
Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
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La pregunta nunca se hizo porque, como todas las preguntas verdaderamente peligrosas, parecía de mal gusto:
¿qué pasaría si Donald Trump y Gustavo Petro hicieran las paces?
No una paz de Nobel, no. Una paz práctica, transaccional, de esas que huelen a petróleo, gas, elecciones y archivos desclasificados. Una paz sellada con un apretón de manos incómodo, sonrisa de tiburón y un traductor sudando frío. Porque en política internacional nadie es amigo de nadie: apenas «socios temporales con información comprometedora»
Imaginemos la escena.
Trump, ya cansado de posar como villano de caricatura, decide reinventarse como «paladín selectivo de la justicia hemisférica». Petro, por su parte, descubre que el antiimperialismo rinde más cuando se cobra en extradiciones ajenas. Y entonces ocurre lo impensable: Washington deja de ser refugio y vuelve a ser cazador.
El Air Force One aterriza en Rionegro, no para traer flores sino «listas». Listas largas. Listas con apellidos conocidos. Listas que hacen temblar fincas, notarías y chats familiares.
—“Gustavo, buddy —dice Trump—, hagamos limpieza. Tú me das estabilidad, yo te devuelvo fantasmas”.
Y en esa bolsa de fantasmas aparece, inevitablemente, Álvaro Uribe Vélez, acompañado por el combo completo: senadores, exsenadores, opinadores profesionales de Twitter, abogados con cara de comunión perpetua y el Centro Democrático convertido en Centro de Acopio Judicial.
La derecha entra en shock. No porque no creyera en la justicia, sino porque jamás pensó verla “con pasaporte gringo y chaleco antibalas”.
CNN transmite en vivo: “Estados Unidos colabora con Colombia en la captura de figuras clave del pasado reciente”. En Caracol interrumpen la novela. En RCN se va el audio misteriosamente.
Uribe, sereno, dice que todo es un malentendido histórico, un complot castrochavista-orwelliano-globalista financiado por Soros, Maduro y el algoritmo de TikTok. Pero esta vez no hay helicóptero, ni finca, ni comunicado solemne. Solo una cámara corporal y un agente que no entiende qué es un “falso positivo mediático”.
Y entonces surge la pregunta incómoda número dos:
“¿qué pasa con los hijos?”
Los Uribe junior, expertos en negocios invisibles y explicaciones opacas, descubren que el apellido ya no abre puertas sino expedientes. Los PowerPoint con gráficos en inglés ya no convencen fiscales. El “emprendimiento familiar” empieza a parecer una “empresa criminal con vocación internacional”.
Mientras tanto, en Miami, Nueva York y Texas, el pánico se disfraza de patriotismo. Políticos colombianos con deudas judiciales —esos que huyeron diciendo que eran “perseguidos políticos” y terminaron de influencers de la oposición— miran por la ventana como si el FBI fuera un delivery de Uber Eats.
Se les acaba el discurso. Porque es difícil hablar de dictadura desde un país que ahora “sí coopera”.
Los clanes de la “Costa Nostra” (esa mezcla tropical de mafia, apellido ilustre y contratista eterno) entran en modo camuflaje. Dejan de posar en fiestas patronales, borran fotos con gobernadores, cambian de bio en Instagram: de “líder social” a “coach espiritual”.
Petro sonríe poco, pero sonríe. Sabe que el caos ajeno siempre da réditos. Trump también. Ambos descubren que el verdadero consenso no es ideológico sino “judicialmente conveniente”.
El país se divide, como siempre. Unos gritan “traición”, otros “por fin”. Los noticieros desempolvan archivos, los opinadores se contradicen en tiempo real y la historia, esa señora cruel, se carcajea.
Porque lo más absurdo no es la alianza.
Lo más absurdo es que durante décadas “nadie se preguntó qué pasaría si el refugio dejaba de serlo”.
En el mundo de hoy no hay amigos, hay “momentos”. Y cuando el momento cambia, los intocables descubren que la inmunidad no era eterna: solo tenía visa temporal.
Y así, entre sarcasmo, helicópteros ajenos y extradiciones inesperadas, Colombia despierta un día con una noticia imposible… que llevaba años haciendo fila.
Adenda: El Cartel de los Solos, o la derecha en cuidados paliativos
El llamado Cartel de los Solos —esa constelación de candidatos de centro-derecha que juran ser “independientes” como quien se jura virgen después del tercer matrimonio— amanece cada día más solo, más pálido y más nervioso. Son derecha, pero con vergüenza; oposición, pero sin pueblo; alternativa, pero a nada. Viven de la mentira piadosa, del montaje de último minuto y del rumor reciclado, convencidos de que ganar tiempo es lo mismo que ganar futuro.
Desde sus trincheras antipetristas miran el mundo con la angustia del paciente que escucha pasos en el pasillo del hospital. Los médicos —esos que leen encuestas sin anestesia— ya los diagnostican como enfermos terminales del proyecto político, pero ellos insisten en respirar artificialmente con comunicados, hilos de X y entrevistas donde nadie pregunta nada incómodo.
Y ahora, para colmo, ven cómo Trump y Petro hablan como viejos conocidos, como si el apocalipsis prometido no hubiera llegado. Se miran entre ellos, sudando, preguntándose cómo sostener el relato cuando el enemigo externo ya no grita y el interno camina tranquilo.
El Cartel de los Solos sigue ahí: juntos en la foto, separados en la realidad, aferrados a la camilla de un poder que ya no responde… mientras el mundo, impertinente, sigue avanzando sin pedirles permiso.


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