
Edgar Yesid Achury
De Fusagasugá. Californiano por adopción. Apasionado por la geopolítica.
Ingeniero de alimentos, maestro quesero.
•
Dadas las circunstancias, Canadá pronto podría convertirse en un Estado asociado de la Unión Europea. Si lo miramos con un razonamiento lógico, sería un encuadre casi perfecto. No hay país en el mundo no europeo que parezca más europeo que Canadá. Su nivel cultural supera con amplia distancia al de los otros dos países de América del Norte y sus habitantes tienen una percepción del mundo que, en muchos aspectos, solo puede compararse con la de las sociedades más desarrolladas de Europa.
Canadá es, además, aquel país al que alguna vez entré por accidente. Buscando las cataratas del Niágara, el GPS decidió llevarme por el camino equivocado y terminé cruzando la frontera. Y desde ese primer contacto hubo algo parecido a un enamoramiento. Y fue mutuo. Después viví tan cerca que podía ver Canadá desde mi ventana, al otro lado del río Niágara. Algunas veces incluso atravesaba el puente trotando, no porque tuviera un destino particular al otro lado, sino simplemente por el placer de tener un contacto cotidiano con un país que sentía muy cercano.
Hago a un lado la anécdota y retomo la idea inicial. El asunto no es solamente cultural. Canadá comparte con Europa una tradición política basada en el parlamentarismo, el multiculturalismo, la protección de las minorías y una concepción del Estado menos individualista que la estadounidense. México, con su extraordinaria riqueza cultural y su propia identidad histórica, pertenece a otra tradición, mientras que Estados Unidos ha construido buena parte de su identidad alrededor del individualismo, la iniciativa privada y una visión mucho más particular de la libertad. Son sociedades vecinas, pero no son sociedades semejantes.
Por eso Canadá podría encontrar en Europa algo más que un nuevo mercado. La Unión Europea necesita recursos naturales, minerales críticos, energía, tecnología y socios confiables; Canadá posee buena parte de ellos y, además, cuenta con instituciones democráticas y económicas compatibles con las europeas. El acuerdo comercial entre ambos ya existe. Lo que podría cambiar es la profundidad de esa relación.
Lo paradójico es que la guerra comercial que Estados Unidos ha impuesto a Canadá puede producirle dificultades inmediatas, pero también obligarlo a hacer algo que durante décadas parecía innecesario: diversificar su economía y reducir su dependencia del mercado estadounidense. Sustituir una relación comercial tan profunda no será fácil ni rápido, pero las crisis suelen acelerar decisiones que en tiempos normales nadie considera urgentes.
Es posible que Estados Unidos esté consiguiendo exactamente lo contrario de lo que pretende. Al intentar hacer más costosa la relación con su vecino, está empujando a Canadá a mirar hacia Europa, hacia Asia y hacia el resto del mundo. Y quizá, con el tiempo, aquella dependencia que durante décadas parecía inevitable termine convirtiéndose en una relación mucho más equilibrada.
Ese contrasentido sería extraordinario: que una política concebida para acercar a Canadá a Estados Unidos termine ayudándolo a descubrir que también puede caminar, literalmente, hacia otro lado. Como aquel día que, inesperadamente, terminé en tierra canadiense por primera vez.


Deja una respuesta