
Aura María Díaz
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Hoy me la pasé todo el día en botas, trabajando en una finca. Me gusta la academia, pero también soy de meter las patas en el barro.
Cerré los ojos.
Escuché la bulla, el caos.
Me preguntaron si sentí el temblor.
No lo sentí, estaba a punto de meterme en una cueva y la emoción me ganó. Pero el país entero tembló: más de doscientos muertos bajo los escombros, mientras un presidente nuevo estrena su cargo entre ruinas, firmas y payasadas.
Pero este texto solo funciona si lo siente conmigo.
Siéntese, cierre los ojos, respire profundo.
Mire todo lo que pasa alrededor.
La tierra se abre en Chocó y por esa misma grieta entran los ejércitos ajenos.
Un escudo que, según dicen, nos protege, en realidad abre la puerta de par en par y nos deja a la intemperie.
Botas extranjeras pisando el mismo barro donde yo enterré las mías esta mañana.
Nos prometieron un escudo. Lo que trajeron fue una llave. Se la dieron a unos extranjeros para que entren a la casa nuestra como míster Peter camina por la suya. Los que juraron ser «firmes por la patria» se la regalan a los gringos.
Pusieron a Colombia entera en una mesa, como ficha de un ajedrez cuya estrategia se piensa desde Washington. Quedamos como una pieza más del juego que juega el Señor Trump.
Mientras tanto, allá, en otro pedazo del mundo, reconocemos fronteras que no son nuestras. Tierras que otro pueblo reclama como propias, como si la soberanía fuera un favor que se cobra en simpatías.
El mundo arde: hay incendios forestales en cuatro municipios de Santander y en treinta y seis municipios de Colombia. Los campesinos piden auxilio y hay denuncias de ataques con drones sobre sus comunidades. En los gobiernos nadie se hace responsable: ni alcaldes, ni gobernadores, mucho menos el presidente que usa su tiempo para maquillarse y salir a decir lo que otros le ordenan que debe declarar. En redes circulan fotos de alcaldes y alcaldesas posando junto al autodenominado “Tigre”.
Los feminicidios siguen en masa.
Hay sequía, los cultivos sufren.
El fenómeno del niño se acerca y empieza a hacer daños, tantos como la estupidez que puso presidente. El nombrado y no suficientemente votado presidente. El ilegítimo.
Al fondo, una señora pica cebolla y llora porque no ve a su hijo hace cinco años. Ni siquiera sabe que su país ahora también le pertenece, un poco menos, a otros.
El mundo está sensible. Las personas lo estamos.
En la cosmovisión andina, los terremotos son avisos divinos: la Pachamama sacudiéndose para señalar que algo, en la conducta humana, la ha desequilibrado.
Hace un llamado a restablecer la armonía perdida, antes de que sea demasiado tarde.
Lo aprendí en las montañas de la mamá Cotacachi.
Dos semanas después, esas montañas ardían en llamas.
Quizás la tierra tiembla porque ya no reconoce aquello que la pisa. Quizás Pachamama grita porque hay demasiado desequilibrio: gobiernos que la regalan a empresas para que le saquen el último de sus jugos, la gota final de todas sus sangres. Como si la gran Madre fuera una propiedad hecha para ser explotada a lo que dé.
Tal vez la tierra tiembla porque alguien mueve fronteras y un país lejano firma papeles en los que se dice que todo eso es legal, mientras sus muertos siguen enterrados bajo las ruinas. Es mi país.
Cae la lluvia en mi ventana.
Me quedo mirando mis botas llenas de barro.
Miro las semillas que crecen en los surcos. Son tercas. No piden permiso para crecer. Como estas ideas que llevo y me llevan, que me construyen mientras las voy creando. Aunque el suelo tiemble, aunque otros decidan quién entra y quién sale de esta tierra.
Semillas, ideas, acciones: yo las ayudo a sembrar y las cultivo con mis botas puestas. Pisando el barro mientras llueve y tiembla la tierra.
¿Usted se va a poner las botas, o va a seguir viendo, desde la ventana, cómo regalan el patio de su propia casa?


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