
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Sé que con esta columna me van a saltar algunas ligas de padres de familia. Para ciertos sectores, plantear que los niños aprendan desde la primaria a consumir críticamente los contenidos que reciben a través de sus dispositivos puede sonar casi a una herejía. Su receta es más sencilla: desconectarlos, levantar cercos tecnológicos y aplazar el acceso a internet y las redes sociales hasta que sean adolescentes suficientemente maduros. Otros preferirían esperar hasta la mayoría de edad para no poner en riesgo esa supuesta inocencia infantil.
¿De verdad creemos que basta con prohibir para evitar que nuestros hijos se conecten a escondidas, encuentren la manera de saltarse los controles o accedan a contenidos que no esperábamos que vieran?
Inocentes, quizá, somos los adultos que depositamos una fe ciega en la eficacia de las prohibiciones. Los niños de hoy crecen rodeados de pantallas, asistentes de inteligencia artificial, videojuegos conectados, plataformas audiovisuales y redes sociales (provistas muchas veces por los propios padres para que les reemplacen en sus tareas de cuidado). Pretender que el mundo digital desaparecerá de sus vidas por decreto familiar es desconocer la realidad en la que están creciendo.
Aclaremos algo desde el comienzo: no estoy proponiendo que los niños tengan acceso irrestricto a cualquier dispositivo, a todas las plataformas o a contenidos para los que no están preparados. Los límites por edad, la protección de la privacidad, el acompañamiento adulto y el tiempo dedicado a otras actividades son indispensables. Hay espacios digitales que no son apropiados para ellos y riesgos que debemos prevenir.
Mi planteamiento es otro: si vamos a poner límites, también debemos educar para que, cuando esos límites se flexibilicen y los niños tengan mayor autonomía, cuenten con herramientas para protegerse, interpretar y decidir. Porque una cosa es impedir temporalmente una conducta y otra muy distinta es formar el criterio para que una persona sepa actuar cuando nadie la esté vigilando.
Desde hace décadas he insistido en que las escuelas deberían enseñar a consumir críticamente los medios de comunicación desde los primeros años de educación básica. Cuando comencé a plantear esta idea, pensaba fundamentalmente en la televisión. Había que enseñarles a los niños que los programas, las noticias y la publicidad no eran simples ventanas transparentes a la realidad; que detrás de cada producción había decisiones editoriales, intereses comerciales, formas de representar el mundo y, en ocasiones, intenciones de persuadirlos.
El desafío se ha multiplicado. Ya no basta con aprender a leer la televisión. Necesitamos aprender a leer internet, interpretar las redes sociales, evaluar los resultados que nos entrega un buscador y entender que una respuesta generada por inteligencia artificial puede sonar convincente sin ser necesariamente verdadera.
La alfabetización tradicional nos enseña a reconocer letras, comprender palabras y construir significados. La alfabetización mediática e informacional debe dar un paso más: ayudarnos a identificar quién comunica, con qué propósito, a partir de cuáles evidencias, desde qué perspectiva y con qué posibles intereses. También debe enseñarnos a reconocer cuándo una imagen ha sido manipulada, cuándo un video puede haber sido creado artificialmente y cuándo una publicación pretende despertar nuestras emociones para que reaccionemos antes de pensar.
Porque leer no es necesariamente comprender, y comprender no significa estar en capacidad de discernir.
Pasamos de tener dificultades para acceder a la información a estar rodeados de información y, paradójicamente, cada vez más expuestos a la desinformación. Vivimos una especie de entropía comunicacional: una sobreabundancia de mensajes en la que distinguir los hechos de las falsedades, las evidencias de las especulaciones y la información del ruido se convierte en una tarea cada vez más exigente.
La información falsa no solo confunde. Puede destruir reputaciones, alimentar prejuicios, deteriorar relaciones familiares, provocar pánico, exacerbar conflictos y alterar las decisiones de una comunidad. Basta observar la velocidad con la que circulan por WhatsApp y las redes sociales supuestas noticias, audios anónimos, imágenes fuera de contexto y cadenas que apelan al miedo o a la indignación. Muchas veces, quienes las comparten no tienen la intención deliberada de engañar. Simplemente no se han detenido a comprobar si lo que recibieron es cierto.
Y ahí está uno de nuestros mayores problemas: confundimos la facilidad para compartir con la responsabilidad de informar.
¿Por qué nos cuesta tanto verificar? Porque la desinformación suele ofrecernos algo que deseamos creer. Una noticia que confirma nuestros prejuicios, compromete a alguien que nos desagrada o revela una supuesta conspiración puede resultar deliciosamente tentadora. Nos produce una satisfacción inmediata, nos hace sentir que sabemos algo que otros ignoran y nos concede la oportunidad de advertir a nuestros contactos.
Pero verificar puede arruinar esa pequeña fiesta emocional. Quizá descubramos que la noticia era falsa, que la fotografía correspondía a otro país o que la declaración atribuida a una persona nunca existió. Entonces tendremos que renunciar al placer de compartirla y, en algunos casos, admitir que nos equivocamos.
Por eso, la alfabetización mediática también es una educación emocional. Nos obliga a reconocer nuestros sesgos, a desconfiar de nuestras certezas cuando no están respaldadas por evidencias y a aceptar que una información no se vuelve verdadera porque coincida con nuestras convicciones.
En este punto, los adultos tampoco podemos creernos graduados. ¿Cuántas veces compartimos una cadena porque nos la envió un familiar de confianza? ¿Cuántas damos por cierto un mensaje porque lo publicó un medio que nos gusta o porque coincide con nuestra posición política? ¿Cuántas veces desafiamos las fuentes que confirman nuestras ideas con el mismo rigor con el que cuestionamos las que las contradicen?
La exigencia debe empezar por nosotros. No podemos pedirles a los niños que sean críticos si los adultos compartimos sin verificar. No podemos enseñarles a reconocer la manipulación si nos dejamos conducir por los titulares que más nos indignan. Y no podemos exigirles que distingan los hechos de las opiniones si nosotros mismos confundimos nuestras interpretaciones con verdades indiscutibles.
La escuela tiene aquí una responsabilidad que no debería seguir aplazando. Propongo una cátedra de alfabetización mediática e informacional desde la primaria, adaptada a cada edad y articulada con las demás asignaturas. No necesariamente una materia aislada que sume otra carga al currículo, sino un aprendizaje transversal, con ejercicios concretos y situaciones de la vida cotidiana.
Los niños podrían comparar cómo dos medios cuentan un mismo acontecimiento, identificar los intereses de un anuncio publicitario, rastrear el origen de una fotografía, comprobar una afirmación viral o descubrir qué información personal están entregando al aceptar las condiciones de una aplicación. Más adelante, podrían analizar cómo las plataformas seleccionan los contenidos que les muestran, por qué los algoritmos pueden reforzar sus preferencias y cómo una herramienta de inteligencia artificial puede inventar referencias, reproducir sesgos o presentar una respuesta incompleta con una seguridad pasmosa.
La meta no sería convertir a cada estudiante en periodista, programador o investigador. Sería algo más elemental y, al mismo tiempo, más ambicioso: formar ciudadanos que no entreguen su criterio a la primera publicación que aparezca en una pantalla.
En el caso de la inteligencia artificial, el reto es particularmente urgente. No podemos limitarnos a enseñarles a formular preguntas eficaces para obtener respuestas rápidas. También debemos enseñarles a contrastar esas respuestas, verificar las fuentes citadas, reconocer las limitaciones de la herramienta y distinguir entre usarla como apoyo para aprender y delegarle por completo el ejercicio de pensar.
La IA puede ampliar las posibilidades de acceso al conocimiento, ayudar a comprender conceptos difíciles y estimular la creatividad. Pero, sin criterio, también puede convertirse en una máquina de producir respuestas que aceptamos sin examinarlas. El estudiante del futuro, que ya es el de hoy, necesitará saber tanto preguntar como dudar, tanto explorar como verificar.
La Semana Mundial de la Alfabetización Mediática e Informacional, que se conmemora del 24 al 31 de octubre, es una oportunidad para poner esta discusión sobre la mesa. No debería quedarse en una campaña de publicaciones institucionales o en una efeméride que se agota cuando cambia el calendario. Debe servir para que escuelas, universidades, familias, medios de comunicación, plataformas digitales y autoridades educativas se pregunten qué estamos haciendo para preparar a las nuevas generaciones frente a un entorno informativo cada vez más complejo.
La tarea es compartida. Las familias deben acompañar y establecer límites razonables; las instituciones educativas deben incorporar estas competencias; los medios tienen que fortalecer sus estándares de rigor y transparencia; y las plataformas deben asumir responsabilidades frente a los diseños y sistemas que favorecen la propagación de contenidos engañosos. No podemos trasladar toda la carga al usuario, mucho menos cuando se trata de un niño, pero tampoco podemos formar ciudadanos críticos si renunciamos a enseñarles a ejercer su propio juicio.
Algunos seguirán defendiendo la desconexión como solución casi universal. Yo prefiero que nos hagamos una pregunta diferente: ¿qué pasará el día en que nuestros hijos tengan acceso a un dispositivo sin que estemos a su lado? ¿Qué harán cuando reciban un mensaje alarmante, una invitación de un desconocido, una oferta demasiado buena para ser cierta o un video diseñado para engañarlos? ¿Sabrán reconocer las señales de alerta? ¿Se atreverán a cuestionar algo que todos sus amigos dan por cierto?… ¿Tendrán la confianza suficiente para pedirnos ayuda si solo han recibido de nosotros la amenaza del castigo?
La protección no puede consistir exclusivamente en levantar muros. También debe incluir la construcción de criterio, autonomía y responsabilidad. Hay que enseñar a desconectarse cuando sea necesario, por supuesto, pero también a conectarse con propósito, a buscar conocimiento, a disfrutar de contenidos culturales y de entretenimiento de calidad, a informarse sin tragarse entero todo lo que circula y a participar en las conversaciones digitales sin renunciar al respeto por los demás.
No se trata de defender las pantallas por las pantallas mismas. Se trata de preparar a los niños para el mundo que existe, no para el que quisiéramos que existiera.
Y esa preparación comienza mucho antes de la adolescencia. Comienza cuando un niño pregunta por qué un anuncio promete algo, cuando descubre que una fotografía puede contar una historia incompleta o cuando aprende que reenviar un mensaje también implica una responsabilidad. Comienza, sobre todo, cuando un adulto tiene la paciencia de explicarle que no todo lo que ve es cierto y que incluso aquello que desea creer merece ser comprobado.
Educar para la lectura funcional es indispensable; educar para la lectura crítica es urgente.
En una sociedad en la que cualquiera puede producir y distribuir millones de mensajes, el pensamiento crítico no es un lujo académico ni una competencia reservada para expertos. Es una herramienta de supervivencia ciudadana.
Por eso insisto: no basta con desconectar a los niños para proteger su inocencia. Tenemos que enseñarles a pensar para que nadie pueda aprovecharse de ella. Y, de paso, haríamos bien en aprender esa misma lección los adultos, que tantas veces nos comportamos como si la experiencia nos hubiera inmunizado contra la mentira.
La próxima vez que recibamos una noticia que nos indigne, nos emocione o nos parezca demasiado buena para ser cierta, hagamos una pausa. Busquemos la fuente original. Contrastemos. Preguntemos. Y si no podemos verificarla, no la compartamos.
A veces, el acto más responsable en una sociedad saturada de mensajes no es publicar algo más. Es negarse a propagar una mentira.
Finalmente, en una sociedad que nos dice que solo preferimos imágenes y textos cortos, leer parece que se ha vuelto tedioso. Por ello, como dudo que muchos hayan llegado hasta esta línea, quiero hacer un pequeño experimento: Hazme saber, del modo que quieras, que llegaste hasta aquí. 😉


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