
Gustavo Melo Barrera
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Colombia tiene una extraña habilidad para convertir la historia en espejo… y luego discutir con el reflejo. Cada generación parece necesitar su propio duelo fundacional: civilización contra barbarie, centralismo contra federalismo, fanatismo contra sentido común. Hoy, la contienda estelar enfrenta a Gustavo Petro y a Álvaro Uribe, pero el libreto —dicen algunos— fue escrito hace dos siglos por Simón Bolívar y Antonio Nariño.
En la versión romántica del relato, Bolívar era el estratega brillante, el jinete incansable que cruzaba cordilleras. Un libertador que no solo imaginó repúblicas, sino que las empujó a existir a punta de espada y discurso inflamado. Lo querían vivo, lo respetaban, le debían la patria. Tenía detractores, por supuesto, pero su figura imponía una mezcla de gratitud y temor reverencial.
Nariño, en cambio, era el político de salón ilustrado, el traductor de derechos, el hombre de imprenta y tertulia. Brillante, sí; ambicioso, también. El conspirador sofisticado que sabía tejer alianzas con la misma habilidad con que deshacía reputaciones. Un talento organizativo que, según sus críticos de la época, más orientado a disputarle el protagonismo al Libertador que a fortalecer la causa común.
Y aquí es donde la imaginación política contemporánea hace su magia.
Para una parte fervorosa del país, Petro encarna hoy la figura del estratega que desafía al establecimiento como Bolívar desafió imperios. El presidente que, espada simbólica en mano, se enfrenta a lo que denomina “las mafias del poder” y sale —según sus seguidores— invicto de cada emboscada legislativa, judicial o mediática. El guerrero civil que libra batallas en plazas públicas, convencido de que la historia lo absolverá… o al menos citará sus discursos.
No solo lo quieren vivo: lo quieren gobernando, reformando, resistiendo. Lo respetan por lo que consideran avances sociales, por su retórica de justicia histórica y por su insistencia en incomodar a quienes, a su juicio, se acostumbraron a mandar sin contradicción.
Del otro lado, Uribe aparece como el Nariño moderno: hábil, disciplinado, maestro en el arte de reunir fuerzas políticas y lealtades férreas. Un líder que sabe organizar oposición con precisión quirúrgica, que solo necesita cabalgar en el Ubérrimo porque domina algo más eficiente: la estructura partidista, la bancada alineada, el mensaje repetido hasta volverse dogma.
Es el gran articulador de complots contra el “nuevo libertador”, el político que, lejos de retirarse y desalojar la arena política , sigue influyendo en cada esquina del tablero. Y en la sátira más mordaz, dicen que muchos lo quieren vivo… pero en una cárcel , rindiendo cuentas ante la justicia por lo que consideran daños históricos al país.
Así, la épica se transforma en meme. Bolívar cabalgaba; Petro Marcha al frente. Nariño imprimía panfletos; Uribe organiza comunicados. Cambian los caballos por discursos, pero la pasión sigue intacta.
Bolívar no fue solo un héroe incontestado ni Nariño un villano de opereta. Ambos tuvieron luces y sombras, aciertos estratégicos y errores humanos. Convertirlos en moldes perfectos para nuestros líderes actuales es tentador, pero también peligroso: nos permite dejar de analizar políticas concretas y refugiarnos en la comodidad del mito.
Porque cuando la política se narra como saga libertadora, cualquier crítica se interpreta como traición y cualquier investigación como conspiración. Y cuando se la narra como lucha contra un complot perpetuo, cada reforma parece una amenaza existencial.
La ironía es que, dos siglos después, seguimos atrapados en la necesidad de un Libertador y un antagonista claro. Nos fascina la idea de que uno sea el estratega invencible y el otro el conspirador profesional. Nos tranquiliza dividir el país en patriotas agradecidos y adversarios resentidos.
Pero las repúblicas no se sostienen solo con épica. Se sostienen con instituciones fuertes, debates rigurosos y ciudadanos menos enamorados de las metáforas bélicas. Tal vez el verdadero parecido histórico no esté entre nombres propios, sino en nuestra costumbre de dramatizarlo todo.
Bolívar y Nariño discutieron el rumbo de una nación naciente. Petro y Uribe encarnan hoy visiones opuestas de país. La diferencia es que ahora la batalla no se libra en campos de guerra ni en imprentas clandestinas, sino en el Congreso, en los tribunales, en los medios y en la opinión pública.
Quizás, más que buscar reencarnaciones, deberíamos preguntarnos si estamos dispuestos a superar el libreto del siglo XIX. Porque mientras seguimos repartiendo coronas de laurel y uniformes de villano, la historia —esa sí implacable— toma nota sin sarcasmo.
Y la historia, a diferencia de nosotros, no vota por analogías: vota por resultados.
Oficios y obsesiones
Hay quienes reducen el duelo a una cuestión de oficios. Uribe es abogado, y quizás eso lo convierte en el maestro del argumento implacable: alguien entrenado para defender posiciones hasta el último recurso, para dudar de cada prueba y para convertir el tecnicismo en trinchera. Su talento no está en absolver inocentes sino en cuestionarlo todo hasta que la verdad quede exhausta.
Petro, economista de origen modesto, cultiva la imagen contraria: la del administrador de recursos escasos que busca redistribuir, ajustar y exprimir el presupuesto en favor de quienes menos tienen, convencido de que la aritmética también puede ser justicia social. Uno muestra el puño de la guerra mientras el otro muestra la espada de la victoria con el pueblo y para el pueblo.


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