
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Si un adolescente llega a este titular y no pasa de ahí es muy posible que piense: “Otro cucho más que critica y no sabe ni m%&/”#* de lo que es farmear aura”… Si eres un adolescente y estás leyendo esto, ojalá pases de los primeros 4 párrafos al menos. Si no, sigue derecho y continúa ‘farmeando’ como entiendes que debes hacerlo.
Hay expresiones que nacen como una broma de internet y terminan convirtiéndose, sin que nos demos cuenta, en un espejo de la época. “Farmear aura” es una de ellas.
El término viene del universo de los videojuegos. “Farmear” consiste, en esencia, en repetir determinadas acciones para acumular puntos, experiencia o recursos. Y el “aura”, en el lenguaje de las redes sociales, terminó convertido en una especie de medida imaginaria del carisma, la presencia, el estilo o la capacidad de parecer interesante. Así, alguien puede ganar “mil puntos de aura” por un gesto espectacular o perderlos por una torpeza. Lo que comenzó como un código digital ya salió de las pantallas: jóvenes, especialmente adolescentes, se reúnen en plazas y parques para competir mediante poses, movimientos, bailes y referencias a videojuegos, deportes, anime y memes. El público decide quién tiene más ‘aura’.
No pretendo convertirme en uno de esos adultos que miran cada nueva expresión juvenil con horror y nostalgia. Cada generación inventa sus lenguajes, sus rituales y hasta sus propias formas de hacer el ridículo. Eso también es parte de crecer.
Pero esta tendencia me deja una pregunta incómoda: ¿en qué momento decidimos que el carisma debía demostrarse haciendo gestos que imitan otros gestos?
Me preocupa que ‘farmear aura’ se haya convertido, en muchos casos, en una exhibición de apariencia sin contenido. Una competencia para parecer interesante en lugar de intentar serlo; para proyectar seguridad en lugar de construirla; para acumular aplausos en lugar de acumular aprendizajes, por ejemplo.
Porque, ¿por qué no ‘farmeamos aura’ aprendiendo algo nuevo? ¿Por qué no sumamos puntos al leer, investigar, crear, componer, resolver un problema o desarrollar un talento?
¿No debería tener más aura una persona capaz de conmoverse frente al dolor ajeno? ¿Alguien que se indigna ante una injusticia? ¿El que dedica tiempo a ayudar a otro sin necesidad de convertirlo en un video? ¿No es profundamente atractivo un ser humano que sabe escuchar, que tiene curiosidad, que reconoce su ignorancia y conserva la capacidad de aprender?
Tal vez allí está la verdadera paradoja. Nunca hemos tenido tantas herramientas para aprender y, sin embargo, una parte de nuestra cultura digital parece obsesionada con enseñarnos únicamente a parecer, a convertirnos en un pálido reflejo cosmético de lo que queremos ser.
Parecer felices, parecer exitosos, seguros… ¿El parecer parece, perdonen la redundancia, gobierna la existencia por encima del ser? Y el problema de vivir intentando parecer algo es que, tarde o temprano, uno puede olvidar la tarea mucho más difícil: serlo.
Los jóvenes no necesitan menos diversión ni menos juegos, necesitan, como todos nosotros, referentes más amplios. La creatividad puede expresarse bailando en una plaza, por supuesto, claro que sí. El humor y la espontaneidad también son profundamente humanos. Pero sería triste que una generación terminara creyendo que su valor depende de la reacción de una multitud frente a una pose.
Y ojo que tampoco se trata aquí de pretender que mi generación y las precedentes son superiores en inteligencia o en moralidad; no, se trata de justamente de reconocer que la gran inteligencia de los jóvenes de hoy, con más herramientas a su favor que las que pudimos tener los cucho de hoy, podría catapultar a cada joven.
Yo quisiera que empezáramos a ‘farmear’ otra clase de aura: la que nace del talento y no de la imitación; de la sensibilidad y no de la indiferencia; de la inteligencia y no solamente de la apariencia.
Porque lo verdaderamente extraordinario de los seres humanos nunca ha sido nuestra capacidad para posar. Ha sido, en cambio, nuestra capacidad para aprender, crear, amar, sufrir, conmovernos y transformar el mundo. Y eso, aunque no tenga un marcador visible en la imaginaria pantalla sobre nosotros, debería darnos todos los puntos de aura posibles.


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