que erosiona el tejido social.
Aconsejaría aprender de las experiencias previas, identificar dónde se acertó y analizar cómo se puede mejorar para que los compromisos sean serios y se cumplan, incluso cuando cambian los representantes de las partes.
Tal vez insistiría en que la paz no puede seguir siendo una negociación entre élites armadas y élites políticas, desconectadas de las comunidades, de las mujeres, de los campesinos y de los pueblos indígenas y afrodescendientes que han puesto el cuerpo en la guerra.
Si Camilo viviera hoy, nos recordaría —con la autoridad de su propia muerte— que la violencia no es un destino histórico ni una virtud revolucionaria. Su vida demostraría que no nació para la guerra física, sino para una lucha ética más profunda: la confrontación de un orden social injusto. Y advertiría que, mientras Colombia no se atreva a transformar las causas estructurales del conflicto, mientras la política siga excluyendo y la economía siga despojando, la paz seguirá siendo frágil, interrumpida y dolorosamente inconclusa.
La verdadera pregunta, diría Camilo, no es si la paz ha fracasado, sino cuántas veces más el país está dispuesto a sacrificar a sus mejores conciencias antes de tomársela en serio.


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