
José Aristizábal García
investigador social, escritor, activista, autor de varios libros, entre ellos Amor y política (2015), Amor, poder, comunidad (2024) y La revolución del amor, próximo a aparecer.
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Uno de los hechos más destacados de la reciente campaña electoral del Pacto Histórico a la presidencia fue el papel que jugaron en ella los distintos sectores populares. Hubo un derroche de esfuerzo propio y creatividad de mucha gente del pueblo para remontar a De la Espriella y darle el triunfo a Cepeda. Hubo movilizaciones masivas de las juventudes, corrió el voz a voz, artistas e intelectuales aportaron su música, sus canciones, sus performances, sus columnas, y una multitud de personas anónimas pusieron algo, participaron, se activaron, hicieron su contribución. Varias evaluaciones coinciden en este punto.
Ese es el reflejo de lo que ha sido el mayor logro del gobierno Petro. Que ha habido un cambio en la mentalidad de una buena parte de la gente. Hay una elevación en los niveles de conciencia sobre la necesidad de las reformas, la participación en la política, la importancia de lo público y la defensa de la democracia. Sobre el cuidado de los animales, del agua, los territorios. Se ha revivido la memoria de las movilizaciones populares anteriores cuyo legado alimenta el espíritu crítico y las nuevas luchas. Se le perdió el miedo a hablar del paramilitarismo y la criminalidad de cuello blanco. Ha habido una mayor comprensión de las diferencias entre lo que son el gobierno y el Estado. Much@s que antes no hablaban y eran invisibilizadas han hablado y se han hecho visibles. Temas que van formando un nuevo sentido común y les dan más fuerza y coherencia a las luchas populares.
Esto podría estar demostrando la emergencia de unos movimientos sociales autónomos con la capacidad de urdir tejidos sociales y hacer convocatorias autoorganizadas. Con la vocación de proteger a las comunidades, las organizaciones sociales y sus ecosistemas. Con el empuje y la experiencia para enfrentar la represión y las depredaciones del extractivismo. Y en ese camino, construir unos poderes sociales y territoriales en lo local y regional.
El nuevo gobierno saldrá a provocar a la oposición y a las fuerzas populares buscando cualquier pretexto para desatar su represión, tal como el torero manipula su trapo rojo para que el toro se lance sobre él.
Quizás este no sea el momento de salir a embestir ese capote rojo que desde ya nos están poniendo a la vista. Quizás sea un momento de preparación, de reagrupar las fuerzas, de fortalecer las formas organizativas y asociativas, de ampliar la influencia y las capacidades de convocatoria, de continuar elevando la conciencia de lo que significan estas luchas, de aprender a cuidarnos entre tod@s, de cualificar la comunicación alternativa. Mientras mejor se preparen y se cocinen, mejores serán sus resultados.
Por la historia que conocemos es evidente que la gente no se quedará quieta. Que habrá resistencia, desobediencia civil y movilización popular. Pero uno también puede observar que muchos de esos movimientos sociales están aprendiendo a resolver sus necesidades de manutención, de educación, de salud y de convivencia por sus propios medios. Que, por esta vía, pueden avanzar en su arraigo entre la población y en su fortalecimiento. Y por ese camino, tienen la capacidad de ir más allá del sistema, de la institucionalidad del Estado y su burocracia, para avanzar en construir unas bases o baluartes populares que garanticen sus conquistas, su acumulación de fuerzas no sólo en lo electoral, sino también en su propio poder social y territorial.
Por ejemplo: los vecinos que se organizan en comunidades de autocuidado, tanto para la salud y el bienestar, como para protegerse y defenderse mutuamente y sin armas frente a los problemas de seguridad. O los trabajadores informales que construyen colectivos de las economías populares y solidarias para participar en plazas, ferias y fiestas y crean fondos de apoyo mutuo para fortalecer sus emprendimientos.
O las redes de músicos, artistas, teatreros, gestores culturales, sabedores, muralistas y artesanos que, con sus artes y oficios, mantienen vivas las culturas populares. Con sus festivales, bailes, danzas y exposiciones, ellas juegan un papel en la reparación de los vínculos comunitarios y contienen un gran potencial para aunar y potenciar otras resistencias y alternativas.
Igual las comunidades que se forman en defensa del agua, los ríos, los páramos para detener su expoliación. Y así, en todos los ámbitos de la vida, existen cantidades de posibilidades para que los movimientos sociales echen raíces y ganen fuerzas entre la sociedad.
Porque ya estamos aprendiendo que no basta con ganar unas elecciones y una gran fuerza electoral. Y uno se anima a pensar que, sin abandonar las opciones electorales ni dejar de apoyar las fuerzas del progresismo, estos movimientos podrían afirmar su autonomía y convertirse en unos poderes populares, como unos poderes duales, distintos a los poderes de dominación y por fuera del Estado.


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