
Manuel Humberto Restrepo Domínguez
Profesor Titular de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Ph.D en DDHH; Ps.D., en DDHH y Economía; Miembro de la Mesa de gobernabilidad y paz, SUE.
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El fascismo se piensa, ejecuta y sostiene sin derechos y a través de los derechos la sociedad debe derrotarlo. No hay diálogo posible entre derechos y fascismo. El Estado y el gobierno están obligados a respetar y hacer respetar los derechos y si esto no ocurre hay fascismo. La ecuación es sencilla: derechos o fascismo, el pueblo elige lo que quiere. El fascismo abomina, niega, persigue, vulnera los derechos humanos de forma estructural, no incidental ni colateral, la fuerza bruta y brutal es su pilar estructural y metodológico. El derecho a la vida y a la integridad física es el primer derecho más brutalmente quebrantado, pues la violencia para el fascismo no constituye un exceso, sino el valor constitutivo del régimen, que sin ejercer violencia y sembrar miedo no puede existir.
La Alemania nazi, segó seis millones de vidas en genocidio, asesinó al 85% de la población romaní, a doscientas mil personas con discapacidad bajo el programa de eutanasia y a trescientos mil niños por sus dificultades cognitivas o físicas. En la España franquista, las ejecuciones extrajudiciales fueron más de ciento cuarenta mil, y la Italia de Mussolini deportó a miles de opositores a colonias de internamiento y tortura. En la Colombia de la seguridad democrática de Alvaro Uribe, ocurrieron miles de desapariciones forzadas, espionaje, millones de personas desplazadas, miles de masacres, las 6402 ejecuciones extrajudiciales, y la sistemática persecución a adversarios.
El fascismo, de este siglo llega al poder con fraude electoral, disfrazado de democracia, no elimina la constitución, no clausura el congreso, ni las cortes, las coopta, las compra o seduce a sus autoridades y se sirve de los banquetes y delicias que ofrecen los inversionistas. Así aniquila las libertades de expresión, opinión, asociación, prensa, cátedra, reunión, protesta, divergencia, oposición, paz y bienestar. Toma el control absoluto de las instituciones, elimina la participación ciudadana y suspende toda garantía civil, como ocurrió en Alemania en 1933, donde en pocos meses se destruyó el Estado de derecho y se encarceló sin juicio a más de cien mil personas, o en Italia, donde las leyes fascistas contra los “delitos de opinión” siguen vigentes y el Parlamento Europeo ha denunciado su pervivencia como una afrenta a la democracia. La represión va más allá de la censura, el régimen italiano llegó a internar a los disidentes en manicomios, patologizando su disidencia para invalidar sus ideas, elevando la cifra de recluidos en asilos de sesenta mil a casi cien mil entre 1926 y 1941, convirtiendo el diagnóstico psiquiátrico en un arma de desaparición forzada.
De igual modo, el principio de igualdad y no discriminación, esencial en los derechos, es radicalmente negado, desigualdad, discriminación y menosprecio son parte del núcleo ideológico del fascismo. Las leyes de Núremberg de 1935 despojaron de la ciudadanía y prohibieron matrimonios, en Italia en 1938 se dictaron leyes raciales y el franquismo aprobó políticas eugenésicas para separar menores y su hacerles reeducación forzada bajo un supremacismo heteropatriarcal. La lógica excluyente fascista golpea con especial crudeza a las minorías y grupos vulnerables (así haya partes de su lado), las mujeres fueron sometidas a abortos forzados y esterilizaciones masivas en los campos nazis; la comunidad LGTBI fue perseguida y recluida en centros como el de Tefía en España, símbolo de la vergüenza represiva; y los migrantes son deshumanizados y tratados como chivos expiatorios.
Más allá de los derechos sustantivos, de atacar el ius cogens, lo intocable de los derechos y socavar el espíritu de solidaridad, confianza y afecto entre humanos, el fascismo también destruye las garantías procesales del Estado de derecho y elimina todo control judicial sobre la actividad policial y militar puesta al servicio político del partido en el poder. En la Alemania nazi, la Gestapo actuó sin supervisión de los tribunales administrativos, y en Italia el confinamiento político se impuso mediante medidas administrativas que eludían la revisión judicial, vaciando de contenido cualquier derecho a un juicio justo. Este patrón común, es definitorio del desprecio estructural por los derechos humanos.
El fascismo retorna con su lógica depredadora que la historia evidencia, con una contundencia que no admite matices para enfrentarlo y derrotarlo. La desobediencia no constituye una opción política entre otras, sino una exigencia ética común e ineludible para impedir que la vulgaridad, la corrupción, el saqueo, el odio y el terror se normalicen y que la dignidad humana sea nuevamente subordinada a la voluntad totalitaria del Estado. El fascismo local que viene tiende a recrudecerse.


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