
Patricia Bonilla Thorschmidt
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La historia de la humanidad se ha escrito con la tinta de las conmemoraciones militares. Cada 8 o 9 de mayo, el mundo se detiene para celebrar el Día de la Victoria, recordando aquel 1945 en que el horror de la Alemania nazi llegó a su fin. Sin embargo, al observar el panorama actual en mayo de 2026, la palabra victoria resuena con un eco vacío y cínico.
Lo que comenzó como un alivio colectivo tras una carnicería masiva se ha transformado en un ritual de repetición donde el ser humano, lejos de aprender, parece haber perfeccionado el arte de disfrazar el negocio del exterminio bajo el manto del patriotismo.
Hoy, la paradoja es total. Mientras los desfiles en Moscú o las ceremonias en Occidente exaltan los Derechos Humanos nacidos de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, la realidad en Gaza expone una parálisis moral sin precedentes. El genocidio, ese término que el mundo juró no volver a permitir, se ejecuta hoy en tiempo real con una frialdad burocrática. Las ciudades pulverizadas ya no son recuerdos en blanco y negro, sino transmisiones en vivo de un presente donde la población civil es el daño colateral de una narrativa de seguridad que nadie se atreve a cuestionar seriamente.
A esta tragedia se suma el teatro del absurdo en el Golfo Pérsico.
En un escenario donde la geopolítica parece administrarse como una operación de mercado, la guerra contra Irán y el control del Estrecho de Ormuz se gestionan, no como conflictos ideológicos, sino como movimientos en un tablero de cotizaciones. La sangre palestina, iraní o israelí parece medirse por el precio del barril de petróleo. Los muertos no se cuentan para la historia, se contabilizan para el mercado. Es el triunfo definitivo del mercantilismo bélico: una guerra que es, ante todo, un magnífico negocio para unos pocos, financiada por la inflación y el miedo de ese ciudadano común que, agotado por la incertidumbre, termina celebrando símbolos mientras el planeta herido se desmorona en silencio.
El ser humano repite porque ha convertido la memoria en un objeto de consumo. Celebramos victorias militares para no tener que enfrentar la derrota ética que supone nuestra incapacidad de convivir.
Al glorificar el arma que terminó la guerra pasada, legitimamos el arma que inicia la siguiente. En este 2026, el Día de la Victoria es una máscara que oculta un sistema invertido en el conflicto, donde la verdadera victoria —aquella que vuelve innecesarios los tanques— sigue siendo la gran ausente de la historia.


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