
María Teresa Suárez González
Comunicadora Social-periodista. Doctora en Lenguaje y Cultura. Profesora en Uniminuto, en la Universidad Pedagógica Nacional y en la Universidad Externado de Colombia.
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Queridos y queridas, a quienes corresponda
Ante la recepción de mensajes de familiares y amigos de derecha, que me consideran un espécimen extraño, un poco traidora de la tradición política familiar, creo necesario construir estas líneas básicas.
Se me trata de “fascista de izquierda” (concepto que no existe realmente, porque sobraría decir que los fascismos son ideologías de derecha), de “salida de mis cabales”, “comunista”; me envían stikers burlones, recibo llamadas igualmente burlonas como si quien llamara estuviera midiendo mi nivel de tolerancia en relación con el tono de burla acerca del “triunfo” de la extrema derecha, esperando una reacción airada de mi. Reconozco que ante la burla ordinaria, de mal gusto no siempre resulta fácil no responder con una agresividad parecida con la que se me aborda.
Yo les agradezco sus mensajes y llamadas porque esto me da insumos para intentar entender qué los convoca a apoyar el neofascismo global que toca a nuestras puertas. Pero también me ayuda a ver el paisaje emocional por el que ustedes están también están pasando: miedo profundo, rabia, desprecio, venganza. Son como las llamaría Spinoza “pasiones tristes” que, como bien sabemos, nos han construido históricamente y, también, desde el infinito bombardeo de información que recibimos a diario y no nos damos cuenta. También desde los otros consumos culturales de la hegemonía informativa, la cual veo que ustedes consumen como ritual y la asumen como “verdad”. Es comprensible, yo también lo siento en alguna medida, pero desde un lugar de enunciación muy distinto al de ustedes.
Lo que más inquieta de estos mensajes no es que me los escriban, lo verdaderamente inquietante es pensar que las sensibilidades con las que son escritos dan cuenta de cómo estamos entendiendo el campo político, donde, por supuesto, hay desacuerdos y tensiones, afectos identitarios.
De eso se trata este, a veces incomprensible, campo de disputa constante. Pero lo más inquietante aun de estos tiempos, es que esas “retoricas del insulto”, como las llama Judith Butler, hacia “los otros” que me incluyen por estar en una orilla ideológica distinta, disfrazan la posibilidad de ver que lo que nos estamos jugando en estos tiempos, es la pregunta por cuál país queremos habitar, si es que podemos hablar de ello en estos tiempos de espectáculo en la política que invita a ver una realidad, más no a pensarla, pareciera que eso les encanta a ustedes: la camisa amarrilla, el insulto, la amenaza, la defensa de lo privado, el tigre, el acosador, el vulgar, el del pañuelo de seda, el de la barba de Bukele, el que trata a Colombia, a las mujeres y a todo aquel que no esté dentro de su marco estético con desprecio, el que se desplaza en aviones privados, aunque aun no haya sido privado de la libertad por sus comprobados negocios non sanctos. El personaje creado, vacío que, pareciera, es ya aspiracional, porque tiene “mucho billete”.
Sí hay algo que creo nos ha enseñado la vida, sobre todo en estos tiempos, es la necesidad de construir otras sensibilidades en relación con el mundo que habitamos y nos habita. Sensibilidades que pasan por abandonar la amplificación de expresiones hacia “los otros” como mantenidos, vagos, descarados abusivos, atrasados, ñeros u otras más extensas como “el Estado no produce riqueza”, “el que trabaja merece lo que tiene”, “Ellos no trabajan, no producen, no progresan”, “son pobres porque quieren”, entre muchas otras que me han llegado. O stikers donde un tigre corretea a Iván Cepeda, en “son” creo de burla, de ofensa y que son prueba del desconocimiento de las violencias estructurales del sistema. Narrativas que dan cuenta del ofensivo desconocimiento de lo que sucede en la geopolítica del mundo del cual hacemos parte.
Es entendible que en quienes se toman el trabajo de escribirme, haya una naturalización de las violencias, recordemos que la “Banalidad del mal” se construye desde ahí, desde los normales y es tan peligrosa que pasa imperceptible, lo mismo sucede con quienes asumen la camiseta amarilla como símbolo del país, al igual que Donald Trump con la cachucha roja, que no dice nada (MAGA, una marca registrada que tiene una historia profunda de acabar con la democracia y construir un estado corporativo), pero le ha servido para perseguir y asesinar a miles de inmigrantes, dentro de los que están familiares de muchos de ustedes, y que, además, ya desató una absurda guerra con el otrora imperio Persa, por mencionar solo algunos de sus accionares.
Les agradezco todos sus mensajes, de exaltación a lo vulgar, lo vaciado de contenido, lo ordinario: son innecesarios. Estos tiempos convulsos requieren otras alturas morales. Esas “retóricas del insulto” contienen unos profundos clasismos, racismos, homofobias y miedos profundos a lo diferente, cosa extraña porque precisamente lo que caracteriza a este país es su amplia diversidad en todos los ámbitos. Precisamente los fascismos tienen como característica más básica el odio a los diferentes y el irrespeto a todas las formas de vida, como bien nos lo ha advertido la historia del candidato de derecha al que ustedes aprueban y que, por cierto, hizo su plan de gobierno con un 97 por ciento de IA.
No los voy a convencer de que la crueldad no puede ser una opción, de que el insulto no puede ser la forma de relacionarnos en la política, de que repetir discursos vacíos de contenido hacía “los otros”, nos envilece; de que no es estéticamente bello acosar e insultar periodistas; ni mucho menos robar a narcotraficantes, lo cual es un exabrupto y mucho menos lo es matar gatos y gritarlo como si fuera la gran picardía de juventud.
Estos tiempos requieren además de todo, un poco de moderación con las formas y los tonos en lo cotidiano, pero más allá de eso, los convido a la construcción del respeto que ustedes tanto exigen y vociferan, porque todo lo contrario es violento.
Por mi parte, sigo cantando “que rime y que se pueda …”


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