
Gerardo González Uribe
Administrador de empresas, Especialista en finanzas y marketing de la Universidad de los Andes.
Estudios en Ontología con el Dr Humberto Maturana.
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“Las categorías ideológicas seculares (basadas en derechos, distribución de la riqueza, papel del Estado e institucionalidad republicana) están siendo fagocitadas por una gramática teológico-política. Esta sustitución desplaza el debate normativo hacia una confrontación absoluta entre «El Bien y El Mal», transformando al adversario político en un enemigo moral”.
Cualquier domingo por la mañana en un barrio popular de Bogotá, Cali o Medellín se escucha el mismo murmullo de fondo. No es la radio transmitiendo el análisis político de la semana ni la discusión sobre la tasa de interés o la reforma agraria. Es el estruendo de unos parlantes en un local adaptado como templo, donde decenas de familias se juntan a cantar con los brazos en alto. A la salida, entre el olor al tinto recién colado y las empanadas de la esquina, la conversación no gira alrededor de los programas de gobierno. Lo que se escucha en la acera es algo muy distinto: «Hermano, hay que orar por el país porque las fuerzas de la oscuridad quieren apoderarse de la nación».
Durante décadas nos enseñaron a entender la política como una cancha dividida en dos lados claros. De un lado la izquierda, prometiendo igualdad, bienes públicos, derechos laborales y reparto de la tierra; del otro lado la derecha, defendiendo la propiedad privada, la libre empresa, el orden institucional y las jerarquías tradicionales. Pero basta con caminar por las calles de Colombia o mirar el espejo de Brasil para darse cuenta de que ese mapa cartesiano se quedó corto. Algo más profundo cambió en el ambiente social:
la política dejó de discutirse en términos de programas económicos y pasó a vivirse como una batalla espiritual entre el Bien y el Mal.
El miedo como herencia cotidiana
Para comprender cómo llegamos hasta aquí, hay que mirar las cicatrices con las cuales creció el ciudadano de a pie en Colombia. Durante más de medio siglo, el noticiero del mediodía fue un libreto repetido de masacres, atentados, secuestros y alertas rojas. La idea del «enemigo interno» no fue una simple teoría de gabinete; se convirtió en una emoción cotidiana grabada en el cuerpo. Crecer en Colombia significó aprender a desconfiar del vecino, a mirar de reojo al que venía por la misma acera y a buscar refugio en la noción de un orden firme que garantizara sobrevivir un día más.
El politólogo Fernando Amador Torres señalaba que, históricamente, el pensamiento de derecha ha buscado preservar las estructuras de privilegio apelando al orden e incluso a la legitimación providencial del gobernante, mientras que la izquierda intentaba democratizar las oportunidades y extender los derechos básicos a las mayorías. Sin embargo, cuando una sociedad vive sumida en la incertidumbre económica y en el trauma de la violencia, las explicaciones abstractas sobre la distribución de la riqueza o la justicia social pierden pegue. Hablar de ‘justicia social’ con palabras raras ya aburre a cualquiera. A la gente le da igual la teoría o los gráficos de la tele; lo que de verdad le importa es saber por qué el sueldo se le va en agua y sal, y cómo se va a arreglar el día a día. Menos discurso y más realidades.
Ahí es donde entra la narrativa del pánico. Si a una persona que lleva años sintiéndose acorralada por la inseguridad y la falta de empleo le dicen que sus problemas no son fruto de fallas en el modelo económico, sino de una amenaza moral implacable que viene a destruir su hogar, el chip mental cambia de inmediato. La discusión sobre el presupuesto público se vuelve secundaria; lo urgente pasa a ser defenderse del monstruo de turno.
Del templo a la urna: la lección brasileña y la paradoja del beneficiario
Lo que ocurre hoy en Colombia tiene un antecedente directo y contundente en el continente. Brasil ha sido el gran laboratorio donde la política tradicional se transformó radicalmente en un escenario teológico. Investigadores como Ronaldo de Almeida han documentado en detalle la emergencia de la llamada «onda conservadora» brasileña, donde la política dejó de ser un asunto de partidos para convertirse en una alianza entre la biblia, el negocio agropecuario y la mano dura penal.
En las periferias y favelas, como señalan sociólogos y líderes comunitarios, la iglesia neopentecostal no llegó a dictar conferencias sobre sociología; llegó a llenar los vacíos donde el Estado neoliberal se retiró o jamás apareció


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