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El campesino pasó de ser sujeto de reforma a sujeto matable. Y cuando se cerró la puerta de la redistribución, se abrió la de la guerra.

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El mundo no arde: se congela lentamente en protocolos, muros legales y mapas de influencia.

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Cuando el miedo se convierte en política, nadie debería sentirse definitivamente a salvo.

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Cada insulto y cada mentira contra Petro le mejora la imagen y le da votos al candidato de sus preferencias.

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Si queremos una economía más justa, no basta con subir salarios: hay que ayudar a que más personas puedan acceder al empleo formal.

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La historia no avanza: se repite, con mejores cámaras, discursos más pulidos y muertos más anónimos.

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No es búsqueda de identidad ni de ocio: es consumo disfrazado de infancia pendiente.

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En política internacional no hay amigos: hay momentos. Y cuando el momento cambia, la inmunidad descubre que solo tenía visa temporal.

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Esto no es la solución definitiva de los problemas del país, pero sí una mejora real que desmonta la narrativa del empobrecimiento generalizado.