
Gustavo Melo Barrera
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En diplomacia, los símbolos pesan más que los protocolos.
Se podrá discutir si hubo alfombra roja, guardia de honor o foto en el salón principal. Se podrá minimizar la coreografía, el orden de la agenda o el tono de la reunión. La oposición y parte del ecosistema mediático insistirán en los detalles para restar importancia al momento. Pero hay un hecho imposible de borrar: Donald Trump invitó a Gustavo Petro a la Casa Blanca y lo recibió.
Y eso, por sí solo, ya es mensaje.
No ocurre todos los días que un presidente latinoamericano con una agenda política incómoda para Washington cruce esa puerta en medio de tensiones ideológicas, diferencias públicas y un clima interno polarizado. Menos aún en un contexto donde durante meses se intentó instalar la narrativa del aislamiento internacional del Gobierno colombiano.
La imagen desmiente esa tesis con una simple escena: conversación directa, sin intermediarios.
La diplomacia no funciona con afectos, funciona con intereses. Y si la reunión ocurrió, es porque ambos gobiernos reconocen que necesitan hablar. Eso equivale a reconocimiento político, no a cortesía.
En tiempos de desinformación y campañas ruidosas, a veces la realidad es más simple: no cualquiera es recibido en la Casa Blanca.
Y en política, que te abran la puerta ya es, en sí mismo, poder.
Las cumbres diplomáticas rara vez cambian una elección por sí solas. Pero a veces cambian algo más sutil y decisivo: la percepción de liderazgo.
La reunión entre Gustavo Petro y Donald Trump en la Casa Blanca —dos figuras que representan proyectos ideológicos opuestos y electorados profundamente polarizados— no fue un simple gesto protocolario. Fue, sobre todo, una escena política con efectos domésticos inmediatos. En año electoral y a solo semanas de los comicios al congreso , la imagen de un presidente colombiano recibido en Washington, negociando de tú a tú, reordenó narrativas que la oposición había trabajado durante meses.
La diplomacia, convertida en espectáculo, terminó siendo también campaña.
Durante buena parte del mandato, los partidos opositores insistieron en retratar a Petro como un mandatario aislado, incómodo para Estados Unidos y sin interlocución internacional sólida. La fotografía en la Casa Blanca, más allá del contenido de la conversación, perforó esa tesis. En política exterior, la imagen es mensaje. Y el mensaje fue simple: Petro no está marginado.
Eso tiene consecuencias electorales.
Los sondeos recientes —más allá de variaciones puntuales— muestran un fenómeno consistente: el oficialismo mantiene un piso estable, mientras la oposición sigue fragmentada. No hay una ola anti-Petro consolidada. Lo que hay es cansancio, sí, pero también ausencia de una alternativa clara.
En ese vacío, la reunión con Trump actuó como un refuerzo simbólico para el Gobierno.
El Pacto Histórico y sus aliados llegan a la recta final con ventajas tácticas. Mantienen cohesión interna, maquinaria territorial activa y un electorado ideológicamente motivado. La decisión reciente de avanzar en extradiciones de jefes criminales, además, les permite disputar la bandera de seguridad, un terreno históricamente dominado por la derecha.
No es menor: durante años, la oposición monopolizó el discurso de mano dura. Hoy esa exclusividad se diluye.
El panorama es menos amable para el uribismo.
El Centro Democrático atraviesa su transición más compleja desde su fundación. Sin Álvaro Uribe en primera línea y con figuras que no logran despegar en favorabilidad, el partido enfrenta un problema de relevo generacional y credibilidad. Las encuestas reflejan lealtad de base, pero poca capacidad de expansión. Su techo electoral parece más bajo que en ciclos anteriores.
En política, un partido que no crece retrocede.
Los partidos tradicionales —liberales, conservadores, Cambio Radical— juegan otra partida: la de la supervivencia pragmática. Sus listas buscan retener cuotas regionales más que ofrecer un proyecto nacional. La reunión Petro–Trump, para ellos, no cambia demasiado. Son partidos bisagra, no protagonistas.
Pero esa estrategia tiene costo: la ciudadanía los percibe cada vez más como maquinarias sin identidad.
En el centro político, los independientes enfrentan su propio dilema. Aunque capturan el voto ciudadano desencantado, carecen de estructura territorial. En elecciones legislativas, donde pesan los aparatos locales, eso suele ser decisivo. El prestigio mediático no siempre se traduce en curules.
Ahí radica la paradoja: pueden dominar el debate en redes sociales y aun así quedarse cortos en las urnas.
¿Y Trump? A nivel global, la foto también fue ambigua.
Para el presidente estadounidense, reunirse con un líder latinoamericano de izquierda que lo ha retado en público, le permite proyectar pragmatismo internacional. Pero también normaliza a Petro ante audiencias conservadoras que lo veían como antagonista ideológico. Sin proponérselo, ayudó a legitimar a su contraparte.
En diplomacia, no siempre gana quien más ruido hace, sino quien más se normaliza.
¿Quién salió fortalecido? En términos simbólicos, Petro. No por el contenido concreto de la reunión, sino por lo que desactivó: la idea de aislamiento. En campañas cerradas, desmontar una narrativa negativa puede ser tan valioso como lanzar una promesa nueva.
¿Quién perdió? Una oposición que había apostado a esa narrativa como eje central y que ahora debe reconstruir su mensaje a contrarreloj.
A un mes de las elecciones al congreso, el panorama no sugiere un vuelco dramático. Sugiere, más bien, continuidad: un oficialismo competitivo, una derecha fragmentada y un centro con dificultades para traducir opinión en poder real.
Las elecciones rara vez se deciden por una fotografía.
Pero a veces una fotografía recuerda algo esencial: la política es percepción. Y esta vez, la percepción jugó a favor del presidente.


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