
Hernán Darío Correa
Sociólogo. Editor. Ensayista
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“La historia se repite, una vez como tragedia y la siguiente como comedia», dijo Hegel. En nuestro caso, estamos pasando del régimen de la simulación y la mentira de comienzos del siglo XXI, al de la farsa y la impostura de estos días; ambos con los mismos designios de violencia, destrucción y acumulación por despojo. Pero ahora sólo se trata de la pequeña historia trenzada entre una vieja derecha en descomposición, y otra, de tercera generación, que pretende reinventarse y sólo atina a delirantes gesticulaciones de cartón y a precarios sainetes de reinvención del país, de la religión y de la política, que no se los creen ni ellos mismos…
Qué difícil les está resultando pasar de sentirse tigres electorales, a subirse al tigre real de construcción de una hegemonía y una gobernabilidad soñadas. «Refundar el país», fue la consigna que dejó tirada el innombrable de hace 24 años, y hoy, a los gestores originales de ese anhelo después de dos décadas de cárcel en los Estados Unidos y de incubar un afán de venganza respecto de su progenitor político, sólo les queda una promoción altisonante de una casa en el aire y una posesión impostada, colgadas ilusoriamente de un proyecto inexistente que remeda el libreto del macabro payaso imperial de una nueva guerra mundial, en juego inmaduro y perverso en las narices de quienes votaron por ellos anhelando una estabilidad y una normalidad inexistente en el capitalismo salvaje de estos tiempos.
El comediante y sus consuetas, que han salido a la palestra de sus oscuros rincones de los últimos años, han venido anunciando la cooptación de figuras personales y de caducos políticos sacados de las filas de algunos gremios y sin organicidad social alguna, salvo el grupo económico barranquillero; y con ello están poniendo en evidencia el fondo de su gesta: un proyecto de grupo que quiere volverse élite social y política, dando tumbos a ver dónde aterrizan y cómo se articulan más allá de la capital del Atlántico, buscando a las viejas élites de partidos desaparecidos en el Valle o Antioquia, o a timadores promeseros del más allá, mientras los gremios callan estupefactos preguntándose cómo reeditar sus lógicas rentistas en un mar de incertidumbres económicas y geopolíticas mundiales. Y los grupos de economías ilícitas y violencia pagan por salir a la palestra con macabros protagonismos que revuelvan más el río de una prefabricada y anhelada crisis que le dé alguna razón aparente al delirante empeño de aquella soñada cúpula de refundadores de una patria que si tuvo hace años alguna verosimilitud, hoy resulta imposible dentro de un capitalismo en proceso de transformaciones profundas.
Por ello en realidad, la repetición resulta ser una tragicomedia: la de «los que fracasan al triunfar», dentro de la tradición de los dramas shakespereanos de Macbeth y de Ricardo III: en sus vendettas, ya ni caballos tienen para cambiarlos por un remedo de reino.
Y entre el proscenio y la platea, el país real, el de quienes no votaron, el de los que votamos por el cambio, y el de quienes votaron desde sus propios miedos contra el fantasma de un comunismo inexistente, estamos convocados de hecho por la farsa, y de derecho por la convocatoria a la desobediencia civil que ha hecho el candidato del cambio burlado con un fraude evidente pero imposible de probar según las lógicas judiciales al uso, a romper el falso telón y develar las parodias de gobernabilidad y legitimidad del esbozo de obra; así como a reconocernos y asumirnos en una nueva y recompuesta alianza por la vida, el buen vivir y la paz, para no seguir el libreto cruzado de la tragedia del pasado con la presente farsa, y evitar la pueril pero sangrienta representación anunciada.


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