
Leonardy Bolívar
No soy escritor, soy desempleado
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Hay historias que uno no debería contar. No porque no sean ciertas, sino porque al decirlas en voz alta… algo parece escuchar.
La presente historia ocurrió en una vereda de clima amable, de esos lugares donde el día no incomoda y la noche parece tranquila, con amaneceres tibios envueltos en una bruma suave y atardeceres secos de viento cálido. Yo había llegado como quien se cuela sin invitación, entre una reunión de hombres que hablaban con seguridad de lo que creían entender del mundo. Pero fue al día siguiente, durante una caminata sin rumbo, cuando la historia realmente empezó.
Laura —mi hermosa vecina— escuchaba con atención mientras le contaba lo del cabrito muerto, que había escuchado la noche anterior. De pronto se detuvo. Sus ojos se abrieron más de lo normal.
—¿No sería Dolly quien mató el chivo?
No respondí de inmediato. Porque en ese instante, sin saber por qué, la pregunta no sonó absurda.
Dolly es una perra, posiblemente Labrador Retriever, por su color, tamaño y ese instinto cazador que a veces no se le puede esconder. Es de Laura, quien tiene esa sensibilidad por los animales abandonados: ha recogido perros, gatos… criaturas que nadie más quiso. No le han costado dinero en compra, pero sí en cuidados, tiempo y parte de su vida.
—No lo sé —le respondí finalmente, aunque la duda ya se había quedado conmigo.
Don Cristóbal, vecino del lote donde está la tomatera y donde dormía el cabrito, fue quien escuchó primero el alboroto. Ocurrió en mitad de la noche, justo cuando el ayer se rompe y comienza el hoy. Salió a espantar a los perros.
Pero lo que vio no fue una jauría común.
Era una masa en movimiento. Una sombra viva. Un torbellino que se agitaba alrededor del animal.
—Era como si danzaran —le dijo luego a Manuel—. No corrían… se movían como si obedecieran algo.
Los ladridos no eran desordenados. Tenían ritmo. Tenían intención.
Y luego… silencio.
De un momento a otro, todo se disipó. Cuando Don Cristóbal se acercó, el cabrito estaba ahí. Entero. Con una sola mordida en el cuello. Sin sangre. Ni en el cuerpo, ni en el suelo.
—Como si se la hubieran llevado —dijo—. Pero sin romper nada.
El cabrito era un animal hermoso, de unos cinco meses, que Manuel criaba con esmero. Nadie supo nunca de dónde lo sacó. Un día apareció dándole tetero, como si lo hubiera esperado desde siempre.
—Lo compré para criarlo y hacer un piquete en unos seis meses —dijo alguna vez, con más necesidad de justificar que de explicar.
Pero en el campo uno aprende que hay animales que no llegan por casualidad.
Todo ocurrió el 28 de febrero de 2026. Ese mismo día, mientras la luz se apagaba tras la puesta del sol, seis planetas se alinearon en el cielo: Mercurio, Venus, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. No es algo común. No vuelve a repetirse hasta dentro de muchos años. Los astrónomos hablaron de coincidencia; otros, de sincronía.
Se dice que cuando eso pasa, algo se ordena… o se desordena. Que el mundo se abre. Que lo que normalmente está separado… se toca.
Algunos lo sienten como claridad. Otros, como inquietud.
Y hay especies —pocas— que lo reconocen como un llamado.
Una jauría no improvisa. Tiene jerarquía, estructura, propósito. No atacan todos al tiempo sin razón. Alguien como Dolly decide. Y los demás obedecen.
Pero lo que Don Cristóbal vio no parecía obedecer a un perro. Parecía responder a algo más antiguo.
Dolly no siempre fue Dolly.
Fue abandono. Fue costal. Fue hambre. Fue encierro. Fue olvido.
Laura la encontró en un estado que apenas podía llamarse vida.
—Estaba viva… pero como si no estuviera —me dijo.
Desde entonces, la perra cambió. O quizás recuperó algo, hasta mensajera se volvió.
—Ya me ha tocado pagar gallinas —me confesó Laura—. Siempre dicen que fue ella.
No lo niega. Pero tampoco lo entiende.
—¿Y la sangre? —le pregunté.
No respondió.
Porque esa es la pregunta que nadie ha podido contestar.
Si hubiera sido una jauría, habrían destrozado al animal. Pero no. Fue una sola mordida. Precisa. Silenciosa. Suficiente.
Manuel no dudó. Esa misma madrugada desolló el cabrito, lo adobó y ese mismo día hizo el piquete que había prometido. Repartió la carne entre los vecinos, como si nada hubiera pasado, como si la forma de la muerte no importara.
Pedro recibió su ración. Nancy también.
Y fue Nancy quien dijo lo que todos pensaban, pero nadie se atrevía a afirmar:
—Eso no fue un perro.
Hizo una pausa.
—Eso fue el chupacabras.
Y luego añadió algo que nadie volvió a repetir en voz alta:
—La jauría no lo mató… lo estaba espantando.
Laura no comió cabrito. Esos días estaba en Tunja. Pero su perra… estaba ahí.
Dolly sigue en la casa.
A veces duerme tranquila. Otras, pasea por el vecindario. A veces mira hacia la nada, como si escuchara algo que los demás no.
Y hay noches —pocas— en las que los perros de la vereda no ladran.
Solo… esperan.
Desde entonces, cuando alguien menciona esa noche, lo hace en voz baja. No por miedo, sino por respeto.
Porque en el campo hay cosas que uno aprende rápido: que no todo lo que mata es visible…y que no todo lo que obedece… lo hace por instinto.


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