
Mario Espinosa Cobaleda
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“Conjuro extraño de un amor hecho cadencia
que abrió caminos sin más ley que la esperanza,
mezcla de rabia, de dolor, de fe, de ausencia
llorando en la inocencia de un ritmo juguetón”
El choclo – Enrique Santos Discépolo
Los tangos sí que saben de suburbios y arrabales, de fracasos y quimeras, de pobreza, de hambre y de injusticias. Ellos cuentan historias de desarraigo y se embriagan de soledades y reclamos existenciales. La letra de muchos tangos emblemáticos encierra una “filosofía” que bien podría caracterizarse por un proceder de reivindicaciones éticas y un trasfondo político.
En ese caleidoscopio de poetas de la “aristocracia arrabalera” emergieron grandes letristas que volcaron su creatividad en tocar las fibras más atormentadas de la condición humana. El gran Carlitos Gardel y Enrique Santos Discépolo, tan solo para citar dos luminarias de “La Cruz del Sur”, dejaron espléndidas páginas del cancionero porteño, en donde se desgajan las tormentas de la desazón y la incertidumbre del destino. Tangos del porte de Yira Yira, Cambalache, Uno, Tormenta, Qué vachaché, Infamia, Cafetín de Buenos Aires, Volver, Jornalero y El Choclo, reflejan esa angustia que cuestiona y que interroga.
Esa es la seducción que el tango ejerció en escritores del talante de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Mario Benedetti y otros tantos, y la devoción que por él han ejercido figuras como el papa Francisco, Joan Manuel Serrat y Pepe Mujica. Es evidente que en la gran mayoría de ellos discurre un pensamiento de ideas progresistas que de alguna manera han influido en el pensamiento y la formación de generaciones de jóvenes opositores a las dictaduras militares y a los gobiernos seudo-democráticos de América.
Durante décadas en Colombia el tango fue la voz y el territorio de aquellos que no tenían ni voz ni tierra, por eso se arraigó en las regiones de colonización, de los migrantes y los habitantes de los suburbios de las ciudades andinas; era algo así como un espejo que reflejaba la imagen distorsionada de la rayuela de porteños del suburbio, pero ahora, envueltos en ruana y poncho, que en vez de cuchillos llevaban machete al cinto.
El tango que sigue siendo pasado-presente, es una evocación de la calle, del barrio, de esa sinuosa forma de entenderse en los laberintos y, también, de manera simultánea está asociado a intelectualidad, a las inquietudes del pensamiento, a los libros y a la tertulia. Cautiva inquietudes y sentimientos colectivos libertarios, por eso, en nuestro entorno de artistas, librepensadores y simpatizantes de la izquierda ha sido acogido por líderes y políticos del talante de Bernardo Jaramillo, Mario Calderón, Jaime Caicedo, Santiago García, Hernando Hurtado, Carlos Gaviria, de quien, como cuenta Jaime Jaramillo Panesso: “Con Carlos compartimos mucho el gusto por el tango, él fue un tanguero consumado, un bohemio, un hombre muy culto al que le gustaba mucho la música, disfrutaba profundamente de Carlos Gardel”.
Y así, entre tango y tango, noches de humo y de bohemia, se gestaron diálogos en bares en donde académicos, universitarios, líderes y gestores sociales, discutían de política y se gestaban acciones reivindicativas. La tanguedia se convirtió en un refugio y un pretexto para el encuentro. En Bogotá existieron sitios emblemáticos como “El Viejo Almacén” de Marielita y Javier, en donde en un ambiente de camaradería la noche se convertía en cómplice de entramados y amables clandestinidades. Hoy una generación de jóvenes e intelectuales progresistas, izquierdistas y tangueros empedernidos, formados en las dos últimas décadas del siglo XX principalmente, continúan en la tarea de construir un mejor país, avanzando en alcanzar la utopía con la que soñábamos aquellos días en que escuchábamos “Sur, paredón y después… Sur, una luz de almacén… Ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera y esperándote” … pues, si se logra dar continuidad al gobierno del Pacto Histórico, “ya no será el mapa del tiempo perdido”.
Esta evocación del tango de Manzi, de Goyeneche, de Adriana Varela, de Pugliese y de Piazzolla, es también un reconocimiento a quienes dieron su vida por el sueño de un país con dignidad, porque como decía la poeta chilena Stella Díaz Varín: “No quiero/que mis muertos descansen en paz. /Tienen la obligación/de estar presentes”.


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