
Gustavo Melo Barrera
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En la política colombiana existe una tradición poco estudiada por los politólogos, pero muy conocida por los votantes: la “colombianada electoral”. Ese momento en el que un candidato aparece con una propuesta tan extraordinaria que uno no sabe si está ante un plan de gobierno, un número de circo o un episodio perdido de comedia nacional.
Allí viven, en la memoria popular, ideas inolvidables: pavimentar el río Magdalena, poner hélices a los carros para evitar los trancones o barrer la corrupción con una escoba como si el problema del Estado fuera simplemente polvo acumulado debajo del escritorio.
A ese museo de curiosidades políticas —donde los discursos parecen guiones de sátira— acaba de ingresar una nueva figura: Vicky Dávila.
Su paso por la campaña presidencial terminó el 8 de marzo, cuando las urnas hicieron lo que suelen hacer: contar votos sin emoción ni dramatismo. El resultado fue tan inesperado que dejó sorprendidos a muchos observadores… incluyendo, según dicen algunos, a la propia candidata.
Pero para entender esta escena hay que mirar la tradición.
La política colombiana siempre ha tenido sus personajes pintorescos. Figuras que entran al escenario con ideas monumentales, discursos encendidos y una convicción tan sólida que ni la realidad logra perforarla.
En ese panteón popular aparecen nombres casi míticos.
Está, por ejemplo, Gabriel Antonio Goyeneche, conocido como El candidato vitalicio, nacido en Socha (Boyacá), se lanzó a la presidencia en varias oportunidades, entre 1958 y 1974. Su sinceridad iba de la excesiva ingenuidad a los no pocas salidas disparatadas.
Entre sus más recordadas propuestas de campaña están la de pavimentar el Magdalena, señalando que el río presentaba problemas en su navegabilidad. También propuso poner una marquesina sobre Bogotá buscando proteger la ciudad de la lluvia, idea que sustituyó por la de ordenar a las fuerzas aéreas bombardear las nubes que se acercaran a la capital .
También está El Tunjo o El candidato torero , Como parte de sus propuestas más famosas estuvo la de dotar con hélices los automóviles para que pudieran sobrevolar los trancones, así como mejorar la malla vial construyendo autopistas de dos pisos.
En el costado más popular del escenario aparece Lucho el Embolador, símbolo de ese tipo de candidatura que mezcla barrio, protesta y espectáculo callejero.
Y cómo olvidar a Regina 11, cuya presencia en campañas políticas dejó claro que en Colombia la frontera entre performance y candidatura es, por decirlo suavemente, flexible. Su propuesta: barrer la corrupción con una escoba
En ese mismo universo también aparece una figura mucho más conocida, aunque por razones distintas: Íngrid Betancourt.
Betancourt ha protagonizado varios intentos de ingresar al escenario electoral presidencial , cada uno acompañado de expectativas, titulares y finales prematuros. Sus campañas han terminado convertidas en una especie de ritual político nacional: el anuncio, la esperanza… y la retirada.
Una tragicomedia repetida.
Y ahora, en ese curioso álbum de candidaturas memorables, aparece la experiencia de Vicky Dávila.
Durante meses, la periodista convertida en candidata recorrió plazas, megáfono en mano , micrófonos y redes sociales con una intensidad que parecía mezcla de editorial permanente y mitin improvisado. Su principal combustible político fue la oposición frontal —y a veces visceral— contra Gustavo Petro.
En cada discurso, el tono subía algunos decibeles más.
En cada aparición pública, la indignación parecía convertirse en estilo político.
El problema es que la indignación no siempre se traduce en votos.
Las redes sociales hicieron lo que saben hacer mejor: amplificarlo todo. Cada discurso, cada gesto y cada frase terminaron convertidos en clips virales que circulaban entre la sátira, el meme y el comentario político.
La campaña parecía crecer en internet.
Pero las elecciones no se votan con memes.
Cuando llegó la noche del 8 de marzo, el conteo reveló una verdad incómoda: el ruido digital no siempre coincide con la realidad electoral.
Y entonces llegó la escena final.
Un periodista le preguntó si estaba triste por los resultados.
La respuesta fue tan directa como desconcertante:
—¿Por qué perdedora? Si ganó Paloma Valencia. Luego dio la espalda y se fue , triunfadora (¿??)
La frase quedó suspendida en el aire como una pequeña obra de teatro político.
Porque, en efecto, era una forma curiosa de medir la victoria: perder… pero sentirse parte del triunfo de alguien más.
Así terminó la aventura electoral de Vicky Dávila: con una respuesta que parecía más un acto reflejo que una conclusión política.
Y así fue como el país sumó un nuevo capítulo a su larga tradición de colombianadas electorales. Un archivo donde conviven promesas imposibles, candidatos improbables y campañas que comienzan como epopeyas… para terminar como anécdotas.
Porque, al final, Colombia tiene una particular forma de sobrevivir a sus propias exageraciones políticas: riéndose de ellas.
Como solía decir el gran Jaime Garzón, con esa mezcla de ironía y lucidez que todavía hace falta en el debate público:
“Porque en Colombia también hay espacio para el humor.”
Y viendo algunas campañas electorales, hay que admitir que —a veces— ese humor se escribe solo.


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