
Manuel Humberto Restrepo Domínguez
Profesor Titular de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Ph.D en DDHH; Ps.D., en DDHH y Economía; Miembro de la Mesa de gobernabilidad y paz, SUE.
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La película La desaparición de Mengele (Kirill Serebrennikov, basada en la novela de Olivier Guez) retrata a una de las figuras más siniestras del siglo XX sin caer en la trampa de humanizarlo, pero tampoco de convertirlo en una caricatura del mal. El Ángel de la Muerte, médico y científico, dirigió y ejecutó experimentos sádicos en Auschwitz y, como cientos de criminales nazis, huyó a Sudamérica como un fugitivo que, lejos de esconderse avergonzado, intentó reconstruir una vida de aparente normalidad.
El personaje revela la psicología del criminal de guerra que conserva intactas su soberbia y su vanidad, niega sus delitos y pretende convencer al mundo de que sirvió a su patria y a la humanidad. Su crueldad no se expresa únicamente en los crímenes cometidos, sino en la absoluta ausencia de remordimiento y en su incapacidad para reconocer el sufrimiento causado.
Ese libreto no retorna porque reaparezcan personajes idénticos a Mengele. Retorna porque vuelve a abrirse paso la matriz política y cultural que hizo posible el nazismo: la exaltación de la violencia como método, la construcción permanente del enemigo, la mentira convertida en verdad oficial, la humillación como ejercicio del poder y la deshumanización del otro.
Esa misma lógica atraviesa hoy el proyecto de la ultraderecha encabezado por Trump y Netanyahu y encuentra expresión en América en Milei, Kast, Keiko, Noboa, Abelardo y Bukele. Lo que los emparenta no es una identidad biográfica ni la repetición mecánica de la historia, sino una misma concepción del poder, que naturaliza la guerra, glorifica la fuerza y convierte el sufrimiento ajeno en instrumento de dominación. Se excitan con la guerra y la humillación y, ansiosos, se lavan las manos en sangre, como lo hace Mengele después de sacrificar y destrozar un cordero para extasiarse con sus vísceras.
La capacidad de crueldad de Mengele no desaparece en el exilio. Se transforma en una frialdad calculadora para sobrevivir. La película no se detiene en los horrores del campo de concentración, pero los mantiene como un telón de fondo permanente. También aparecen sus cuatro perros pastores alemanes, entrenados por las SS para integrar la maquinaria del sadismo y el terror.
La manifestación más pura de esa crueldad es su incapacidad para reconocer el sufrimiento que causó. Negarlo todo lo convierte en un monstruo aún más perturbador, porque se percibe a sí mismo como un hombre común. Representa la ideología nazi en su expresión más descarnada.
Cuando su hijo Rolf lo confronta y le exige la verdad sobre sus crímenes, aflora sin máscaras el viejo nazi. Grita, manotea, se excita, niega, intimida y responde con las mismas mentiras fascistas que utilizó durante toda su vida para justificar sus actos.
El intento más desgarrador y, al mismo tiempo, más repugnante, es su empeño por mostrarse como un hombre cualquiera. Bajo identidades falsas vive en Buenos Aires, donde trabaja como mecánico y fabricante de juguetes, y luego en la selva brasileña, donde intenta construir un nuevo hogar.
La normalidad se convierte en su disfraz. La cámara, sin embargo, lo persigue implacablemente y muestra que su desaparición nunca fue física, sino moral. Es un asesino que pretende confundirse entre los demás, aunque su pasado lo condena a vivir prisionero de sí mismo.
Es una rata atrapada en su propio escondite. Un exponente de la banalidad del mal que recuerda que el horror no siempre tiene rostro de monstruo; muchas veces se presenta con la apariencia tranquila de un vecino cualquiera.
La llegada de Mengele a Argentina y su posterior huida a Brasil no fueron accidentes. Fueron el resultado de una red de complicidades políticas, económicas y sociales que convirtió a Sudamérica en refugio de criminales nazis.
La película recuerda que el mal nunca actúa solo. Necesita Estados complacientes, empresarios dispuestos, militares obedientes y élites convencidas de que siempre existe una razón superior para justificar el crimen.
Mengele llegó a Argentina en 1949, protegido por una red de antiguos miembros de las SS, y encontró allí un refugio seguro para los fugitivos del Tercer Reich. Vivió con relativa tranquilidad hasta 1960, cuando la captura de Eichmann en Buenos Aires hizo temer que él sería el siguiente. Huyó entonces a Paraguay, bajo la protección del dictador Stroessner, y finalmente a Brasil, donde pasó sus últimos años cambiando de identidad, viviendo en una granja y matando corderos.
La película no cuenta únicamente la historia de un fugitivo. Expone la responsabilidad de gobiernos, empresarios, políticos y militares que, por afinidad ideológica o conveniencia, protegieron a los arquitectos del Holocausto.
Por eso el retorno del mal no consiste en la repetición literal del nazismo. Consiste en el regreso de la cultura política que lo hizo posible: la mentira sistemática, la glorificación de la violencia, la fabricación del enemigo, la deshumanización del otro y la pretensión de convertir el crimen en un acto patriótico. Esa matriz vuelve a circular por el mundo con otros lenguajes, otros símbolos y otros protagonistas, pero con la misma vocación de dominación.
El personaje de Mengele termina revelando también a la sociedad que lo acogió y le permitió pasar desapercibido. Esa es la historia incómoda que las élites prefieren olvidar: el mal no solo se esconde; encuentra siempre un hogar donde prosperar, disfrazado de normalidad y protegido por la complicidad de quienes deciden no mirar.
P. D. Al nazi-fascismo se le confronta y se le derrota. No hay transacción posible. La memoria lo sabe.


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