
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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- Revolución cubana – 1 de enero de 1959
- Caída y entrega de Manuel Antonio Noriega – 3 de enero de 1990
- Captura de Nicolás Maduro – 3 de enero de 2026
No es misticismo del calendario ni azar histórico que ciertos eventos políticos decisivos en el Caribe y América Latina hayan ocurrido a comienzos de enero, como los que pusimos arriba como ejemplo. La explicación puede ser más terrenal: sociológica, corporal y cultural.
Las fiestas de fin de año constituyen, en amplias zonas del área caribeña, un período de exceso prolongado. No se trata solo de celebración, sino de una suspensión socialmente legitimada del ritmo ordinario: consumo intensivo de alcohol, disolución del tiempo laboral, repliegue en la casa, saturación afectiva. El cuerpo social entra en una zona de confort aceptado y compartido.
Durante esos días, la atención pública se reduce. La vigilancia política se afloja. La calle se vacía de deliberación y se llena de resaca. No hay ánimo de conflicto ni disposición a la organización: predomina el deseo de continuidad del estado festivo, incluso cuando ya se ha vuelto cansancio. El ideal tácito no es el cambio, sino la prolongación del adormecimiento.
Desde este punto de vista, enero, si bien inaugura la ilusión de un comienzo, da rienda suelta a las fuerzas inerciales. Es el mes en que la energía colectiva está dispersa, el juicio embotado y la capacidad de respuesta disminuida. Lo extraordinario —una caída, una captura, un giro abrupto del poder— encuentra entonces menos fricción simbólica y menor capacidad de elaboración y de respuesta inmediata.
Las grandes transformaciones políticas pareciera que nacieran en enero, aunque, en realidad, dan un giro abrupto en este mes. Son procesos largos que aprovechan un momento específico del calendario en el que el cuerpo social está menos atento, menos reactivo y más dispuesto a aceptar lo ocurrido como un hecho consumado.
Las fiestas, en este sentido, podrían leerse como una tecnología social no coercitiva: no reprimen, no censuran, no prohíben; desplazan la conciencia hacia el goce, el ruido y la saturación sensorial. El poder no necesita imponerse cuando el sujeto colectivo está exhausto.
Así, enero aparece menos como el mes del despertar político que como el de la resaca histórica: un tiempo en el que los acontecimientos adquieren forma en acelerado proceso, mientras la sociedad apenas comienza a recuperar la lucidez necesaria para interpretarlos.
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