
Manuel Humberto Restrepo Domínguez
Profesor Titular de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Ph.D en DDHH; Ps.D., en DDHH y Economía; Miembro de la Mesa de gobernabilidad y paz, SUE.
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La clave de la gran estrategia de campaña de Abelardo de la Espriella estuvo en apropiarse del término patria y de la camiseta de la selección colombiana en pleno año mundialista. No había programa económico, ni promesas claras de seguridad, ni siquiera una estructura partidaria sólida. El autodenominado Tigre aparecía siempre en primer plano y, entre zarpazos simbólicos, proclamaba: “El 21 ganaremos la copa”, en nombre de la defensa de la democracia, la Constitución y la seguridad, aunque durante la campaña no ofreció una sola señal de respeto real por ninguna de ellas.
La clave del golpe maestro consistió en fusionar patria y fútbol —como antes se unieron Dios y Patria— y en reemplazar nación por patria, ciudadanía por masa y política por espectáculo deportivo. La apropiación del simbolismo de la selección en el año del Mundial fue sistemática y descarada. La operación política vació de contenido democrático los emblemas nacionales y los transfirió como botín a un proyecto de poder personal.
La fragilidad de las instituciones y la pasividad de los organismos judiciales y de control mostraron la facilidad con que el populismo de ultraderecha puede secuestrar el sentimiento colectivo, hasta llevar a sus electores a gestos de adhesión casi litúrgicos, cercanos al saludo fascista, disfrazando la ausencia de propuestas con el ropaje de un patriotismo elemental, emocional y excluyente.
Abelardo no se limitó a usar la camiseta amarilla, azul y roja como accesorio publicitario: la convirtió en el eje de su identidad política. Desdibujó su significado como símbolo de unión nacional y la transformó en un marcador de pertenencia. Les pidió a sus seguidores vestirla y la convirtió en pieza central de toda su propaganda. Convenció a medio país de que era el líder, director técnico y capitán de la selección: el Tigre como versión política de Falcao.
Recibió, además, el favor simbólico de figuras como James Rodríguez y Luis Díaz, referentes del fútbol colombiano, cuya actitud pública fue leída por muchos como arrogancia y desprecio hacia el presidente. El mensaje era claro: el Mundial podía ganarse gracias a la mano y la supuesta “sabiduría” de Abelardo.
A ello se sumaron narradores deportivos repitiendo sin cesar la palabra patria, mientras Postobón reforzaba el imaginario visual con vallas publicitarias en las que aparecía un hombre de barba corta vistiendo la camiseta de la selección. Los colegios electorales fueron convertidos en extensiones de una tribuna de estadio, donde el voto se confundía con el aliento a un equipo y los electores se camuflaban bajo la aparente neutralidad del fervor deportivo.
La maniobra fue una operación de neuromarketing de precisión quirúrgica. Capitalizó la energía emocional de millones de colombianos que volvían a ilusionarse con una Copa del Mundo tras ocho años de ausencia.
La reacción perfecta llegó cuando, el 3 de junio de 2026, una jueza determinó que el uso indebido de la camiseta sesgaba la contienda electoral y prohibió formalmente su utilización en contextos políticos. Lejos de frenar a Abelardo, la decisión alimentó su narrativa de persecución. Se presentó como víctima de un establishment judicial —que denunciaba como instrumento de un supuesto gobierno comunista— que pretendía “arrebatarle al pueblo su derecho a vestir los colores de la patria”.
Así invirtió por completo los términos del debate: transformó un símbolo de unidad nacional en un emblema de resistencia contra las élites, aunque él mismo encarnaba precisamente esas élites. La paradoja, sin embargo, resultó políticamente eficaz. Más tarde, el Tribunal Superior de Bogotá revocó la medida, consolidando la victoria simbólica de su estrategia.
El daño, sin embargo, ya estaba hecho.
La controversia elevó su visibilidad a niveles que ninguna pauta publicitaria habría alcanzado. La camiseta, que durante décadas representó un símbolo de encuentro entre colombianos, pasó a convertirse en marcador de identidad política, excluyendo a quienes no se plegaban a su causa.
La apropiación no se detuvo en la indumentaria. Se extendió a todo el arsenal simbólico del fútbol. Los cánticos de las barras fueron adaptados como jingles de campaña, y los mítines se transformaron en experiencias sensoriales de estadio. El respaldo de figuras del fútbol profesional como Dayro Moreno, Carlos “El Pibe” Valderrama, Teófilo Gutiérrez y Faustino Asprilla le otorgó una legitimidad popular que ningún partido tradicional podía conferir.
Ante millones, Abelardo dejó de parecer un político más: se presentó como uno de los suyos, como el verdadero representante de la colombianidad.
No inventó nada nuevo. Replicó, con mayor estridencia, el modelo fascistoide de Jair Bolsonaro en Brasil, quien convirtió la camiseta verde y amarilla del pentacampeón mundial en emblema de su nacionalismo conservador, polarizando un símbolo que antes unificaba a los brasileños.
En América Latina, donde el fútbol funciona como religión civil, la camiseta de la selección equivale al hábito más sagrado.
Lo que debía ser un lazo de hermandad se convirtió en trofeo electoral. La campaña asumió que ganar no dependía de propuestas, ética, respeto a los límites legales o fidelidad constitucional, sino de producir identificación emocional y sentido de pertenencia.
El uso de los símbolos nacionales como propiedad privada, amarrados al caudillo —al nuevo Führer—, constituyó una estrategia calculada para sustituir la deliberación democrática por adhesión emocional. El debate de ideas fue reemplazado por liturgia patriótica.
La apropiación de lo colectivo como identidad privada anticipa algo más profundo: la idea de que el Estado será botín del vencedor y no patrimonio común. Allí se desdibuja la frontera entre fervor deportivo y manipulación política.
Queda expuesta, así, la vulnerabilidad de la democracia frente a quien, sin tener un verdadero proyecto de nación, pero sí una clara lógica fascista, sabe vestir el uniforme adecuado para hacerse pasar por salvador.
P.D. Si la selección gana la copa, será presentado como obra de la fe impuesta por el salvador electo. Si pierde, pronto sabremos a cuál enemigo responsabilizará.


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