
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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Hablar hoy de capitalismo es, quizá, hablar de una fase que ya no nos contiene del todo. No es que haya desaparecido —los mercados siguen ahí, las bolsas fluctúan, las empresas compiten— es porque su lógica se ha desplazado hacia otra textura: la del dato, la interfaz, el algoritmo. No hemos salido del capitalismo; lo hemos mutado. Y esa mutación merece un nombre: digitalismo.
I. Del capital tangible al capital intangible
El capitalismo industrial, descrito por Karl Marx en el siglo diecinueve, organizaba el mundo en torno a la fábrica, la máquina y la acumulación de capital material. Luego vino el capitalismo financiero, donde el valor se volvió cada vez más abstracto: derivados, especulación, deuda.
Pero el digitalismo da un paso más: convierte en capital no solo el trabajo o el dinero, sino la atención, el deseo, el gesto mínimo del usuario. Las grandes plataformas —Google, Meta, Amazon, Apple— no producen principalmente objetos, sino ecosistemas de mediación. No venden cosas: administran flujos.
El capital ya no se limita a poseer medios de producción; posee infraestructuras de percepción.
II. El dato como nueva mercancía
En el capitalismo estándar, la mercancía era algo visible: tela, acero, trigo. En el digitalismo, la mercancía es invisible: patrones de comportamiento, perfiles de consumo, hábitos de navegación.
Cada clic es una microinversión involuntaria. Cada desplazamiento en pantalla es una declaración estadística. No trabajamos para la plataforma como obreros fabriles; trabajamos como generadores de datos. La jornada laboral se diluye en la vida cotidiana.
Si el obrero industrial vendía su fuerza de trabajo, el sujeto digital cede —a veces sin advertirlo— su biografía fragmentada en datos.
III. De la plusvalía a la plusatención
En la economía digital, el valor no surge únicamente del tiempo de trabajo, sino del tiempo de permanencia. El recurso objetivo no es el oro ni el petróleo: es la atención humana.
Aquí podría evocarse a Herbert Marcuse y su idea de una sociedad unidimensional, pero el digitalismo va más allá: no reprime el deseo; lo administra. Lo cuantifica. Lo anticipa. Lo sugiere.
El algoritmo no prohíbe: recomienda. Y al recomendar, modela.
IV. Del mercado al entorno
El capitalismo operaba en el mercado. El digitalismo opera en el entorno. Ya no entramos al mercado: habitamos la plataforma. Las redes sociales no son solo empresas; son hábitats simbólicos. Pensemos en TikTok o X: no son simples espacios de intercambio, sino arquitecturas de visibilidad. Determinan qué aparece y qué se oculta. Instituyen una nueva forma de realidad pública.
No es casual que el poder contemporáneo se juegue tanto en estos espacios. La política misma ha migrado hacia la lógica de la viralidad. El discurso ya no compite por verdad, sino por circulación.
V. El yo como interfaz
El digitalismo no solo transforma la economía: transforma la subjetividad. El individuo aprende a verse como perfil. Se optimiza. Se mide. Se edita. El yo deviene interfaz. La identidad se vuelve gestionable: imagen, narrativa, rendimiento. Aquí la frontera entre productor y consumidor se disuelve. Somos prosumidores –y presumidores- pero también somos productos. Nuestro valor se calcula en métricas: seguidores, interacción, retención. El espejo ya no es de vidrio: es de píxeles.
VI. ¿Ruptura o continuidad?
¿Es el digitalismo una ruptura radical con el capitalismo o su culminación lógica?
Podría argumentarse que es su fase más coherente: el capital siempre buscó expandirse hacia nuevas esferas. Primero la tierra, luego la industria, luego las finanzas. Ahora el mundo de la vida: comunicación, afectos, memoria, deseo.
Pero también hay algo cualitativamente distinto: la velocidad, la escala, la automatización del cálculo. El capital ya no necesita únicamente empresarios; necesita ingenieros de datos. El poder se vuelve técnico. La figura del magnate industrial cede ante la del arquitecto de plataformas.
VII. Hacia una economía de la percepción
El digitalismo inaugura una economía donde lo central no es producir objetos, sino organizar percepciones. La competencia no se da solo por precios, sino por algoritmos más eficaces en captar y retener.
En este contexto, la inteligencia artificial amplifica la lógica digitalista: predice comportamientos, genera contenidos, optimiza decisiones. La automatización ya no se limita a tareas físicas; alcanza la creación simbólica.
La pregunta entonces no es solo económica, sino ontológica: ¿qué ocurre cuando el entorno que organiza nuestra percepción es diseñado por sistemas que aprenden de nosotros para anticiparnos?
VIII. Más allá del diagnóstico
Nombrar el digitalismo no implica condenarlo ni celebrarlo. Implica intentar comprenderlo. Toda forma económica es también una forma de sensibilidad. El feudalismo tenía su imaginario; el capitalismo industrial tuvo el suyo: progreso, máquina, producción en masa. El digitalismo produce otro: conectividad, instantaneidad, optimización. Tal vez la tarea crítica no consista en nostalgia por la fábrica perdida ni en fascinación por la nube, sino en preguntarnos: ¿Cómo preservar espacios de decisión no algorítmica? ¿Cómo evitar que la vida quede completamente traducida en datos? ¿Cómo imaginar acuerdos sociales donde la tecnología no absorba la voluntad humana, sino la amplíe?
El digitalismo no es el fin del capitalismo, pero sí su metamorfosis más íntima: aquella en la que el capital deja de limitarse a la producción de cosas y comienza a administrar la textura misma de la experiencia. Y esa administración —sutil, omnipresente, cotidiana— es, quizá, el centro del escenario económico de nuestro tiempo.
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