
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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Habitar un tonel y llamarlo casa.
Dormir en la plaza pública y llamar a eso libertad.
Responder a Alejandro Magno que se aparte porque le estaba tapando el sol.
Antes de que la palabra therian comenzara a circular por foros digitales o comunidades identitarias contemporáneas, hubo un hombre que decidió —con radicalidad filosófica— vivir como perro. Ese hombre fue Diógenes de Sinope.
El perro como programa filosófico
La tradición lo recuerda como el fundador (o al menos el emblema) del cinismo antiguo. Kynikós significa precisamente perruno. No fue un insulto casual: fue una elección.
Diógenes no imitaba al perro como metáfora literaria; lo asumía como ética. Comía cuando tenía hambre. Dormía donde lo sorprendía el cansancio. Se apareaba —decían sus detractores— sin vergüenza. Orinaba en público.
El perro no finge. No administra reputaciones. No simula jerarquías. No idolatra monedas ni templos. Vive en el presente y responde a la necesidad inmediata.
Diógenes vio en el perro una crítica viviente a la hipocresía social de Atenas. Donde los ciudadanos hablaban de virtud, él mostraba costillas. Donde discutían sobre la esencia del bien, él pedía pan.
El perro no teoriza: ejecuta.
¿Therian o asceta radical?
El therian moderno suele entender su identidad como una conexión profunda —psicológica, espiritual o simbólica— con una especie animal. En Diógenes no encontramos confesiones místicas. Encontramos algo más brutal: coherencia. No decía Me siento perro. Actuaba como tal.
Si hoy alguien reclamara esa conducta, lo diagnosticarían. En el siglo IV a.C., lo llamaron loco, obsceno, subversivo. Pero su locura era estratégica. Al reducir su vida a lo mínimo indispensable, desnudó el artificio de la cultura.
Vivía en un tonel —aunque algunos historiadores matizan que era más bien una gran tinaja— y portaba una lámpara encendida en pleno día buscando un hombre. La escena es célebre: no buscaba humanidad biológica, sino autenticidad.
En términos contemporáneos, podríamos decir que Diógenes performaba su animalidad como crítica cultural.
Contra la hipóstasis social
El lenguaje hipostasia, convierte en sustancia lo que es convención: el año, la semana, Dios, la patria. Diógenes fue un destructor de hipóstasis. Desustancializó la dignidad aristocrática. Desarmó la honra pública. Despojó al poder de su aura. Si todo es convención, ¿por qué obedecer convenciones que esclavizan?
El perro no reconoce títulos. No distingue entre rey y mendigo. Solo distingue el gesto, el alimento, la amenaza.
Ahí radica su revolución: una ontología mínima.
El encuentro con el sol
Cuando Alejandro Magno le ofreció concederle cualquier deseo, Diógenes pidió algo elemental: Apártate, me tapas el sol.
La escena condensa una filosofía entera.
El poder promete exceso; el perro exige espacio.
El imperio ofrece riqueza; el cínico pide luz.
No es desprecio romántico por la civilización. Es una reducción radical: todo lo que no sea imprescindible estorba.
Animalidad como crítica
El perro de Diógenes no es el animal domesticado que mueve la cola al amo. Es el perro callejero: libre, insolente, marginal.
En él se cruzan tres líneas: Ascetismo material: vivir con lo mínimo. Escándalo pedagógico: enseñar mediante la provocación. Desenmascaramiento social: evidenciar la artificialidad del orden.
El perro no participa en el teatro social. Y Diógenes decidió no actuar más en esa obra.
¿El primer therian filosófico? ¿Fue Diógenes el primer therian?
Históricamente, no podemos afirmarlo en términos identitarios contemporáneos. Pero filosóficamente, sí podemos verlo como el primero en asumir la animalidad como forma deliberada de existencia crítica.
No regresó a la naturaleza como nostalgia.
Se instaló en ella como argumento.
Su gesto sigue interrogándonos: ¿cuánto de nuestra humanidad es máscara? ¿Cuánto de nuestra identidad es una hipóstasis colectiva?
Tal vez el perro no sea una regresión, sino una pregunta.
Mientras el mundo levanta sistemas, produce discursos y administra prestigios, el perro duerme al sol.
Diógenes eligió el sol.
Y al hacerlo, convirtió la animalidad en una forma extrema de lucidez.
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