
Yohana Flórez
nació en Medellín.
Es micro empresaria y diseñadora de moda sostenible y sustentable. Estudiante de periodismo, directora del medio de prensa independiente La Butaca.
Amante de las letras: cuento, poesía y novela.
Activista y gestora cultural.
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La neutralidad no es objetividad, es un disfraz y el poder silencioso que define la información.
Ante los recientes contenidos periodísticos sacados de algún Júpiter o un Marte, vale la pena decir que el periodismo siempre tiene línea política editorial, que siempre hay quién financie lo que se puede o no decir, pero jamás es neutral. Lo que sí puede, es ser objetivo y ético con la verdad, porque también se puede mirar cuál es la agenda de quién la financia.
En el periodismo contemporáneo existe una confusión persistente: creer que ser neutral equivale a ser objetivo. Sin embargo, no son lo mismo.
La neutralidad implica colocarse en una posición aparentemente equidistante frente a los hechos y los actores. La objetividad, en cambio, exige algo más difícil: investigar, contrastar y revelar las relaciones de poder que atraviesan una historia.
El problema aparece cuando la neutralidad se convierte en una coartada. Cuando el periodismo presenta todas las versiones como si tuvieran el mismo peso, incluso cuando una de ellas está respaldada por evidencia y la otra por intereses.
La sociología del periodismo ha estudiado durante décadas cómo se construyen las noticias. Uno de los conceptos más conocidos es el agenda setting, desarrollado por Maxwell McCombs y Donald Shaw. Su tesis es simple pero poderosa: los medios no necesariamente dicen a las personas qué pensar, pero sí influyen sobre qué temas pensar.
Cuando ciertos asuntos dominan titulares y noticieros, se convierten en el centro del debate público. Otros, en cambio, desaparecen de la conversación colectiva.
Pero no se trata solo de qué temas aparecen. También importa cómo se presentan. El sociólogo Erving Goffman llamó a este proceso framing o encuadre. Un mismo hecho puede describirse como una protesta ciudadana o como un disturbio; como una reforma social o como una amenaza económica. El encuadre narrativo define el significado que el público atribuye a los acontecimientos.
Y antes incluso de que una noticia llegue al público, existe otro filtro: el gatekeeping, concepto desarrollado por Kurt Lewin. En toda redacción hay “guardianes de la puerta” que deciden qué información entra al flujo informativo y cuál queda afuera.
Estas decisiones no ocurren en el vacío. Los medios operan dentro de estructuras económicas, políticas y culturales. El financiamiento, la propiedad de los medios y las presiones institucionales también influyen en esas puertas que se abren o se cierran.
El problema no es el periodismo con postura; el problema es el periodismo que hace proselitismo mientras finge objetividad.
La Ley 130 de 1994 en Colombia, es una de las normas base del sistema electoral colombiano.
Define qué es divulgación política y qué es propaganda electoral.
Establece que la propaganda electoral es la que busca obtener apoyo electoral para un candidato o partido.
Determina que solo puede realizarse dentro de los tres meses anteriores a las elecciones.
Esto significa que hacer propaganda electoral fuera de ese periodo puede ser sancionable, incluso si se difunde a través de medios de comunicación.
Por eso la neutralidad puede convertirse en una ilusión. Porque no basta con equilibrar declaraciones o repartir micrófonos de forma simétrica. Si el periodismo evita cuestionar al poder en nombre de la neutralidad, termina reproduciendo las mismas jerarquías que debería examinar.
La objetividad no consiste en permanecer inmóvil frente al conflicto social. Consiste en investigar con rigor, en contrastar información y en revelar aquello que los poderosos preferirían mantener fuera de la agenda pública.
Como recordaba el periodista estadounidense I. F. Stone, el trabajo del periodismo no es acomodarse frente al poder, sino observarlo con desconfianza.
La democracia necesita medios libres, pero también necesita medios incómodos. Porque la neutralidad puede parecer imparcial, pero la objetividad exige algo más difícil: mirar de frente las relaciones de poder que atraviesan la información.
En el periodismo, la objetividad no significa ausencia de valores, sino compromiso radical con la verdad y con los hechos. La neutralidad, en cambio, demasiadas veces ha sido la coartada perfecta para no incomodar al poder ni cuestionar las estructuras que producen injusticia. Porque cuando el periodismo decide ser neutral frente al abuso, frente a la desigualdad o frente a la mentira organizada, deja de ser un ejercicio de búsqueda de la verdad. Se convierte, simplemente, en su silencio más sofisticado.
En tiempos de desigualdad y desinformación, la neutralidad no protege la verdad: protege al poder que la distorsiona.


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