
Gustavo Melo Barrera
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Dicen que cada 6 de enero los niños esperan juguetes, los adultos esperan rebajas y los políticos esperan milagros. Pero este año, el pesebre colombiano amaneció con un invitado inesperado: un cuarto rey mago, rubio, naranja y con peinado de huracán categoría cinco. Sí, Donald Trump, el nuevo Herodes con acento de reality show, decidió que Gustavo Petro, recién nacido en la política mundial , merecía una visita especial.
Los tres reyes de siempre ya habían llegado: Putin con su incienso nuclear, Jamenei con su mirra petrolera y Xi Jinping con oro en forma de créditos blandos y fábricas de drones. Todos sonrientes, todos generosos, todos con la mirada fija en el niño que balbuceaba discursos sobre transición energética mientras chupaba un biberón de ideología.
Pero entonces apareció Trump, montado no en camello sino en un Cadillac blindado, con un regalo que superaba a todos: una invitación a su palacio. No era un convite cualquiera. Era la cena de Herodes versión siglo XXI, con buffet de hamburguesas, discursos inflamados y la promesa de desaparecer al pequeño Petro de la escena política. “Ven, trae a tu familia, será divertido”, dijo el magnate, con esa sonrisa que mezcla amenaza y show televisivo.
La familia Petro quedó en shock. ¿Aceptar la invitación y arriesgarse a que el niño terminara como Juan el Bautista versión política, con la cabeza servida en bandeja de Fox News? ¿O autoexiliarse con los reyes de Oriente, esos aliados que ofrecen ladrillos (BRICS) y apoyo militar, pero que también cobran caro en fidelidad y silencio?
El dilema era digno de una telenovela: Petro bebé lloraba porque quería quedarse en casa, la madre dudaba entre la seguridad del Cadillac y la incertidumbre del Kremlin, y los asesores ya estaban calculando cuántos likes daría la foto con Trump.
Mientras tanto, los tres reyes orientales se miraban entre sí. Putin ofrecía un tanque de juguete, Xi un set de Lego con forma de megaproyecto de infraestructura, y Jamenei un perfume de petróleo crudo. Todos regalos llamativos, pero ninguno tan explosivo como el de Trump: la posibilidad de desaparecer al niño de la historia.
La escena parecía escrita por un guionista de humor negro: un pesebre rodeado de líderes mundiales, cada uno con su propio plan para el recién nacido. El incienso olía a sanciones, la mirra a fundamentalismo y el oro a deuda externa. Y en medio de todo, Petro, el niño incómodo, convertido en símbolo de resistencia y en blanco de conspiraciones.
Trump, con su estilo de vendedor de feria, insistía: “Si vienes conmigo, te prometo ratings, te prometo muros, te prometo que nunca más tendrás que preocuparte por la oposición. Porque yo mismo me encargo de que no exista”. Era la versión política del beso de Judas, pero con más cámaras y menos sutileza.
La familia Petro, confundida, decidió convocar un consejo de pesebre. La mula votó por quedarse, el buey por irse, y el burro —que siempre tiene la última palabra en política— sugirió autoexiliarse con los reyes de Oriente. “Al menos allá hay vodka, té y arroz”, dijo con sabiduría animal.
El niño Petro, entre sollozos y pañales, tomó la decisión final: no aceptaría la invitación de Trump. Prefirió la incertidumbre de los aliados orientales, los ladrillos de los BRICS y el apoyo militar disfrazado de solidaridad. Porque, al fin y al cabo, mejor un futuro hipotecado que una cena en la que el postre es tu propia desaparición.
Así terminó este extraño 6 de enero, un día que no fue de reyes sino de reyes magos con intenciones poco mágicas. Un día en que el pesebre se convirtió en campo de batalla geopolítico, y en que el humor negro fue la única manera de sobrevivir a la ironía de ver a Trump convertido en Herodes y a Petro en el niño incómodo del mundo.
La moraleja es clara: en Colombia nunca hay un 6 de reyes tradicional. Aquí los regalos son tan peligrosos como las intenciones, y los magos nunca vienen solos. Este año, el cuarto rey mago llegó con sonrisa de tiburón y promesas de desaparición. Pero el niño Petro, con pañales y todo, decidió que la historia no se escribe en palacios ajenos, sino en pesebres propios.
Y mientras los reyes de Oriente brindaban con vodka, té y arroz, Trump se marchaba furioso en su Cadillac, prometiendo volver con más ratings y menos paciencia. El pesebre quedó en silencio, pero todos sabían que la verdadera fiesta apenas comenzaba.


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