
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Hace unos días vi una campaña del Banco Caja Social que me recordó que estaba en mora de escribir sobre las estafas por medios digitales, que se propagan como epidemia.
Y hablando de epidemias y fechas pandémicas, desde 2020, de acuerdo con un análisis del sector (como el de LexisNexis Risk Solutions), el fraude digital en Colombia ha aumentado más del 400 %, impulsado por la adopción masiva de canales de pago digitales, según reportó Colombia Fintech en julio de este año.
A su vez hay que decir que los delitos informáticos registraron un incremento cercano al 36 % en periodos recientes de evaluación anuales, con una alta concentración en zonas urbanas. Solo Bogotá reportó más de 6.222 casos en el primer trimestre de 2026, tal como lo comentó José Eduardo Patiño Santafé, docente del programa de Ingeniería de Sistemas de la Universidad San Buenaventura en una entrevista para el diario Portafolio.
Entre tanto, según datos de Asobancaria revelados en agosto de este año, en el país se detectan en promedio 94 ciberataques por segundo, junto con unos 997 intentos de robo de datos y 63 casos de robo de identidad diarios.
Esto no es solo el susto. Las víctimas de fraude digital pierden en promedio unos 5,8 millones de pesos por evento, siendo los celulares el principal blanco de los delincuentes.
Finalmente, alrededor del 25 % de las personas que reporta pérdidas señala al vishing (llamadas o mensajes donde suplantan a entidades bancarias asegurando que hay cuentas bloqueadas) como la causa principal, según identifica el informe Tendencias de Fraude de TransUnion.
En este tipo de fraude mediante llamadas telefónicas suelen “alertar” sobre operaciones sospechosas, intentos de ingreso a una cuenta, bloqueos de tarjetas o incluso ofrecer supuestos premios y beneficios, empleando mensajes que buscan estresar al que las recibe para lograr que la persona comparta información confidencial o realice alguna acción sin verificar previamente.
Pero pasemos de las aterradoras pero frías estadísticas, a los pasos que habría que seguir para disminuir el riesgo de caer en este tipo de engaños. Aquí vale la pena atender algunas recomendaciones que pueden contribuir a los usuarios para identificar situaciones sospechosas y actuar de manera segura:
- Desconfiar de llamadas que generen presión o exijan actuar de inmediato, especialmente cuando informen sobre supuestos problemas con cuentas, compras, transferencias, bloqueos o intentos de ingreso no reconocidos. Estos tipos siempre tienen afán y según ellos, lo llaman a uno cuando solo hay unos segundos para reaccionar para que uno no pierda sus recursos…
- No compartir claves, contraseñas, códigos de seguridad ni información personal o financiera durante una llamada inesperada.
- No ingresar a enlaces enviados por SMS (mensajes de texto) o WhatsApp como resultado de una llamada sospechosa.
- Desconfiar de premios, beneficios u ofertas inesperadas que soliciten información o alguna acción para acceder a ellos.
- Evitar continuar una transacción si existen dudas sobre la legitimidad de la comunicación y reportar cualquier situación sospechosa a la entidad financiera. “Ante la duda, abstente”, decía mi padre.
- Finalizar la llamada y verificar directamente la información a través de los canales oficiales de la entidad bancaria antes de realizar cualquier transacción. Normalmente, el delincuente trata de impedir que esto ocurra y por eso quiere presionar para que tomemos decisiones en caliente y sin posibilidad de verificar.
Ahora bien, debo admitir que yo no sigo la última recomendación. Confieso que tengo una oscura diversión y es tomarles el pelo a los delincuentes que normalmente lo hacen desde instalaciones penitenciarias a las que de manera sospechosa siempre han ingresado de manera ilícita computadores, tablets y smartphones.
Suelo seguirles la conversación con voz de víctima preocupada y simular que sigo sus instrucciones. Cuando me envían enlaces por whatsapp, por ejemplo, y esperan que les dé un código de seis cifras, yo les digo que estoy haciendo todo lo que me indican paso a paso, cuando me preguntan el código les doy seis cifras que me acabo de inventar. El delincuente me señala frustrado que ese no es, que verifique; le digo que lo volveré a hacer y ante la nueva solicitud de código, repito proporcionarle uno de manera aleatoria. Desesperado, el truhan lo intenta una tercera vez y ante la nueva frustración decide colgar la llamada.
Mi lógica es sencilla: Si sé que no voy a dejarme llevar en la conversación a donde él quiere pero se lo hago creer, le haré perder tiempo y al menos unas personas menos no recibirán ese día la llamada. Muchos de estos funcionan llamando todo el día a grandes bases de datos esperando a que de los cientos de llamadas caiga al menos una decena al día para pagar la operación y sacar utilidades.
Ojo: con esto no estoy sugiriendo hacer lo mismo que yo. A todos les recomiendo lo que mencioné de finalizar la llamada y verificar directamente la información a través de los canales oficiales de la entidad bancaria, que es lo que proponen también todos los expertos.
En todo caso, lo importante es saber que los delitos se siguen expresando de las formas convencionales, pero ahora no son las únicas por cuanto el entorno digital se ha convertido en una arena en donde los criminales con diferentes grados de sofisticación y numerosas narrativas nos están acechando como usuarios.


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