
Aura María Díaz Cáceres
Campesina, politóloga, socióloga e investigadora social
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Hace dos semanas fui a la plaza de mercado de Oiba a comprar frutas. Entre los colores, los puestos y las voces de los campesinos, reconocí a una mujer que había visto un año atrás, durante una de las jornadas más violentas que he vivido como campesina e investigadora social.
Era la esposa de uno de los hombres que salieron, armados, a amenazarnos y a evitar que se hiciera una movilización campesina. A su lado estaba él, un ganadero conocido de la región. ¿Cómo olvidar su voz de macho mandamás, la guabina golpeando el suelo y las amenazas de aquella tarde?
Sentí miedo. No voy a negarlo. Me aparté y fui a desayunar un tamal a otro sitio. A la entrada estaba otro de los finqueros que conducían las camionetas en las que llegaron hombres a apedrearnos y golpearnos.
Doce meses después, los y las agresoras siguen circulando por las calles de nuestros pueblos. Nosotros seguimos cargando con la memoria de lo ocurrido. La justicia sigue sin dar respuestas.
Venga le cuento cómo y por qué nos agredieron hoy hace exactamente un año.
El 13 de octubre de 2025, en el sector de La Estación, a la entrada de Confines, Santander, cerca de doscientos campesinos nos reunimos en una asamblea permanente para exigir el cumplimiento de acuerdos que hace rato hicimos con el gobierno.
Llegamos desde distintos municipios para reclamar la tierra que el gobierno se había comprometido a entregarnos para trabajarla; queríamos y todavía queremos garantías para desarrollar nuestra economía campesina y no depender de la comida que traen de otros países y para cuidar el agua y los derechos humanos.
La idea era reunirnos en asamblea campesina aquí en la región e ir a Bogotá con el pliego de exigencias y hacernos parte de movilizaciones nacionales que ocurrían por esos días en otros lugares del país. Es que ya sabemos que es menos difícil lograr lo que necesitamos y queremos cuando se juntan manifestaciones en varios departamentos y ciudades. Así obtiene el pobrerío sus victorias.
En la concentración de Confines había campesinos de más o menos diez municipios de Santander. Sin distinción de región o zonas, todos querían algo en común: exigir sus derechos plasmados en la Constitución colombiana y que nos cumplan lo acordado. Eso no es mucho pedir.
No estábamos allí para invadir tierras ni para despojar a nadie. Pero nos llamaron guerrilleros, invasores y ladrones de tierras.
Hacia las 5:56 de la tarde llegaron finqueros, empresarios y otras personas que, después supimos, habían sido convocadas por dirigentes políticos y líderes locales con quienes se comunicaban desde sus celulares. Portaban palos, piedras, garrotes, guabinas y lazos. Nos rodearon y comenzaron las agresiones.
Recuerdo a don Luis, un campesino del Magdalena Medio santandereano que ha bregado muchos años para que le reconozcan la propiedad sobre su tierra. En medio de la tensión, me dijo:
—Mijita, tantos años luchando y ya me huele que nos van a sacar de aquí. Son unos indolentes.
Tenía razón. Nos sacaron a golpes.
Un señor me empujó y me gritó que yo era todo menos campesina. Le miré las manos llenas de callos y su cara endurecida por el trabajo en el campo. Le apreté la mano fuerte y me dijo «Tiene la mano pesada». Sí señor, le dije, me crié ordeñando vacas en la finca de mis papás desde que tenía seis años. Como no tenemos mucha tierra, nos tocaba caminar unas horas a predios donde a mis papás les arrendaban potreros para las hebras de pastos de las vacas e ir a sacar la gota de leche antes de ir a la escuela. Allá me crié yo, señor, y soy del campo tanto como usted. Me mostró la guabina a ver si me asustaba.
Se nos vinieron encima. Nos golpearon y recibimos insultos, amenazas y expresiones que incitaban a la violencia sexual contra las mujeres. La policía nacional prestó cordón de seguridad a los violentos para que nos acorralaran y apedrearan
Algunos agresores portaban armas cortopunzantes y de fuego. Briggite, una mujer campesina, se desmayó en medio de la agresión. Yo escuchaba los gritos de las mujeres, las niñas y los niños mientras pensaba en don Luis. Temí que todos nuestros esfuerzos terminaran aquella noche en una carretera, entre golpes y humillaciones.
Éramos cerca de doscientos campesinos desarmados. No teníamos ni una aguja para causarle daño a alguien. Quienes llegaron para expulsarnos eran aproximadamente ciento cincuenta que, como ya les dije, venían listos para agredirnos. Nos obligaron a caminar veinticinco kilómetros hacia el Socorro. Recorrí unos veinte; el resto lo dediqué a atender heridos y escuchar a las mujeres que intentaban sobreponerse a lo sucedido.
Ahora, también les digo otra de las cosas: Lo sucedido en Confines no es un simple enfrentamiento entre vecinos. Detrás de la violencia que cometieron contra nosotras y nosotros, se esconde una disputa por la tierra, el agua y la permanencia del campesinado productor de alimentos en el territorio.
Ya en 2013 se había realizado un paro campesino en el sector conocido como El Macanillo, ahí cerquita de Confines. Desde entonces, muchos campesinos enfrentan dificultades para sostener sus economías y quedarse en sus parcelas.
Hoy, Confines ni siquiera tiene acueducto comunitario porque concesionaron el agua a una empresa extranjera. Las familias que vivían de lo que siembran, cuidan y cosechan están siendo desplazadas y este territorio está cada vez más lleno de empresarios, gente con dinero de dudosa procedencia y retirados de las Fuerzas Armadas.
Para acabar de ajustar, el nuevo gobierno redujo el presupuesto del Ministerio de agricultura en un 32%, acabó las zonas de producción para alimentos conocidas como APPAS, quiere dejar sin efecto los acuerdos y decretos que reconocían las territorialidades campesinas, como los territorios campesinos agroalimentarios TECAM. Quieren acabar hasta con las zonas de reserva campesina que están en la Ley 160 de 1994.
Por eso, hoy hace un año, no nos dejaron reunirnos ni protestar. Por eso mismo, no avanzan las investigaciones acerca de la violencia que sufrimos. Es que, como les dije, esa agresión la cometieron para defender los intereses de quienes se quieren quedar con estas tierras.
Hace un año nos expulsaron de La Estación. Pero no consiguieron borrar lo que vimos ni silenciar lo que tenemos que contar.


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