
Yohana Flórez
nació en Medellín.
Es micro empresaria y diseñadora de moda sostenible y sustentable. Estudiante de periodismo, directora del medio de prensa independiente La Butaca.
Amante de las letras: cuento, poesía y novela.
Activista y gestora cultural.
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El abuelo Silvio era un baúl de recuerdos… Engendró 12 hijos. Se casó tres veces y la cuarta no alcanzó. Escribió dos novelas y cientos de poemas, pero alguien robó sus derechos. Sabía recetar pa’ los dolores, decía para qué servía la yerbabuena, la caléndula, el cannabis, la manzanilla, el aloe vera… Pero sobre todo —“beba agua mija, beba agua”— decía (eso curaba cualquier cosa).
Fue de la época de andar a pie, pero nunca lo dejó pasar de moda; me contó muchas veces en las visitas que nos hacía, que conocía la seca y la meca —nunca supe dónde quedaba—, también que venía de la conchinchina y que de ahí siempre se iba pa’ la quinta porra. Yo lo escuchaba atenta. ¡Me contó tantas veces mi historia genealógica!, cómo se había logrado este mestizaje tan exótico, con el bisabuelo de ascendencia española y la bisabuela indígena; así se iba pasando por los Cardona, los Vélez, los Agudelo y los López, hasta llegar a mí.
Pero siempre enfatizaba que yo tenía los rasgos de una prima muy, muy lejana y que habían unos familiares como de dos metros de alto, pero que a mí me había tocado la fortuna de heredar su estatura. Él tenía las cejas pobladas, sus palabras eran también abundantes. Sus manos eran pequeñas, las uñas cuadradas, a veces su vida fue así también. Las arrugas contaban la historia de una herencia arrebatada, de muchas noches de insomnio y de algún tren que se había pasado.
Llevaba siempre sus pantalones muy arriba, ahí parecía sostener una autoridad ausente, una confianza quebrantada y un amor extraviado. El maletín que cargaba, para mí era la maleta misteriosa; siempre imaginé que había mucho más que frascos con remedios que solía sacar de ahí; me imaginaba una brújula, un mapa del tesoro y un manojo de cartas a un amor.
Siempre supe que la maleta pesaba bastante, porque creo que allí metió algún día palabras de perdón, las historias que faltó contar a un hijo, las conversaciones que no pudo tener con una hija y otros tantos arrepentimientos. Se convirtió en olvido para algunos, para mí sigue dejando algún recuerdo.
Me pidieron no asistir a su entierro, porque el frío del cementerio podría hacerle daño al primer bebé que llevaba en mi vientre; yo hice caso a esos mitos. No le había visto como por quince años, lamento no haberlo despedido.
He escrito sus historias para darles un buen comienzo, para tratar de meterme por un momento a esa maleta, viajar en el tiempo y descubrir las cosas buenas que quiso, tratando de sacar del cinturón de su pantalón la ausencia, las cosas extraviadas y el quebrantamiento; luego leer el perdón, las historias, las conversaciones y arrepentimientos.
Hoy tomo el tintero y que resuene este escrito: no pretendo acusar a boca llena, ni ver quién pasa de largo y luego se ausenta. Prefiero no vetar el reflejo que dejé en mi espejo y hospedar resentimientos entre mis cejas. Ya no deseo cargar un montón de secretos. Que al envejecer no me quede anticuada, ni perder intensidad sin haber escrito los versos.
Deseo llegar a mi hogar apacible y serena, no quiero estar cansada de llevar este atuendo. No quiero que noten pena en mis ojos “mojados, rojos, ajados y flojos”. Me resisto a ser falsa, lavar mis manos y culpar a los otros. Al final de mis días quiero saberme sintiendo placer y si el cuerpo me duele no quiero maldecir.
Quiero morir con la esperanza aún fiel, mecer algunos días mi soledad, luego en silencio dejarme llevar en los brazos fríos, y en las sombras, ser olvido. Anoche soñé con mi abuelo. Por fin vi el interior de la maleta. Me ha entregado la brújula sin norte, un mapa sin tesoro, unas cartas de amor sin dueño y un plumón con tintero.
Me ha dicho: “Mija, la brújula sin norte, porque tú pones el destino; el mapa sin tesoro, para que descubras siempre uno nuevo; las cartas de amor sin dueño, para que decidas quiénes lo han merecido. El plumón tiene tintero, gástalo y escribe todo lo que has querido”.
Registrados y reservados todos los derechos de autor.
Por: Yohana Flórez López


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