

El miedo no solo viene de lo que pasa, sino de lo que podría pasar, cuando el Estado no logra dar señales claras de autoridad.

Lo razonable, es decir, lo reflexionado, lo pensado, lo complejo, lo denso, eso no sirve. ‘Las cosas claras’, le dicen al insulto.

Hemos confundido el protagonismo con la autenticidad, la grosería con la valentía, la prepotencia con la verdad.

Es posible promover una agenda juvenil en la que se resalte lo organizativo como un espacio seguro para desarrollar la formación política, la participación incidente y la defensa del territorio.

Esto no es urbanismo: es una disputa ética. Una elección entre muros o puentes.

Las cortes no están defendiendo la ley: están defendiendo el modelo que les dio poder, dinero y blindaje.

Seguro que usted, como yo, le tiene pereza a la política. Pero si no sabemos ni cómo funciona una junta de acción comunal… ahí está, tamos más perdidos que el hijo de Lindbergh.

Lo que está en emulación son dos proyectos de vida muy distintos: por un lado, el humanista que busca y construye justicia ambiental, equidad, desarrollo social y paz; por el otro, el proyecto neoliberal, privatizador de servicios públicos y recorte de derechos laborales.

La democracia en Colombia no ha muerto, pero sí anda con suero, una bata que apenas la cubre y un letrero en la espalda que dice “no molestar, en recuperación”. ¡Que viva la democracia… aunque sea en cuidados intensivos!