Crónica de una noche, 9:33 p. m.

Aura María Díaz
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Son las 9:33 de la noche. Tengo, como decía mi abuela, un jurgo de cosas por hacer. Ella pasaba las noches tejiendo quilineja para coser sombreros de pico mientras escuchaba radionovelas. A veces se quedaba dormida con la aguja entre los dedos y la esperanza de un país distinto entre las hebras.
Yo también tejo. No con fibras ni agujas, sino detrás de un teléfono. Cada noche escucho durante horas a mujeres del movimiento social. Llaman desde el Cauca, el Catatumbo, los barrios periféricos, los campos olvidados y, algunas veces, desde el exilio. En sus voces conviven el cansancio, las pérdidas y una voluntad obstinada de seguir.
Desde niñas aprendemos a cuidar, contener y resolver. Nos enseñan a sonreír incluso cuando estamos exhaustas, como si la alegría fuera una obligación y no un derecho. Mucho menos aprendemos a habitar la tristeza. Poco se habla del cuerpo que duele después de una jornada interminable de cuidados no remunerados, de trabajos en el campo, de una movilización, de una reunión donde nuestra palabra vuelve a ser interrumpida o de la carga emocional que implica sostener la vida de otros mientras postergamos la propia.
Vivimos en una cultura que convierte el rendimiento en medida de nuestro valor. Siempre hay que producir, responder, avanzar. En ese ritmo acelerado, el cansancio deja de ser una excepción para convertirse en una forma de existencia. Quienes acompañamos procesos sociales vemos con frecuencia cómo el desgaste se instala silenciosamente entre las personas que más cuidan a los demás.
Por eso sigo tejiendo.
Tejo los relatos que llegan en mensajes de voz a altas horas de la noche. Tejo las historias de quienes callan por miedo, de quienes han perdido compañeros de lucha, de quienes enfrentan la violencia cotidiana dentro y fuera de sus hogares. También tejo las culpas que muchas cargan cuando deciden no ser madres, o cuando intentan serlo sin renunciar a sus convicciones.
Con el tiempo entendí por qué tantas lideresas viven solas. No siempre es abandono. En ocasiones es una decisión consciente para proteger su autonomía; en otras, el costo de intentar sostener al mismo tiempo una familia y un compromiso político. He visto mujeres llegar tarde a las reuniones porque antes debían atender a sus hijos, retirarse temprano de una marcha porque en casa las esperaba otra jornada de trabajo o renunciar a espacios de dirección porque las organizaciones a de las que ellas hacen parte aún distribuyen de manera desigual las tareas del cuidado.
Quizá necesitamos aprender a nombrar la tristeza sin sentir vergüenza. Nos han convencido de que debemos estar permanentemente disponibles y optimistas, como si reconocer el agotamiento fuera un fracaso personal. Sin embargo, detenerse es, muy a menudo, un acto de resistencia.
Pienso que deberíamos permitirnos llorar juntas, acompañarnos sin la obligación inmediata de encontrar soluciones. Habitar el dolor compartido no nos debilita; nos devuelve la posibilidad de reconocernos humanas. Hay una forma de cuidado que no consiste en ofrecer respuestas, sino en permanecer al lado de quien atraviesa la noche.
Mientras tanto, el mundo sigue acumulando razones para la incertidumbre. La región vive transformaciones políticas profundas: hoy, en varios países, gobiernan hombres y mujeres que odian a las mujeres, tanto como a sus derechos y a los derechos que la humanidad ha conquistado; sabemos que estos pueden volverse frágiles. En ese contexto, las mujeres suelen experimentar primero los efectos del retroceso: la sobrecarga del cuidado, la precarización, la violencia y la reducción de los espacios de participación.
Precisamente por eso necesitamos fortalecer los vínculos que sostienen la acción colectiva. Ningún proceso social sobrevive cuando quienes lo hacen posible terminan consumidos por el agotamiento. La resistencia también exige descanso, escucha y comunidad.
Las tejedoras lo sabemos desde hace siglos. Ningún tejido se construye con un solo hilo. Cada puntada depende de otra, y hasta la tela más desgastada puede repararse cuando hay manos dispuestas a hacerlo con paciencia.
Seguimos sembrando dignidad en medio de las dificultades. Seguimos creyendo que el cambio no nace únicamente de los gobiernos, sino de los territorios, de las organizaciones comunitarias, de las mujeres que sostienen comedores populares, de quienes defienden el agua, acompañan a las víctimas, educan, cultivan y cuidan. El poder más duradero no es el que se delega; es el que se construye colectivamente.
Este escrito quiere llegar a las mujeres que sienten que ya no pueden más. A las que lloran cuando termina el día y creen que ese llanto es una derrota. También a quienes acompañan procesos sociales y han olvidado que ellas mismas necesitan ser acompañados.
Porque cuidar también es una tarea política.
Camilo Torres hablaba del amor eficaz: un amor que no se queda en las palabras, sino que se convierte en acción transformadora. Pienso que ese amor empieza mucho antes de las grandes gestas. Empieza cuando escuchamos sin juzgar, cuando sostenemos la tristeza de una compañera, cuando hacemos posible que otra descanse, cuando tejemos comunidad allí donde el miedo intenta aislarnos. Cuando nuestras manos sanadoras, ponen su agotamiento a descansar en las manos de otra sanadora
Tejer es escuchar. Escuchar es cuidar. Y cuidar, quizá, sea una de las formas más profundas de resistencia. Después de todo, en medio de todo, siempre estamos tejiendo. Estamos.


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