
César Torres Cárdenas
Investigador, consultor y profesor
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Dicen que el presidente de los Estados Unidos de América (EUA), Donald J. Trump, pateó el tablero de poder mundial, rompió las reglas de la convivencia internacional, dio nuevas órdenes a las fuerzas armadas de su país, organizó un cuerpo paramilitar llamado ICE y, así, se lanzó a conquistar de nuevo el mundo y a oprimir a sus conciudadanos.
Esa reconquista no admite disidencia alguna, no permite que la oposición florezca, el desacuerdo es ridiculizado y los inconformes escarnecidos. Quienes, pese a todo, intentan resistir, son agredidos a mano armada: amenaza y ataca a otros países para quedarse con sus recursos naturales mientras sus paramilitares matan ciudadanos estadounidenses e inmigrantes en las calles y lo transmiten por televisión.
Sus seguidores se multiplicaron rápidamente y, aunque poco a poco empiezan a disminuir en su país, su modelo hace metástasis en América Latina: en Argentina apareció un Trump despelucado y con aparentes signos de desórdenes mentales; otro, pequeñito, débil y aletoso en Ecuador; uno más, vestido con chaquetas de prócer del siglo XIX, ofreciendo y dando cárcel a todos los miembros de las maras rivales en El Salvador. Aquí apareció uno que aparenta ser la suma de todos los anteriores.
Su fundamento ideológico parece un trípode.
La primera pata es el odio profundo a todo lo que sea ética, física, política o económicamente diferente a Trump; por eso persiguen a musulmanes, a inmigrantes, a gentes de partidos demócratas o progresistas y muestran un profundo desprecio por los pobres. Aunque mestizos, los trumpitos del sur se muestran de ascendencia europea y la doble nacionalidad la usan como santo y seña de superioridad.
La segunda es la confusión, el traslape, entre la vida real y las situaciones y personajes de la televisión; por eso, ellos, todos ellos, parecen memes, se comportan como conductores de programas de concurso o de reality show y pueden decir con una sonrisa blanqueada y tonta: «Estás fuera, te atacaré incesantemente, te haré desaparecer de este escenario» y, luego, voltear su espalda como si cerraran el programa en vivo y en directo.
La tercera es el orgullo con que exhiben su profunda ignorancia, su carencia de sentido de lo humano, su vida atiborrada de vicios y malas maneras y sus evidentes nexos con bandas criminales que intentan capturar el Estado.
En los casos de Argentina, Ecuador y El Salvador, la ciudadanía los apoyó y, quizá, aún los apoya, porque estaba cansada de la robadera, el desorden y la falta de previsibilidad de los mercados. Eso no está pasando en nuestro país: en Colombia, este gobierno, autodenominado progresista, no ha promovido el crimen, la ilegalidad o la inseguridad jurídica y, en cambio, el Congreso, las altas cortes de justicia y los monopolios de información y comunicación han fallado en su intento de crear la percepción de que Petro y su equipo han cometido todo tipo de tropelías e injusticias.
Quizá por eso el presidente todavía goza del mismo apoyo que tenía hace 4 años. O un poco más. El pasado 14 de enero, La Silla Vacía informó que “El piso de apoyo a Petro se mantiene estable en un tercio del electorado y ha rozado el 40% (…) su desaprobación cayó 3 puntos”. Ayer, la revista Cambio dio otro dato: el 48% de la gente tiene una imagen positiva del Presidente colombiano.
En ese contexto, yo he venido sugiriéndole a la oposición que sea más creativa. No es bueno para ella que sus candidatos más relevantes sean una periodista sin oficio y con familiares vinculados a la corrupción, el narcotráfico y el paramilitarismo; una señora que promovió la división del Departamento del Cauca para hacer un apartheid contra los indígenas que habitan ese territorio y un abogado que se enriqueció de manera inexplicable.
Deben encontrar a alguien sobre quien no pesen procesos judiciales ni dudas de su acatamiento a la ley. Esa persona deberá tener la capacidad de presentar un programa que vaya más allá del odio y la descalificación al presidente Petro, pues ya está probado que cada insulto y cada mentira sobre él y su entorno le mejora la imagen y le da votos al candidato de sus preferencias.
Yo sé que en sus filas escasean personas de esas características, pero ahí es cuando entra en juego la creatividad para encontrarla.
Los partidos de gobierno, por su parte, corren dos riesgos en las próximas elecciones.
El primero es que en su dirigencia hay gente que, en estos casi 4 años, ha hecho poquito por las regiones que decían representar. A esa dirigencia le ganó el síndrome de la camioneta y el esquema de seguridad que la llevaba y la traía, le hacía mercado y le cuidaba a sus familiares. El riesgo es que la gente los recuerde y decida no votar por ellos ni por sus candidaturas.
Lo otro es que sigan siendo triunfalistas. Así perdieron el plebiscito por la Paz ¿se acuerdan?
En suma: la oposición va a necesitar ideas nuevas, nuevos liderazgos, perrenque e inventiva. Y deshacerse de ese mueble viejo que se llama Álvaro Uribe Vélez, pues lo único que hace es estorbo y escándalo.
Por su parte, el Pacto Amplio, enfrentando al trumpismo colombiano, es decir, a la expresión político-militar de los enemigos del Estado de bienestar y de derecho, va a tener que poner a sus dirigentes y activistas a buscar votos casa por casa. Si quieren ganar, les tocó bajarse de la camioneta y meter el pie en el barro.


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