
Leonardy Bolívar
No soy escritor, soy desempleado
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PREFACIO
Este texto nace de una conversación íntima con la realidad: esa que se escucha en las noticias, se confirma en las cifras y se padece en la vida diaria de un país que aún no aprende a pensar por sí mismo. Entre la dependencia alimentaria, el petróleo, el poder económico y la memoria corta del pueblo, estas líneas buscan incomodar más que convencer, porque a veces la verdad no necesita adornos, sino valor para ser dicha.
… Y SIN MÁS PREFACIOS…
Esta mañana, cuando me senté frente al computador para continuar una historia en la que vengo trabajando, dejé las noticias de fondo. No los noticieros nacionales, esos que repiten la realidad en voz de sus dueños, sino otros medios, menos occidentales, menos complacientes, donde se habla de un mundo que parece moverse bajo nuestros pies sin que nos demos cuenta. Entonces decidí cambiar de tercio y meterme en el escabroso análisis político, del que no tengo ni idea, pero que revuelve el estómago cuando escucho esos medios que…
Allí cuentan cómo Estados Unidos enfrenta una guerra contra Irán, cada vez más costosa y que va perdiendo en el tablero internacional; cómo el petrodólar pierde, poco a poco, parte de su antigua hegemonía frente al yuan, el rublo, la rupia y otras monedas utilizadas por los países del emergente bloque BRICS; cómo Japón y China recuperan sus inversiones en bonos del Tesoro estadounidense, y cómo Alemania repatrió gran parte del oro de sus reservas estratégicas que reposaba en bancos de EE. UU. También cuentan que la deuda de Estados Unidos ha alcanzado niveles gigantescos: llega a 39,4 billones de dólares y equivale al 100,2 % de su producto interno bruto. Cuentan, además, cómo China cerró a EE. UU. un mercado del que dependía en gran medida para su sector agropecuario.
Mientras escuchaba todo aquello, pensé en Colombia. Pensé en este país nuestro, tan rico en tierra, agua, sol, gente trabajadora y posibilidades, pero tan pobre en soberanía real. Un país que habla de independencia cada 20 de julio, pero que sigue importando buena parte de lo que debería producir.
El año pasado, tristemente, Colombia importó el 99,9 % de la soya y el 95 % de la torta de soya desde EE. UU. Las importaciones de soya y sus derivados alcanzaron en 2025 los 659,5 millones de dólares, insumos utilizados principalmente por la industria pecuaria.
El maíz, uno de los cinco bienes más importados por el país en 2025, llegó a 7,35 millones de toneladas métricas por un valor de 8.194 millones de dólares. ¿Y saben de dónde se importó el 99 %? Exactamente: de EE. UU.
¿Y saben cuál industria consume buena parte de ese maíz y de esa soya? La industria de alimentos para la porcicultura y la avicultura. ¿Y saben quiénes importan esos insumos? Los mismos de siempre. Los que llevan setenta años sentados a la mesa donde se decide qué produce el país, qué importa el país y quién se queda con la ganancia.
No profundizo más porque César diría que estoy alargando demasiado el artículo, y porque la idea principal no es, al menos no hoy, denunciar todas las conexiones del poder económico colombiano.
Sin embargo, antes de que aparezca algún experto agrónomo a decir que Colombia, por estar en el trópico o por sus condiciones geológicas, no puede ser competitiva en la producción de esos commodities, conviene recordar algo elemental: la agricultura moderna no consiste en regar, rezar y cosechar, como si la Biblia fuera un manual técnico. La seguridad alimentaria de un pueblo exige ciencia, investigación, tecnología propia, asistencia técnica, infraestructura, crédito, planificación y voluntad política.
México, por ejemplo, en diez años ha logrado avances importantes en zonas tecnificadas de producción de maíz. Pasó de producir, en promedio, 4 toneladas por hectárea a 20 toneladas por hectárea mediante tecnología autóctona, posteriormente transferida a China, donde ya se han alcanzado rendimientos de hasta 45 toneladas por hectárea. China, por su parte, ha demostrado que la productividad no depende únicamente de la tierra, sino de la tecnología aplicada, la investigación constante y la decisión de convertir el campo en un asunto estratégico. La producción agrícola del siglo XXI no se improvisa: se diseña.
Esa seguridad alimentaria debió comenzar, con mayor decisión, bajo un gobierno que se presentó como alternativo y de izquierda. Pero el desarrollo del campo no podía limitarse a reparar, aunque fuera necesario, el viejo problema del despojo de la tierra que arrastramos desde la Colonia. Entregar tierra sin tecnología, sin vías, sin crédito, sin centros de acopio, sin agroindustria y sin mercado garantizado es apenas entregar esperanza en una bolsa rota.
El entusiasmo con el que muchos elegimos a Gustavo Petro como una posible solución a los problemas del país terminó convirtiéndose en decepción. Petro demostró ser un gran caudillo, un hombre capaz de leer el malestar histórico de Colombia, pero no necesariamente un buen gobernante. Siempre se supo que este país no lo maneja el Ejecutivo. Lo gobierna el poder económico. Y no lo hace ni siquiera desde la sombra: lo hace de frente, con chequera, medios, gremios, Congreso, altas cortes y opinión pública a su servicio.
El poder económico ha manejado el mundo desde la antigüedad y no va a soltar voluntariamente la vaca que le da leche todos los días. Con dinero se construyen candidaturas, se fabrican miedos, se lavan biografías y se convierte a cualquier personaje en salvador de la patria. Abelardo de la Espriella, en un mes, con suficiente dinero y suficiente pauta, demostró que se puede levantar una campaña, meterla en los medios, inflarla en las redes y presentarla como un mandato popular.
Colombia, además, exporta entre 400.000 y 450.000 barriles de petróleo diarios, cifra que equivale aproximadamente a la mitad de la producción nacional y constituye el principal rubro de exportación, con ingresos cercanos a los 12.000 millones de dólares. Pero, al mismo tiempo, importamos gasolina para el consumo interno a precios internacionales por un valor de 8.200 millones de dólares. Entonces la pregunta aparece sola: si producimos crudo, ¿por qué no somos autosuficientes en combustibles?
La respuesta no es sencilla, pero tampoco es inocente. Por un lado, buena parte de la extracción está asociada a compañías y capitales extranjeros con intereses propios. Por otro, la importación de combustibles es un negocio excelente para unos cuantos. Cualquier ciudadano desprevenido preguntaría: ¿por qué no nacionalizamos la extracción, la refinación y la distribución de los combustibles? La respuesta, triste y conocida, es que el imperio no suele permitir esas audacias en su patio trasero.
Quienes han intentado tocar los intereses energéticos del imperio han pagado costos enormes. Gadafi en Libia, Chávez en Venezuela y los ayatolás en Irán: cada caso con sus particularidades, sus errores y sus tragedias, pero todos atravesados por una misma verdad incómoda: el control de los recursos naturales nunca ha sido un asunto puramente nacional. Siempre hay manos imperiales metidas en el subsuelo.
Un imperio en decadencia, obligado tal vez a cuidar con más celo su patio trasero, no puede darse el lujo de permitir otro gobierno de izquierda en Colombia que critique sus decisiones en los foros internacionales y que, eventualmente, cuestione la dependencia comercial, energética y militar que nos han vendido como destino. Por eso no resulta extraño que se le dé la patadita de buena suerte al bueno de De la Espriella, aunque cargue investigaciones judiciales, sombras o contradicciones. Para ciertos poderes siempre será preferible un malandrín obediente que un santo casquivano.
Y entonces llegamos al punto que más duele: el pueblo. Ese pueblo al que tanto se invoca, al que tanto se promete, al que tanto se engaña y al que tan fácilmente se conduce de regreso al corral. Ese pueblo es mi Colombia.
Para cerrar este coloquio conmigo mismo, vuelvo a Boyacá, mi patria chica, esa tierra que alguna vez se llenó de discursos verdes, progresistas y alternativos. Es un pueblo de estúpidos; siguiendo la línea de mi publicación anterior en este medio, no lo digo yo: lo dicen las estadísticas publicadas por Boyacá Sie7e Días el 1 de junio de 2026.
“Abelardo de la Espriella obtuvo en el departamento 337.768 votos, equivalentes al 50,47 %, mientras que Iván Cepeda alcanzó 216.425 sufragios, correspondientes al 32,34 %. De los 123 municipios boyacenses, De la Espriella ganó en 118. Cepeda solo triunfó en Tunja, Tibasosa, Nobsa, Paz de Río y Cubará”.
El dato no es menor. Hace apenas unos meses, las fuerzas verdes y progresistas habían celebrado victorias legislativas importantes en el departamento. Pero en menos de tres meses pasaron del triunfo al naufragio. Los votos que parecían pertenecer a una estructura política se fueron por otro camino, como si la memoria electoral fuera una hoja seca arrastrada por el primer viento de campaña.
“En las principales ciudades de Boyacá la votación presidencial quedó de la siguiente manera: en Tunja, 44.172 sufragios para Iván Cepeda y 37.018 para Abelardo de la Espriella; en Duitama, 29.238 votos para De la Espriella y 27.239 para Cepeda; y en Sogamoso, 29.674 para Abelardo y 27.481 para Iván”.
“De esta manera, son perdedores de las elecciones de ayer el gobernador Carlos Amaya, el senador John Amaya, la senadora Carolina Espitia y los representantes a la Cámara Jaime Raúl Salamanca, Wilmer Castellanos y Yamit Noé Hurtado, al igual que el precandidato a la Gobernación de Boyacá Wilmer Leal Pérez”.
¿Dónde está el trabajo que hicieron entre sus electores?
“De otro lado, también salieron derrotados los congresistas boyacenses —actuales y electos— del Pacto Histórico, quienes tenían una gran responsabilidad con su candidato Iván Cepeda y con Aída Quilcué, su fórmula vicepresidencial”.
¿Creyeron que con salir electos ya se habían solucionado los problemas del departamento?
“Por el Pacto perdieron los senadores Aída Avella y Walter Rodríguez, ‘Wally’, así como los representantes Pedro José Suárez Vacca y José Luis Bohórquez. En cuanto a Bohórquez, fue una sorpresa que en la ciudad que él gobernó hasta comienzos de 2025, Duitama, y en la que obtuvo gran parte de los votos para llegar al Congreso, no haya ganado Iván Cepeda”.
¿En qué estaban pensando?
Otros perdedores de las elecciones en Boyacá
“No solo los Verdes y los del Pacto Histórico resultaron derrotados este domingo en Boyacá. También perdieron los uribistas que acompañaron la candidatura de Paloma Valencia”.
“Los grandes vencidos de este grupo son los congresistas Zandra María Bernal Rincón, exalcaldesa de Socha, y Eduar Triana, que fue reelegido el pasado 8 de marzo para su segundo periodo en la Cámara. Realmente Paloma, en Boyacá, no voló alto en su campaña y en ese vuelo tímido tuvieron gran responsabilidad tanto Zandra Bernal como Triana”.
“En Socha, el municipio que administró Zandra, la candidata Paloma Valencia apenas obtuvo 641 votos, mientras que De la Espriella consiguió 1.879 y Cepeda 1.120. La exalcaldesa no le cumplió a su ‘presidente’ Uribe”.
Eso sí tiene sentido, teniendo en cuenta el machismo de mis paisanos.
Allí quedó retratada una verdad cruel: no basta ganar elecciones si no se transforma la conciencia del pueblo. No basta tener candidatos, gobernadores, senadores o representantes si la ciudadanía sigue votando desde el miedo, la rabia, la obediencia, el clientelismo o, especialmente, la ilusión fabricada por los medios.
El verdadero cambio no se decreta desde una curul ganada ni desde una plaza pública, ni se firma en un discurso presidencial. El verdadero cambio se construye educando, formando criterio, enseñando a leer la economía, la historia, la tierra y el poder.
Tal vez por eso seguimos siendo un país que produce discursos y exporta materias primas; que importa comida pudiendo sembrarla; que vende petróleo y compra gasolina; que cambia de caudillo cada cuatro años, pero conserva intacto el altar donde manda el dinero.
Y así, entre noticias internacionales, cifras agrícolas, petróleo, votos y desencantos, terminé comprendiendo que el problema de Colombia no es solamente quién gobierna. El problema es quién piensa por nosotros. Porque, mientras otros diseñan el mundo, nosotros seguimos aplaudiendo al último que promete salvarnos.
Por eso, y por mucho más, volveré a mis historias menos trascendentales.


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