
Gustavo Melo Barrera
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En el Valle del Cauca la política no se estudia en facultades. Se estudia en forenses.
Aquí uno no analiza ideologías: analiza cadáveres electorales.
Cada cuatro años aparece otro candidato prometiendo “renovación”, “cambio”, “futuro”, y cada cuatro años el resultado termina siendo el mismo fenómeno paranormal: el poder vuelve a levantarse de la camilla, se sacude el polvo y firma decreto.
El parte médico siempre dice lo mismo: muerte de la alternancia por causas naturales.
En el centro del expediente clínico hay un nombre que se repite como huella dactilar en toda la escena: Dilian Francisca Toro.
Si la política vallecaucana fuera un hospital, ella no sería paciente. Sería la administradora.
Su historia parece menos una carrera pública y más una saga de supervivencia. Empieza como médica —ironía involuntaria— y termina dominando la anatomía completa del poder regional: arterias municipales, venas contractuales, capilares burocráticos.
Aprendió rápido dónde poner el torniquete.
El posgrado lo hizo en el Partido de la U, esa clínica de rehabilitación ideológica donde caben todos: liberales reciclados, conservadores discretos, pragmáticos profesionales. Allí se enseña la materia más importante de la política colombiana: Matemáticas Electorales I.
No se debate. Se suma. Alcaldes más concejales más avales más operadores. Resultado: mayoría.
Después vinieron las alianzas de alto rendimiento. Fotos con todo el espectro del establecimiento: guiños al uribismo, puentes con clanes costeños, afinidades con Germán Vargas Lleras y la órbita de Cambio Radical. La ideología reducida a accesorio de campaña, como la gorra o el chaleco.
Aquí no hay izquierda ni derecha.
Hay arriba. Y ella vive arriba.
Pero lo más fascinante no son las alianzas. Es la resistencia.
Porque alrededor de su nombre, durante años, han circulado denuncias, investigaciones, procesos en distintas instancias judiciales y administrativas, debates mediáticos, auditorías, cuestionamientos. Expedientes que se abren, se cierran, se archivan, se reactivan. La burocracia entera desfilando como en una procesión lenta.
Y, sin embargo, la carrera sigue intacta.
Cualquier político promedio se derrite con un titular adverso.
Aquí el titular parece vitamina.
Donde otros ven crisis, el dilianismo ve trámite.
Sale una noticia incómoda: Dos días de radio. Tres columnas indignadas. Una semana de trinos. Luego: silencio.
Y al fondo, la maquinaria trabajando como una nevera vieja: ruidosa, eterna, imposible de desenchufar.
La política local se acostumbró a esa extraña física: a mayor controversia, mayor consolidación territorial. Como si cada investigación viniera con combo de alcaldes aliados.
La Gobernación terminó convertida en algo parecido a una franquicia. No se gobierna: se administra red. Municipios conectados, lealtades cruzadas, operadores que nunca salen en la foto pero siempre aparecen en las listas.
El ciudadano cree que vota personas. En realidad vota estructuras. Y las estructuras no se jubilan.
Si uno hiciera la caricatura al estilo salvaje de MATADOR o TOLA Y MARUJA , dibujaría la Gobernación como una camilla de hospital: cada elección alguien declara el “cambio”, los periodistas certifican el fallecimiento del viejo poder… y cinco minutos después el mismo cuerpo se sienta, pide café y pregunta por el presupuesto. No importa si se tiene fama de ser “mas estirada que presupuesto de pobre”
No hay misterio. Hay método. Hay disciplina de hierro. Hay paciencia de notario.
Memoria de elefante para los amigos y amnesia selectiva para los problemas.
Por eso hablar de alternancia en el Valle suena a ciencia ficción. Aquí no hay relevos: hay pausas técnicas. La jefa política sale por la puerta, da la vuelta a la manzana y vuelve a entrar por la ventana con otro cargo, otro título, el mismo mapa de influencias.
La democracia como puerta giratoria.
Y mientras tanto, los ciudadanos asisten al espectáculo con resignación clínica. Saben el diagnóstico, saben el pronóstico, pero igual firman el consentimiento informado cada cuatro años.
Quizás ese sea el verdadero milagro: no la permanencia de una dirigente, sino la normalización del déjà vu.
En el Valle el poder no se pierde. Se conserva en formol.
Y cada tanto, cuando alguien pregunta si esta vez sí habrá cambio, el departamento entero responde como forense cansado:
—Cambio habrá.
Le pusimos maquillaje nuevo al mismo cadáver. Y cirugías “rejuvenecedoras” para estas elecciones…
Adenda: el poder también se casa
En el Valle la política no solo se vota: también se comparte en casa. El poder baja en pantuflas, se sirve café y revisa expedientes como quien mira el pronóstico del tiempo. En el entorno familiar de Dilian Francisca Toro, incluido su esposo, la prensa ha registrado denuncias, procesos y controversias judiciales que entran y salen de despachos con la parsimonia del trámite colombiano. Todo público, todo lento, todo eterno.
Mientras tanto, la maquinaria electoral no se inmuta. Afuera suenan titulares; adentro se reparten avales. Afuera hablan de audiencias; adentro cuadran mayorías. La justicia camina en sandalias y la política corre en moto.
La comedia negra es esa: cada cuestionamiento promete tormenta y termina en llovizna administrativa. Nada se detiene. Nadie se baja.
Pareja perfecta: uno hace campaña, el otro gestiona contactos. Amor con régimen de bienes gananciales… y capital político conjunto.
Ellos juegan a la familia.
La política los junta.
El poder, disciplinado, siempre les guarda silla.


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