
Gerardo Camino
Un estudiante por ahí
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No seré yo el que diga que fue una victoria electoral para la izquierda la de la primera vuelta en las elecciones presidenciales. Abelardo de la Espriella ganó con un porcentaje de votos considerablemente más alto que el pronosticado por las principales casas encuestadoras, que daban por ganador en primera a Iván Cepeda. De que perdimos, perdimos. Sin embargo, hay algunos puntos que quisiera señalar sobre la primera vuelta mientras aún tengo el quemonazo fresco que pintan un panorama menos desolador de lo que parece. Son obviedades, pero justamente por obviedades es que son fácilmente olvidables en pro de una visión catastrófica.
En primer lugar, quisiera criticar la aritmética electorera, que se siente tanto después de las primeras vueltas presidenciales. Hace cuatro años se calculaba que los votantes de Federico Gutiérrez se irían totalmente con Rodolfo Hernández, cual borregos guiados, y no fue así. Veamos las cifras.
En la primera vuelta presidencial, se registraron más de 36 millones de votos, repartidos principalmente entre Gustavo Petro (8’542.020, según cifras de la MOE), Rodolfo Hernández -el outsider del momento- (5’965.531), Federico Gutiérrez -el candidato de una derecha anárquica que no estaba, y seguramente aún no esté, preparada para el escenario del posturibismo- (5’069.526) y Sergio Fajardo –el eterno candidato del caricaturescamente llamado extremo centro- (885.291). La aritmética electorera apuntaba a que en segunda Hernández debía tener 11’035.057 votos. No fue así. Y no sólo no fue así, sino que, además, el censo electoral creció hasta superar los 39 millones de votantes. Esta diferencia de casi 3 millones de votos –en conjunto con todos los votantes de Fico que no se fueron con Hernández- jugó a favor de Petro.
Justamente por la ineficacia de la aritmética electorera, es fácil pensar que todos los votos de Paloma Valencia se van a ir con el táiguer de la Espriella, cuando en realidad no es así. Al estar cooptado el lugar del candidato ultraderechista conservador por el penalista de los pobres, Paloma Valencia tuvo que buscarse un lugar en el centro. Para eso, se valió de Daniel Oviedo, su fórmula vicepresidencial, que dotaba su candidatura de un matiz técnico que le permitía venderse como la candidata del centro tecnócrata que se opone –especialmente en materia fiscal- al gobierno Petro. Muchos de los votantes de Valencia, de hecho, son gente educada de las ciudades universitarias del país que criticaban justamente las decisiones económicas de Petro sin ser por ello tan godos. Obviamente, la ultraderecha no se iba a ir por una mujer y un marica que habla como si se estuviera quemando con una papa criolla.
Más allá de la adhesión -a todas luces incoherente tras sus declaraciones en medios, pero explicable por el pacto de clase que media- de Paloma Valencia al gato sudasiático, me interesa la movida de Oviedo. Ya anunció que decidirá como un líder responsable del centro político (lo que sea que esto signifique). Siento sinceridad en sus palabras cuando afirma que Colombia no puede moverse entre los extremos populistas de un candidato machista y homofóbico y uno que no debate, y tengo la impresión de que, en el peor de los casos, se irá a ver ballenas. Falta ver qué le ofrece la izquierda, pero si puede adherirse a Cepeda (que es mucho más factible a que se una al félido) a cambio de la Alcaldía de Bogotá, no considero que sea un mal negocio.
En ese mismo sentido, me inquieta ver a Fajardo anunciar que no se irá al pacífico a disfrutar la temporada de ballenas jorobadas, sino que participará activamente en la segunda vuelta. En esta primera obtuvo más de un millón de votos, y creo que si asume posición por primera vez en su vida -ya sea para revivir su carrera política, o por una convicción sincera de la necesidad de defender el Estado Social de Derecho- puede inclinar la balanza a favor de Cepeda, tanto por sus votantes propios, como por el mensaje de legitimidad que emitiría.
Creo que la bandera a defender para potenciales alianzas está en la defensa del Estado Social de Derecho y la decencia básica. Hasta los más brutos pueden entender que es más fácil y factible hacerle oposición a Cepeda –que es un demócrata, a pesar de todo- que al queridísimo Tigger -que ni siquiera tuvo la decencia de ponerse como logo un jaguar o un lobo que delate lo que es, un cochino representante del proyecto y la estética narcobarroca-. Petro y Cepeda pueden defender el proyecto de la constituyente, pero el peligro inminente para la Constitución del 91 lo representa el therian con más frentes que las FARC y barba de betún. No es Cepeda el que quiere hacer y deshacer con la estructura del Estado. No es Cepeda el que quiere pena de muerte y un proyecto punitivista (de dónde sacará la plata para las 10 megacárceles si su objetivo es disminuir el tamaño del Estado es un misterio) inconstitucional. No es Cepeda el que anda mostrando el chimbo en televisión y acosando periodistas. No es Cepeda el que puso a su hija adolescente a bailarle a Westcol (yo no sabía que semejante atarbán podía incomodarse así). Mal que bien, aun siendo el Pacto la fuerza más grande en el Congreso, la izquierda no es mayoría y les toca negociar hasta la marca del shampoo.
Por último, quisiera enviar un mensaje de calma a mis tres lectores (sé que uno será mi papá y la otra mi mamá, falta ver quién es el tercero). Iván Cepeda obtuvo una votación enorme, más grande incluso que la de Petro hace cuatro años. Colombia es un país paraco y godo en el que ser de izquierda es un deporte de alto riesgo desde los tiempos del abuelo de mi abuelo. Apenas ahora están dejando de matarnos y hasta pusimos presidente. Del mismo modo en que son hechos ciertos que 1. la izquierda ha crecido considerablemente desde el acuerdo de paz, y 2. si estos resultados hubieran sido en las elecciones pasadas estaríamos cagados del vértigo y la posibilidad de poner presidente por primera vez; creo que la izquierda cuenta con la fuerza y los números para volver a lograrlo. Los que dicen que estas elecciones (que no han decidido nada aún) son una derrota a Petro y el proyecto del Pacto lo hacen creyendo que la historia política del país empezó ayer. La presidencia aún no se decide. Paz a vuestras almas.
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