
Francisco Cepeda López
Profesor y músico
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Esta respuesta parecerá parodia del artículo escrito por Laura Henao, pero es una historia paralela así los tiempos sean diferentes; siento y calculo treinta y unos años conversando con mis setenta y tres recién cumplidos. Los referentes de Laura son distintos, pero no muy lejanas las experiencias.
Como muchas de este país, somos familias de gitanos en inxilio (hoy se les llama desplazados al tiempo que migrantes internos) que llevan en el “motete” una muda, un cuarto de panela y una barbera, de pronto una tijera y un costurero, además del machete del varón mayor. El alijo va creciendo con cada parada y cada estación, así como el nombre y la promesa conjunta con otros caminantes.
Dos expulsados del territorio boyacense se encuentran en Bogotá y conforman pareja. Ella viene del occidente, escondida entre bultos de café y algunos corotos del “trasteo de don José Hilario”, haciendo un gran esfuerzo para evitar que sus hermanos menores lloren o giman porque los “chulavitas” pudieran descubrirlos. Él había sido “cadenero” en las vías en construcción desde y hacia Tunja. Ambos hijos de “cachiporros”, el gran pecado. Juntar riesgos se sumaron como primer capital y, luego uno, dos, …, siete hijos constituyeron parimonio.
Casi con cada hijo, una vivienda distinta en arriendo, distintas las tiendas donde se consigue el mercado al fiado, amigos apenas hechos y cambio de escuela. Distintos trabajos para ganar lo de pagar el arriendo y la cuenta en la tienda y, vuelta a empezar en otro barrio. Yo -el segundo de ocho hijos- nací el año del ascenso de Gustavo Rojas Pinilla a la presidencia y, cuatro años después fue derrocado mientras cambiamos cuatro veces de barrio.
Mi memoria solo registra dos cosas de la última estación: mi mamá tenía un trabajo en un programa presidencial llamado “restaurantes escolares” de algo llamado “SENDAS”, del cual nos beneficiábamos con leche, queso amarillo y mogollas “grandísimas”, que completaban la precaria dieta adquirida con el trabajo de mi papá como conductor de bus. Conocí un niño negro del cual me hice amigo y con el cual -me parece- mantenemos vínculo y afecto. (No nos vemos hace unos doce años).
Meto a mi familia en lo que -por fin- diré, porque uno se educa primero en la familia antes de afrontar la escuela. Y en familia fui apropiando orientaciones -expresas o implícitas- de ambos progenitores; las conversaciones con el abuelo José Hilario, -lector infinito y músico no reconocido más que en la tierra que dejó por el exilio-, la infaltable lectura del suplemento dominical y la opinión -muchas veces radical- de mi madre. Ella fue gaitanista de la clase A hasta su asesinato y luego seguidora de las orientaciones del partido liberal hasta el asesinato de Luis Carlos Galán y su mirada hacia otros rumbos como sindicalista que era por entonces.
Siendo yo adolescente, dos figuras me impactaron: mi profesor de español y literatura Jairo Mercado Romero (quien después fuera mi profesor de literatura en la universidad) y los discursos de seguidores de Camilo Torres Restrepo congregados en un grupo de seminaristas y sacerdotes, denominado GOLCONDA.
En 1971 se produce una enorme agitación estudiantil en las universidades que llega hasta los colegios de secundaria y, donde yo estudiaba no fue ajeno a esta oleada inconforme. Establecimos un Consejo Estudiantil (entonces prohibido) que llegó hasta la “negociación” de mejores condiciones para nuestra educación. Se fue el rector y algunos profesores poco deseables y el cura capellán. Al año siguiente estábamos acompañando a los mayores en una campaña para llevar gente distinta al concejo de Bogotá ya la Asamblea Departamental de Cundinamarca. Luego no enteraríamos que esto se había replicado en todo el país.
Desde entonces, primero cada cuatro años y luego cada dos, íbamos a elecciones apostando a los que sabíamos eran perdedores. El Partido Comunista tuvo senadores y representantes aupados por el movimiento obrero y algunos concejales en varias ciudades del país. Cincuenta años después se pudo conformar un movimiento que ganó representación apreciable en el congreso y la presidencia de la república.
Como la música me ha acompañado siempre, como narré en uno de mis escritos publicado en Elquinto.com.co, les comparto un “retazo” de una de las canciones del juglar venezolano Alí Primera que sigue animándome en este proyecto a punto de tener nuevamente un presidente progresista al que acompañará un grupo más amplio de congresistas en aspiraciones de un país mejor, uno como el que hemos querido desde hace tiempo, y nos merecemos.
“El pueblo, que es refranero, canta con su propio rezo, aunque un rosario de penas lleve guindando en su pecho; y hay que afinar el tino, es decir, la puntería; que -aunque diga groserías- el pueblo tiene derechos”
“… vamos, mi pueblo, ¡¡ no juña!!!, que el que ha sido marinero, cuando ve la mar suspira y, el que vive en la oscurana, con mucha luz, se encandila…
Abre brecha, compañero, que ya sopla viento de agua y que hay que espantar el perro, antes que se eche la miada”.
(Alí Primera, ABREBRECHA)
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