
José Aristizábal García
Autor entre otros libros de Amor y política (2015) y Amor, poder, comunidad (2024)
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Camilo fue un hombre que por sus propias convicciones llegó a la conclusión de que era necesario hacer una revolución popular, se entregó en cuerpo y alma a esa causa y fue coherente con ella hasta su final en las condiciones concretas del momento político en el que le tocó vivir y luchar.
Corrían unos años de grandes cambios. Por todos lados cundía el clamor contra las injusticias y la antidemocracia. Se planteaba abiertamente derribar las estructuras económicas y políticas. Confiábamos en que había una revolución en el horizonte, pues existían ejemplos triunfantes por todo el mundo y América Latina era un hervidero de insurgencias. Una ruptura insuperable frente al orden existente se abría paso e impregnaba el ambiente. Camilo vivió y encarnó ese espíritu de la época.
Desde sus primeros trabajos como estudioso de la realidad del país y como pastor, fue sensible a las situaciones de injusticia, miseria y pobreza. Le dolía la tragedia de los campesinos que perdieron sus tierras y fueron forzados a desplazarse a los cinturones de miseria de las grandes ciudades a causa de La Violencia conservadora y liberal de los años cincuenta del siglo pasado.
Frente a eso, en un país que se proclamaba cristiano, las jerarquías de la iglesia católica pregonaban la caridad. Él entendió que esa caridad no contribuía a modificar esas situaciones, pues era una panacea ineficaz que promovía la resignación. Igual la beneficencia y el asistencialismo. Pronto vio que el amor al prójimo debía ser eficaz, para lo cual tenía que ayudar a cambiar esa realidad.
La invitación a un amor eficaz nos coloca de frente a la necesidad de una revolución. Sólo un vuelco total a las estructuras de dominación puede devolver la tierra al campesino, el gobierno a los trabajadores, defender la vida, hacer la paz con justicia social. Lo demás es ilusión, lo ha demostrado repetidamente la historia.
¿Cuál igualdad política o ante la ley, si unos pocos imponen su poder de dominación y a la mayoría se le expropian sus propios poderes, su autonomía, su deseo, su dignidad?
En sus conferencias, giras y entrevistas por todo el país, nos habla del amor al prójimo, a la humanidad, de que “la caridad significa vivir el sentimiento de la fraternidad humana”, que esa es la esencia del cristianismo y que ese amor lo llevaba “a abogar por dicha revolución”. Y va repitiendo: “nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos”.
Entonces, “la caridad ineficaz no es caridad por cuanto las obras en favor del prójimo son indispensables para que el amor sea verdadero”[i] y “el amor ineficaz no es sino hipocresía”. Mientras que, por lo contrario, el amor eficaz es un amor revolucionario que proclama la urgencia de una transformación radical de las condiciones en que vivimos para que haya vida, pan, educación, salud, vivienda digna, alegría y un poder compartido. Así, el amor termina enlazado con la paz, porque él es la materialización de la justicia social, sin la cual ella no es posible.
También encontramos en su trayectoria la construcción de otro poder. Sus convicciones y luchas lo llevaron a enfrentarse a todas las formas del poder de dominación. En sus discursos y escritos siempre está clara y presente la idea del poder de la clase popular como contrapuesto a ese otro poder: “lo que considero una revolución: el cambio de la estructura del poder de manos de la oligarquía a manos de la clase popular”[ii].
Otro aporte suyo es la práctica de la unidad en la diversidad. Siempre defendió “la unidad por la base”. Tanto la Plataforma para un movimiento de unidad popular, como el Frente Unido del Pueblo, fueron ampliamente pluralistas y propiciaron el encuentro entre cristianos y comunistas, mujeres, estudiantes, trabajadores, intelectuales y todas las vertientes sociales y políticas del país, sin perder cada uno su pertenencia. Aunque la vida de estas experiencias fue corta, su ejemplo es importante para superar los sectarismos y personalismos que aún perviven en la izquierda.
Y nos ofrendó, además, su compromiso social y político. Entendió la política como un servicio a los demás y se consideró a sí mismo “un servidor de la humanidad”. A su amor incondicional al pueblo se correspondió un compromiso incondicional, a sabiendas de que ello podía ocasionarle conflictos, persecuciones y sacrificio personal. Quienes lo conocieron, nos hablan de un hombre valiente y decidido que irradiaba alegría, transmitía confianza.
Fue un ser humano profunda y radicalmente amoroso: fue por amor que libró sus luchas y asumió su opción por los oprimidos. Por eso la gente lo quiere y es un tesoro en el imaginario de nuestro pueblo
Vivimos en un país que experimenta una apertura democrática en los últimos años, pero aún no supera las violencias que lo azotan. En tal país, la vida, la práctica y las ideas de Camilo Torres son fuentes de inspiración para el logro de una paz basada en la justicia social, que es el amor eficaz, y de una transformación radical de la sociedad.
Y vivimos en un mundo donde predominan las tendencias a la oscuridad y la destrucción, en medio de orgías de crueldad, de odio y sangre como en los horrores de Gaza y lo que ha salido a la luz del caso Epstein. En donde ya se ha experimentado que el socialismo estatista y autoritario conlleva a la dictadura del Estado y del partido único, mientras el neoliberalismo conduce a la dictadura del Mercado. Y en el que los viejos paradigmas de cómo hacer la revolución ya no funcionan, no producen los mismos resultados que antes y por tanto necesitamos unos nuevos paradigmas de transformación social.
En un mundo así, las propuestas y la experiencia de Camilo pueden abrir nuevos caminos para un socialismo amoroso, comunitario y autogestionario que resuelva las necesidades de la sociedad y al mismo tiempo garantice la libertad de las personas y de las comunidades, a través de las prácticas de la autogestión y la autonomía individual y colectiva. Caminos para una revolución del amor que es también una revolución cultural, de la conciencia y del espíritu humano.
[i] Camilo Torres Restrepo, 1986, Escritos escogidos, Cimarrón Editores, tomo I, página 317.
[ii] Ítem, tomo II, página 407.


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