
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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“La vida no es como en el cine.
La vida… es más difícil.”
— Cinema Paradiso (1988), Giuseppe Tornatore
La vida no es como en el cine. Y, sin embargo, el cine modela la forma en que vemos la vida. Puede parecer una lente banal, pero es una lente eficaz: organiza percepciones, simplifica conflictos, distribuye héroes y villanos, impone clímax y resoluciones. Por eso esta mirada —con las excusas del caso si hiere susceptibilidades— adopta deliberadamente el encuadre cinematográfico y, parodiando el aviso previo de la televisión colombiana, advierte que el siguiente artículo puede contener escenas de violencia.
No sería extraño que, en unos años, el llamado Séptimo Arte recree los acontecimientos que marcaron este 2026, como ya lo hizo con World Trade Center de Oliver Stone o Zero Dark Thirty de Kathryn Bigelow. El cine ha asumido desde hace décadas la tarea de registrar e interpretar los llamados “hechos reales” —pleonasmo revelador— y convertirlos en relato. Como en el poema “Inferno, I, 32” de Jorge Luis Borges, donde el cautiverio de un leopardo encuentra sentido al ser inscrito en un poema que ocupa su lugar exacto en la trama del universo, también los acontecimientos políticos parecen buscar su inscripción definitiva en la memoria fílmica.
En 2026, la política exterior de Estados Unidos ha adoptado formas que parecen extraídas de una superproducción: operaciones militares de alto impacto, capturas espectaculares y giros dramáticos que colocan a Washington en el centro de un thriller global. Esta cinematografía del poder no es entretenimiento. Es dispositivo político, mediático y simbólico: proyecta la capacidad de convertir la amenaza en acto y la promesa en ejecución.
Nicolás Maduro: la captura que abrió la temporada
El 3 de enero de 2026 comenzó lo que muchos describieron como el primer acto de la temporada: Estados Unidos lanzó la llamada Operación Resolución Absoluta contra Nicolás Maduro, entonces presidente —cuestionado— de Venezuela. Tras bombardeos coordinados y un operativo con fuerzas especiales, Maduro y su esposa fueron capturados y trasladados a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcoterrorismo y tráfico de drogas.
La escena fue narrada con la retórica del clímax: una hazaña “sin precedentes”, la caída del antagonista, el triunfo del orden sobre la amenaza. Aliados celebraron; críticos denunciaron violaciones del derecho internacional. En redes sociales, la imagen del expresidente esposado circuló como símbolo condensado de debates sobre soberanía, justicia y poder.
Más allá de sus consecuencias jurídicas, el episodio transformó el conflicto en escena. Y en la política internacional contemporánea, escenificar equivale, en buena medida, a gobernar.
Nemesio Oseguera Cervantes (El Mencho): muerte y persistencia
El segundo acto tuvo la textura del cine negro. El 22 de febrero de 2026, Nemesio Oseguera Cervantes —alias El Mencho—, líder del Cartel de Jalisco Nueva Generación, murió en una operación coordinada entre autoridades mexicanas con apoyo estadounidense.
La muerte del capo parecía cierre definitivo. Sin embargo, como en todo guion complejo, el desenlace introdujo un giro: la estructura criminal demostró estar profundamente enraizada en circuitos económicos y sociales transnacionales, con ramificaciones financieras, logísticas y armamentísticas que trascienden individuos.
Eliminar al jefe no disuelve la trama. La narrativa del poder punitivo produce impacto visual; la realidad revela persistencias estructurales. La victoria, en consecuencia, se vuelve ambigua: el personaje desaparece, pero el argumento continúa.
Alí Khameneí: el golpe decisivo
El tercer episodio desplazó la escena hacia Oriente Medio. El 28 de febrero de 2026, un ataque aéreo coordinado por Estados Unidos e Israel alcanzó el complejo del líder supremo iraní Ali Khamenei. Según informes oficiales, el dirigente murió en el ataque, desencadenando tensiones regionales y amenazas de escalada.
La acción condensó décadas de fricción entre Washington y Teherán en una sola imagen: el golpe final. Para el gobierno estadounidense, se trató de un acto de justicia estratégica; para otros actores internacionales, de una ruptura peligrosa del equilibrio geopolítico. En cualquier caso, la escena fue transmitida y comentada en tiempo real, integrada de inmediato al relato global.
Cinematografía del poder: lo visible y lo decisivo
Los tres episodios comparten una arquitectura narrativa reconocible:
Un antagonista identificado como amenaza.
Una acción decisiva de alto impacto visual.
Un clímax —captura o eliminación— que promete resolución.
Un desenlace abierto, donde las consecuencias exceden la escena.
Esta estructura no es fortuita. El poder estadounidense opera hoy bajo una lógica de performatividad global, articulada en consignas como “America First” o “Make America Great Again”, donde el espectáculo no solo informa: influye, orienta y redefine la percepción internacional.
Capturar a un presidente, abatir a un capo o eliminar a un líder religioso son actos estratégicos; pero también son gestos narrativos que consolidan hegemonía en el terreno material y en el imaginario colectivo. La exhibición del poder ya no se limita al despliegue militar o a las sanciones económicas: se convierte en dramaturgia internacional.
Cada operación es simultáneamente hecho y relato, acción y encuadre. El cine del poder no solo muestra lo que ocurre; modela la manera en que el mundo lo interpreta.
Y aunque, como recuerda Cinema Paradiso, la vida sea más difícil que el cine, la política contemporánea parece haber aprendido a representarse como si no lo fuera.
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