
Gerardo González Uribe
Administrador de empresas, Especialista en finanzas y marketing de la Universidad de los Andes.
Estudios en Ontología con el Dr Humberto Maturana.
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El gobierno De la Espriella no representa una «anomalía irracional», sino el resultado de la instrumentalización de la frustración acumulada tras el desgaste de la experiencia progresista previa. A través de una pedagogía de la crueldad, la estética del «hombre fuerte» y una arquitectura mediático-algorítmica, se transformó el descontento popular en un alineamiento tecnofascista.
Imagínese a Don Jairo. Son las cinco de la mañana en Bogotá, el frío le cala los huesos y ya lleva media hora esperando un bus que no pasa. Don Jairo no tiene contrato laboral, ni primas, ni pensiones aseguradas; vive de lo que vende en el día o de las comisiones que logra arañar en la informalidad. Sin embargo, mientras revisa el celular con el dedo tullido, no le echa la culpa de su miseria a los grandes grupos económicos que no pagan impuestos ni a los fondos de pensión privados que se quedan con sus ahorros. No. Don Jairo insulta en redes al vendedor ambulante que se hizo al lado de su puesto, al migrante que pide monedas en el semáforo o al vecino que cobra un subsidio de subsistencia. Es el primero que vocifera ¡firmes por la patria! Y entornando los ojos al cielo grita ¡viva cristo Rey ¡.
¿Cómo terminamos así? ¿En qué momento el que se levanta a camellar catorce horas diarias terminó enamorado del modelo que lo explota y odiando al que sufre exactamente su misma suerte?
Este fenómeno, al que en la investigación social, Manual para fabricar fascistas pobres, califica como la paradoja del sujeto subalterno autoritario, no es una casualidad ni un rasgo de ignorancia individual. Es el resultado de una minuciosa ingeniería social, económica y mediática diseñada para que los desposeídos adopten la ideología de sus propios verdugos.
La ilusión del «propio jefe» y la meritocracia tramposa
Durante décadas, al colombiano del común se le inoculó el mito del “American Dream “a la criolla. Nos vendieron la idea de que el éxito depende única y exclusivamente de la disciplina individual, el impulso y el «ser echao pa’alante». Cuando el empleo formal desapareció y fue reemplazado por la economía de plataformas, el monotributo de subsistencia y el rebusque diario, el sistema no admitió su fracaso; simplemente redefinió la precarización bajo el eufemismo del «emprendimiento».
En este escenario, el individuo asume el riesgo de forma solitaria. Si a fin de mes no alcanza para el arriendo o la comida, la culpa no es de la falta de oportunidades estructurales ni de un salario mínimo raquítico, sino de su propia «falta de esfuerzo».
Aquí se activa el primer pilar de la trampa: la mercantilización total. Al privatizarse hasta el último rincón de la vida cotidiana, la salud, la educación y la seguridad dejan de ser derechos y pasan a ser mercancías que hay que comprar con el sudor de la frente. Por eso, cuando el Estado intenta implementar un programa de redistribución o una ayuda social, el trabajador precarizado no lo ve como una conquista colectiva, sino como una afrenta personal. Siente que le están quitando los impuestos a su trabajo heroico para regalarle la vida a un «inactivo» o a un «vago», como muy bien lo expresaba una famosa senadora típica del pensamiento fascista: “trabajen vagos.”
La trampa de la meritocracia precaria logra que el explotado defienda el privilegio del rico mientras castiga la miseria de su hermano.
El odio horizontal: Pelear por las migajas del banquete.
Cuando a una persona le cuesta trabajo identificar quién lo está oprimiendo arriba, tiende a descargar su frustración hacia los lados. Es lo que los sociólogos llaman resentimiento horizontal.
Pensemos en la escena típica de un barrio popular. La infraestructura se cae a pedazos, el puesto de salud no tiene citas disponibles y la seguridad es un caos. En lugar de exigir cuentas al político que privatizó los servicios o a la gran empresa que no paga sus impuestos, la disputa se traslada entre vecinos. El trabajador informal empieza a competir ferozmente con el beneficiario de un plan social, con el campesino desplazado o con el extranjero que llegó a buscarse la vida.
El conflicto vertical entre capital y trabajo desaparece de la mente del ciudadano. En su lugar, se instala una contienda encarnizada de «todos contra todos» en el fondo de la pirámide. El par más cercano se convierte en un rival desleal que supuestamente usufructúa recursos que deberían ser para «la gente de bien». Este desplazamiento de la rabia es la obra de arte del sistema: convierte la desesperación de los pobres en el mejor escudo protector de los poderosos.
La tentación del mazo: La transgresión punitiva
Ante la sensación permanente de desamparo, anomia y degradación de la vida barrial, surge una necesidad biológica de orden. Pero como el Estado social se retiró y las instituciones democráticas tradicionales no le resuelven la vida a nadie, la única cara del Estado que le resulta atractiva al precarizado es el garrote formal con las fuerzas militares y ante su ineficiencia se organizan fuerzas paramilitares de autodefensa.
Es la estética de la transgresión punitiva. Al ciudadano desgastado se le ofrece una única forma de soberanía: el derecho a desear la violencia contra el transgresor. Ya no importa si el problema de fondo es la desigualdad, la falta de empleo o la ausencia de oportunidades; la solución mágica que se vende es la cárcel, la militarización y la mano dura.
El autoritarismo deja de ser visto como una amenaza a las libertades y se transforma en una terapia moral. La lógica es aplastante: “si yo sufro todos los días para ganarme el pan de forma honesta, quiero que al que quebrante la norma lo aplasten sin piedad”.
La crueldad estatal se convierte en un espectáculo reconfortante que simula poner orden en un mundo que se percibe en absoluto caos.
El laboratorio del miedo: Asedio mediático 𝟐𝟒/𝟕
Nada de esto funcionaría sin la infraestructura mediática y la guerra psicológica permanente. En Colombia, los grandes conglomerados económicos y las plataformas digitales han moldeado el sentido común durante generaciones.
Apague la televisión un momento y mire el patrón. Noticieros dominados por una crónica roja ininterrumpida que transmite inseguridad y zozobra en bucle, combinados con paneles de «expertos» que repiten que cualquier intento de reforma social conducirá inevitablemente al colapso económico o al autoritarismo exterior.
Se ha adoctrinado a la población en una fe ciega hacia el modelo de libre mercado radical y en un pánico instintivo hacia lo colectivo y la búsqueda del bienestar comunitario. A través del algoritmo y las redes sociales, se bombardea al ciudadano con mensajes que explotan sus fobias más profundas. Al trabajador extenuado se le bombardea con la idea de que la culpa de su inflación y sus carencias la tienen las políticas públicas de protección, el gasto social y la «casta política» que supuestamente mantiene vagonetas.
La indignación se fragmenta y se dirige de manera milimétrica para proteger la estructura del privilegio.
La lección histórica y el desencanto con los proyectos populares
Un análisis histórico de este fenómeno demuestra que no es nuevo. En la Italia de los años veinte o en la Alemania de la República de Weimar, el fascismo no triunfó solo por el apoyo de las élites financieras; triunfó porque logró capturar el miedo al descenso social de los sectores medios arruinados, de los artesanos y de los excombatientes marginados.
Cuando el progresismo o la izquierda no logran resolver de fondo las demandas materiales de la gente, el vacío no lo llena una toma de conciencia revolucionaria; lo llena el populismo reaccionario que promete orden, jerarquía y venganza.
Los procesos populares en la región, desde las experiencias del Cono Sur hasta los intentos de transformación local, han mostrado una constante: cuando el proyecto redistributivo se queda en el discurso o se ve acorralado por el asedio económico sin alterar las estructuras profundas del poder, la frustración resultante de las mayorías es capitalizada de inmediato por el sistema protofascista.
El votante desilusionado prefiere refugiarse en la disciplina del verdugo que en la promesa incumplida del libertador.
Sembrar una alternativa: Cómo disputar el sentido común.
Frente a este panorama, la respuesta del progresismo humanista no puede seguir siendo el juzgamiento moral ni la superioridad académica. Decirle al elector que es «alienado» o «bruto» por votar contra sus propios intereses solo profundiza su resentimiento y lo empuja con más fuerza a los brazos del autoritarismo.
Para disputar las elecciones y construir una mayoría democrática real en las condiciones actuales, se requiere una transformación profunda en la estrategia:
1. Desmontar la condescendencia y validar la demanda de seguridad.
La seguridad no es una bandera de derecha; es la primera necesidad material de los sectores más vulnerables. Quien vive en el barrio popular sufre la extorsión, el atraco y la violencia diaria. El progresismo debe ofrecer una propuesta de orden democrático, firme contra el crimen organizado y protector de la vida cotidiana, sin avergonzarse de hablar de autoridad y convivencia.
2. Disputar el concepto de dignidad y trabajo
No basta con ofrecer subsidios que consoliden la imagen del «Estado benefactor que regala». Hay que dignificar el esfuerzo del trabajador independiente y del pequeño emprendedor. La narrativa debe centrarse en cómo el modelo económico actual les roba el fruto de su trabajo mediante tarifas abusivas, créditos usurarios y falta de garantías, contraponiendo la solidaridad de los que camellan frente al parasitismo del gran capital financiero.
3. Crear pedagogía desde lo territorial y lo cotidiano
El sentido común no se cambia con discursos teóricos en la televisión ni con trinos en redes sociales. Se transforma en el barrio, en la junta de acción comunal, en el sindicato, en la iglesia local y en los espacios comunitarios donde la gente resuelve sus problemas reales. Hay que reconstruir el tejido social para que el vecino deje de ser visto como un rival por la supervivencia y vuelva a ser reconocido como un compañero de destino.
4. Comunicación directa, empática y sin imposturas
Es necesario abandonar la jerga institucional y el lenguaje acartonado. La comunicación política popular debe hablar el idioma de la calle, apelar a los afectos de esperanza y protección, y desenmascarar con ejemplos sencillos cómo las políticas de mano dura y privatización le meten la mano al bolsillo a la gente del común.
El «facha pobre» no es un enemigo irrecuperable; es la víctima más trágica de un sistema diseñado para que el explotado venere su propia cadena.
Devolverle la certeza material, la seguridad real y la dignidad colectiva es la única vía para desactivar el odio y recuperar el rumbo hacia una sociedad verdaderamente justa y humana.


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