
Ángela María Giraldo Cadavid
Ortodoncista y Magister en Ciencias políticas
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A pocos días de las elecciones presidenciales, los colombianos parecemos atrapados entre dos emociones: el miedo y la esperanza.
El miedo siempre ha sido una herramienta poderosa en política. Miedo al cambio. Miedo a perder lo que se tiene. Miedo a que llegue el caos. Miedo al adversario. Durante semanas hemos escuchado advertencias apocalípticas sobre lo que ocurrirá si+ gana uno u otro candidato. Pero el miedo no es un programa de gobierno. El miedo no genera empleo. El miedo no mejora la educación. El miedo no construye carreteras, no atrae inversión, no impulsa la innovación y tampoco prepara a un país para competir en el siglo XXI.
Por eso, la pregunta que deberíamos hacernos no es quién nos produce más temor. La pregunta es mucho más importante:
¿Qué Colombia queremos construir durante las próximas décadas?
Durante buena parte de nuestra historia política hemos estado gobernados por proyectos que, con diferencias importantes entre sí, compartieron una visión similar del desarrollo: crecimiento económico basado en sectores tradicionales, concentración de oportunidades, explotación intensiva de recursos naturales y una fuerte dependencia de la seguridad como eje central de la política pública.
Ese modelo produjo avances importantes. Sería injusto negarlo. Colombia fortaleció instituciones, mejoró indicadores económicos en distintos momentos y logró avances significativos en materia de seguridad.
Pero también dejó preguntas que siguen sin respuesta.
¿Por qué seguimos siendo uno de los países más desiguales de América Latina y del mundo?
¿Por qué amplias regiones continúan atrapadas en la pobreza?
¿Por qué persisten economías ilegales que desafían la autoridad del Estado?
¿Por qué millones de jóvenes siguen viendo su futuro con incertidumbre?
¿Por qué tantos colombianos sienten que deben emigrar para encontrar oportunidades?
Quizás porque los problemas estructurales de Colombia son más complejos que las soluciones simples que tantas veces nos han prometido.
Por eso preocupa que buena parte del debate actual se concentre más en la confrontación que en las capacidades reales para gobernar.
Gobernar Colombia no es administrar una campaña política.
No es ganar debates en televisión.
No es acumular seguidores en redes sociales.
No es repetir consignas sobre autoridad o cambio.
Gobernar Colombia significa dirigir uno de los Estados más complejos de América Latina. Significa comprender la economía, las instituciones, los territorios, la diversidad social y los desafíos globales que marcarán las próximas décadas.
Por eso vale la pena observar con atención las trayectorias de quienes aspiran a la Presidencia.
Iván Cepeda ha dedicado gran parte de su vida al servicio público, al trabajo legislativo, a la construcción de acuerdos políticos y a la defensa de causas relacionadas con los derechos humanos, la democracia y la paz. Incluso quienes discrepan profundamente de sus posiciones suelen reconocerle disciplina, coherencia, capacidad de diálogo y conocimiento de los asuntos públicos.
Abelardo de la Espriella ha construido una exitosa carrera como abogado litigante y figura pública. Su imagen política se apoya, en buena medida, en una narrativa de éxito empresarial que merece ser examinada con mayor detenimiento. Diversas investigaciones periodísticas han señalado que, más allá de su reconocida firma de abogados, varias de las empresas asociadas a su nombre han registrado resultados modestos o pérdidas.
La pregunta, entonces, no es si un empresario puede fracasar. Todos pueden hacerlo. La pregunta es si esa experiencia constituye realmente una evidencia suficiente de capacidad para gobernar uno de los Estados más complejos de América Latina.
Porque litigar no es gobernar.
Construir una marca personal no es gobernar.
Comunicar bien no es gobernar.
Y despertar emociones no es gobernar.
La pregunta sigue siendo válida: ¿qué evidencia existe de su experiencia en la conducción de asuntos públicos, en la administración de grandes organizaciones estatales o en la construcción de consensos políticos duraderos?
No son preguntas menores.
Son exactamente las preguntas que deberíamos hacernos antes de elegir a quien dirigirá el país durante los próximos cuatro años.
Tampoco deberíamos ignorar lo que los programas de gobierno nos dicen sobre el futuro.
Mientras una propuesta pone el énfasis en la autoridad, la reducción del Estado y la confrontación como respuesta principal a los problemas nacionales, la otra plantea profundizar reformas orientadas a reducir desigualdades, fortalecer la educación, avanzar en la transición energética, impulsar el desarrollo rural, proteger la biodiversidad y consolidar una paz aún incompleta.
Ninguna propuesta es perfecta.
Pero sí revelan prioridades distintas.
Y las prioridades importan.
Porque el mundo que viene será muy diferente al que conocieron nuestras generaciones anteriores.
La competencia global ya no se definirá únicamente por quién extrae más petróleo o quién tiene más capacidad militar. Se definirá por conocimiento, innovación, tecnología, educación, sostenibilidad y talento humano.
Mientras buena parte del debate nacional sigue concentrado en los conflictos del pasado, Colombia ha comenzado a posicionarse internacionalmente como un actor relevante en biodiversidad, transición energética, turismo sostenible y protección ambiental. La pregunta es si queremos consolidar esa proyección internacional o regresar a una visión más limitada del desarrollo basada exclusivamente en la extracción de recursos y la seguridad.
Mientras algunos sectores siguen atrapados en los debates del siglo XX, el mundo avanza hacia la inteligencia artificial, las energías limpias, la economía del conocimiento y la protección estratégica de la biodiversidad.
En ese contexto, Colombia posee ventajas extraordinarias.
Somos uno de los países más biodiversos del planeta.
Tenemos una riqueza cultural única.
Contamos con una ubicación geográfica privilegiada.
Poseemos enormes posibilidades en turismo, energías renovables, agricultura sostenible, servicios, innovación y economía creativa.
No es casualidad que Colombia haya comenzado a posicionarse internacionalmente como “El País de la Belleza”.
Durante décadas exportamos noticias asociadas al conflicto armado, el narcotráfico y la violencia. Hoy tenemos la oportunidad de proyectar una imagen distinta: la de una nación reconocida por su biodiversidad, su creatividad, su cultura y su potencial humano.
El turismo crece donde existe confianza.
La inversión llega donde existe estabilidad.
La innovación florece donde existen educación, conocimiento y visión de largo plazo.
Por eso la discusión sobre continuidad o cambio está mal planteada.
Los países exitosos no destruyen todo cada cuatro años.
Conservan lo que funciona.
Corrigen lo que falla.
Y profundizan aquello que les permite avanzar.
La verdadera pregunta no es si Colombia necesita continuidad o cambio.
La verdadera pregunta es qué debemos conservar, qué debemos corregir y qué debemos transformar para competir exitosamente en el mundo que viene.
Después de revisar trayectorias, programas, capacidades de gobierno y visión de futuro, encuentro más razones para confiar en un liderazgo que propone corregir, consolidar y profundizar transformaciones democráticas que en una propuesta construida principalmente alrededor de la indignación, el miedo y la promesa de autoridad.
Los desafíos de Colombia son demasiado complejos para ser resueltos mediante consignas o liderazgos providenciales.
Los países que prosperan no construyen su futuro alrededor de sus temores.
Lo construyen alrededor de sus posibilidades.
Y hoy, más que nunca, Colombia necesita creer en las suyas.
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