
Leonardy Bolívar
No soy escritor, soy desempleado
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Prefacio
Esta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la libertad. La libertad de vivir como uno desea, de amar sin permiso, de pensar sin ataduras, y también de partir con dignidad. Helena fue un alma valiente, una mujer que no solo eligió su propio camino, sino también su final.
Aquí dejo este relato, no como homenaje, sino como memoria. Porque hay vidas que, aunque se apaguen, siguen iluminando la oscuridad.
En estos días cumpliría años una persona que quise mucho. Más exactamente el 26 de abril. ¿Cuántos años cumpliría? No lo sé, no lo recuerdo, y la verdad, ya no me importa. He estado pensando qué escribir sobre esa valiente, que un día, como Remedios la Bella, la de Gabo, se dio el lujo de elegir el instante preciso en que abandonaría este mundo, sin prisa, ascendiendo al infinito para perderse entre las estrellas.
En estos días, en los que he estado untado de cultura —por haber visitado la Feria del Libro en Bogotá—, la he recordado mucho. Ella me regaló muchos libros. El primero de ellos fue Heidi, ese cuento infantil que transcurre en las verdes praderas suizas, la historia de una huérfana que tuvo que ir a vivir con su abuelo, a quien no conocía, en la campiña, entre cabras y campos… Hoy, después de unos 45 años, me dio por averiguar quién era el autor de semejante clásico, …y con sorpresa descubrí que fue una autora: Johanna Spyri, suiza, y vivió en el siglo XIX.
De paso, traté de psicoanalizar el motivo por el cual ella me regaló precisamente esa historia. ¿Se habría sentido reflejada en el personaje principal? Ella también era huérfana de madre… En fin.
Se licenció en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Con ella conocí por primera vez el alma mater. Un día me llevó a ver, desde afuera, la gran biblioteca central. Pero lo que más me impresionó fue la famosa avalancha. Sí, avalancha propiamente dicha: una avalancha humana que se formaba cuando más de quinientas personas corrían empujados por el hambre y el tiempo, hacia un embudo por donde solo cabía uno a la vez, en busca de su almuerzo en la cafetería central, apenas abrían la puerta para autorizar la entrada.
Lástima que años después, ese servicio desaparecería, como desaparecen las cosas que funcionan; acabando con ese servicio de restaurante tan apropiado para los estudiantes, por su bajo costo y por toda la cultura que se generaba mientras se hacía la fila.
Pero eso no es lo que quiero contar.
Quiero contar, el día en que me encontré ante la decisión más dura de mi vida: despedirme de Helena sabiendo que en cuestión de horas dejaría de existir.
No hay forma de prepararse para eso.
Pensar hoy en las emociones que me golpearon en aquel momento… no es fácil. No nos preparan psicológicamente para enfrentar esa realidad que, tarde o temprano, todos vamos a transitar. Entramos en una especie de dinámica emocional, como en piloto automático. Era un compromiso que había aceptado meses antes.
Sin embargo, me tembló la mano cuando le acerqué a los labios el pocillo con el tinto que siempre tomaba como bebida preferida. Sus manos ya no le obedecían desde hacía varios meses, como consecuencia de esa infame ELA (esclerosis bilateral amiotrófica) que le habían diagnosticado cinco años atrás. Ese tinto, —como si fuera el último deseo de un condenado a muerte—, fue su última voluntad. El simple acto de tomárselo nos tomó al menos quince minutos, una eternidad; mientras todos los que la acompañábamos alrededor de su lecho la mirábamos, …cada uno con su propia procesión por dentro.
Esa experiencia, la de despedirse de alguien que ha sido tan importante en tu vida, y luego seguir como si nada hubiera pasado… es brutal. La gente preguntaba que cómo estaba. ¡Qué absurdo! Eso me hizo entender que vivimos en un mundo que no nos prepara para la muerte, en un mundo moralista e hipócrita, que nos vende la idea de la recompensa en la gloria eterna, pero que nos mantiene secuestrados emocionalmente, sin permitirnos expresar nuestros verdaderos sentimientos.
Fue librepensadora. Perteneció a ese selecto grupo de izquierda pensante y responsable, no populista. Era generadora de conocimiento intelectual, fruto del estudio riguroso y del análisis documentado de la historia universal y la filosofía, dos áreas que la apasionaban.
Para una Navidad, cuando yo ya estaba más grandecito, me regaló Las venas abiertas de América Latina, del uruguayo Eduardo Galeano. Me dijo:—Lee este libro para que entiendas otra realidad del mundo, esa que desde donde vives no verás—.
Así, gracias a los libros que me fue regalando, empecé a informarme, poco a poco, sobre la convulsionada realidad de América Latina y sus revoluciones durante la segunda mitad del siglo pasado. Información que nunca llegaba a mi lejano pueblo, y si llegaba, era totalmente sesgada por los medios de comunicación, —igual que ahora—. Hay costumbres que no cambian. Mientras tanto, ella estaba en el centro mismo de la cultura y la información capitalina.
Era tan librepensadora que se enamoró de quien quiso, sin importarle la opinión de nadie: se enamoró de su primo hermano. Entre tunas, guasábaras y amigas, durante las vacaciones decembrinas en La Doradilla —el rancho familiar del primo—, nació aquel amor. Una relación reprobada por la fe católica que profesaba su familia. No le importó lo que pensara su abuela materna, quien la había acompañado durante muchos años, ni la opinión de su suegra y tía, ferviente católica, que siempre dijo que: “esa relación era un pecado”.
Nuestro padre, afortunadamente, era más liberal. Opinaba que “quien se casa, requiere casa y costalito pa’ la plaza”. Con esa sentencia —que más que una amenaza, era una retirada simbólica del apoyo económico— daba su bendición a regañadientes. Pero en el fondo, creo que nunca reprobó la relación. Siempre nos apoyó para que estudiáramos; igual con ella, quien aún estaba en la universidad cuando quedó embarazada.
Para justificar su “pecado” ante los ojos de la sociedad, un día aparecieron diciendo que se habían casado. Por lo civil, claro está. Eso apaciguó el escándalo. A mí, siendo honesto, lo único que me preocupaba era que mi sobrino naciera con cola de cerdo. —Ya había leído Cien años de soledad—.
Era tan librepensadora que, un día, llegué a casa y le dije:
—Helen —así le llamaba—, conocí una chica y de mil amores me largaría con ella el fin de semana.
—¿Y por qué no lo hace? —me respondió, como si nada.
—No tengo dinero —le contesté.
—¿Cuánto necesita? Yo se lo presto— dijo, sin pensarlo dos veces.
Ella conocía muy bien la realidad de mi matrimonio y, en el fondo, me compadecía.
Vivió su vida como quiso. Comenzó como educadora desde muy joven, y con esfuerzo escaló hasta la máxima categoría del escalafón del magisterio en Bogotá. Tuvo un hijo tan inteligente que se dio el lujo de abandonar Medicina en tercer semestre de la Universidad Nacional, y luego se paseó, por lo menos, por cinco carreras distintas en las universidades más prestigiosas —que yo sepa—, hasta que finalmente encontró aquello que realmente quería estudiar.
De su marido, el primo chévere, buena vida, soñador empedernido, pues… cada uno opinará según su punto de vista. Yo opino que era uno de esos personajes “de la generación del 50”. Tan buena gente que, incluso, le hizo una hija a la alcaldesa del pueblo. De otra forma, ella se habría quedado sola toda la vida.
Un día, Helena me dijo:
—Leo, estoy perdiendo la fuerza en las manos.
—Eso es el Alzheimer —le respondí, poniendo cara flemática, como quien no quiere preocuparse demasiado.
Lo mismo hacíamos cuando tropezaba y se caía. Nos burlábamos con algo de humor, diciéndole:—Alce los pies, no los arrastre. Por eso se cae.
Hasta un día que se cayó cruzando una calle y las consecuencias fueron considerables, sobre todo para una de sus manos. Entonces decidió consultar al médico. El galeno, esta vez, sí le prestó atención a los síntomas que venía presentando. Luego de varios análisis y de algunos meses de pruebas y tratamientos fallidos, llegó el devastador diagnóstico: ELA. Según los médicos, ya llevaba al menos dos años con síntomas.
La evolución de la enfermedad fue muy veloz. Sin los recursos de Stephen Hawking, el manejo fue lo mejor que se pudo. Esa enfermedad, de origen desconocido, destruye la mielina que recubre las fibras nerviosas del sistema nervioso periférico, dejando los nervios en cortocircuito y haciendo que el cuerpo pierda autonomía sobre los músculos voluntarios y se vaya cerrando sobre sí mismo, como una flor al revés, hasta dejar a la persona atrapada dentro de sí misma. Sin poder moverse, hablar o comer… pero con la mente intacta.
Cuando Helena conoció el diagnóstico, y entendió con total claridad cómo evolucionaría su enfermedad, me pidió que buscara al doctor Quintana. Con él pactó y pagó —y no fue barato— los costos de su eutanasia. Me encargó que yo organizara todo cuando ella me lo hiciera saber: la llamada al doctor para confirmar que estaba lista, convocar a las personas que deseaba tener cerca en ese momento y también su funeral, que ya había dejado pago.
Muy pocas personas sabían de su decisión. Pero su voluntad se cumplió, al pie de la letra.
Como buena filósofa, hoy lo entiendo mejor: era una racionalista como los del siglo XVII. Gran lectora de Baruch Spinoza concebía la vida y la filosofía como un sistema total, donde se entrelazan antropología, psicología, ética y política.
Como buena racionalista, aplicaba el método deductivo, sin margen de error. Partía siempre de una verdad clara y distinta —un axioma— sobre el cual construía todo su razonamiento. Y si el punto de partida era verdadero, el resultado también lo sería. —Así entendía ella el mundo—.
Partía de un todo universal, Dios, —en un sentido metafísico—, aplicaba un razonamiento riguroso y lógico para encontrar la verdad. Por eso, al conocer su diagnóstico, sabía perfectamente qué pronóstico le esperaba… y no creyó en milagros.
El 23 de diciembre ya no se le entendía el lenguaje oral. Pero los seres humanos tenemos esa facultad de adaptarnos y aprender a entender otras formas de comunicación. Terminamos interpretando sus deseos a través del movimiento de sus ojos.
Esa Navidad me tenía preparado un regalo: me obsequió una discografía de Los Visconti. Sabía que me encantaba, en especial el tema Vieja botella de vino.
Y también me hizo saber, de forma muy clara, la decisión que tanto temía escuchar. Me dijo, con ese lenguaje que ya habíamos aprendido a descifrar: “Llegó mi hora. Ya no quiero seguir viviendo. Habla con el doctor.”
Fue como si un balde de agua helada me recorriera la espalda, desde la cabeza hasta los pies. Ella me miraba fijamente. No había nadie más en la habitación. No tuve más remedio que confirmarlo con palabras:
—¿Hermanita, quiere que hable con el doctor Quintana?
Su respuesta fue afirmativa, con los ojos.
—¿Para cuándo lo desea? —pregunté.
Ella escuchaba y entendía todo perfectamente. Una forma de corroborar era repetir lo que creíamos que nos quería decir, y ella respondía con los ojos. La conclusión fue lapidaria: “Antes de terminar el año”.
No quería recibir el Año Nuevo en la situación en que estaba.
Sin embargo, el doctor no estuvo de acuerdo con realizar el procedimiento durante las festividades. Nos explicó que era mejor no mezclar la celebración generalizada con sentimientos de pena. Así que propuso el 3 de enero.
Le comuniqué la fecha. No podía protestar. Aunque lo hubiera querido, no había otra opción.
El doctor llegó a casa la mañana de ese 3 de enero, a las diez en punto. Un rayo de luz se colaba por la cortina e iluminaba el tranquilo rostro de mi hermanita. Me miraba fijamente. Me conocía como nadie más y sabía que podía quebrarme en cualquier momento. Yo tragaba saliva a borbotones, tratando de deshacer el nudo en la garganta.
El doctor, con su elegante traje y su séquito de la muerte —una enfermera impecablemente uniformada, como si el atuendo importara para la ocasión—, abrió su maletín. No le faltaba nada para canalizar a un paciente.
La enfermera procedió a canalizar la vena en su antebrazo izquierdo, no sin algo de dificultad, a pesar de su extrema delgadez. La enfermedad y la mala nutrición ya la habían consumido. Incluso le habían ordenado alimentación por sonda nasogástrica, pero ella se había negado rotundamente.
Ya canalizada, pidió —y se tomó— su último tinto. Nos miró a todos, uno por uno, sin mover la cabeza. No podía hacerlo.
El doctor le aplicó dos medicamentos, que ya traía preparados en jeringas de 10 centímetros cúbicos, a través del puerto del suero. Se fue quedando dormida lentamente. Su respiración se apagaba, segundo a segundo. En menos de cinco minutos había partido de esta realidad al infinito.
El médico auscultó su corazón con el estetoscopio y sentenció:
—Se fue. Ha dejado de sufrir—.
Lo demás fue un trámite: levantar el acta de defunción —fácil, con la asesoría del médico—, hacer los trámites del sepelio, organizar la ceremonia, soportar el vacío que deja la muerte de un ser amado… y luego, sentarme a escuchar a Los Visconti, acompañado de un buen vaso de vino.
El 2 de julio de 2021, murió de un infarto el doctor Gustavo Quintana, a quien la Iglesia llamó “el Doctor Muerte” por haber ayudado a morir dignamente a más de cuatrocientos pacientes con enfermedades terminales, cuando en Colombia la eutanasia aún no estaba reglamentada. Entre esos pacientes estuvo Helena. Yo prefiero pensar que él, era otra cosa. Alguien que entendía que, a veces, la dignidad consiste en respetar la voluntad del individuo.
Helena siempre lo creyó. Y por eso, quizá, sigue siendo la persona más libre que he conocido.


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