
Isabel Borrero Ramírez
Psicóloga Clínica | Especialista en Psicología Social |
Especialista en Comunicación No Verbal y Lenguaje Corporal
•
𝐂𝐥𝐚́𝐮𝐬𝐮𝐥𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐞𝐜𝐭𝐮𝐫𝐚 (𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐢𝐧𝐭𝐞́𝐫𝐩𝐫𝐞𝐭𝐞𝐬 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐬𝐮𝐫𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐲 𝐥𝐢𝐭𝐢𝐠𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐯𝐨𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥𝐞𝐬):
El presente texto constituye un ejercicio de análisis crítico y psicológico sobre fenómenos de carácter público y estructural, amparado por el derecho fundamental a la libertad de expresión y opinión.
No configura imputación penal individual ni pretende sustituir a la autoridad judicial competente, a quien corresponde, y solo a ella, la determinación de responsabilidades jurídicas concretas.
Cualquier intento de leer estas líneas como una acusación personal no revela un exceso de información en el texto, sino un déficit de comprensión en el lector.
Este escrito trabaja en el terreno de los patrones, los discursos y las dinámicas de poder; no en la fabricación de culpables, sino en la interpretación de síntomas.
Ahora bien, si el contenido produce escozor, irritación o una súbita urgencia de refutar sin haber comprendido, conviene recordar que las plataformas digitales ofrecen mecanismos terapéuticos de uso inmediato, “dejar de seguir” y “bloquear”.
Su correcta aplicación no solo protege la estabilidad emocional del usuario, sino que evita la fatigosa tarea de confrontar ideas que desbordan su umbral de tolerancia cognitiva.
Porque, al final, no todo texto está diseñado para ser cómodo; algunos están diseñados, precisamente, para revelar por qué no lo es.
Hay algo profundamente clínico, casi patológico, en la psique de las instituciones que se erigen como faros de la moralidad pública.
Observar a un gigante mediático procesar un escándalo de acoso sexual en sus propias entrañas es asistir a un ejercicio de narcisismo corporativo llevado al paroxismo: un autoexamen donde el cirujano, por un repentino e inexplicable temblor en la mano, decide que el bisturí es demasiado afilado para su propia dermis.
Mientras el paciente es “el otro”, el quirófano brilla con una luz halógena implacable; se exponen tejidos, se señalan tumores con nombre y apellido y se narra la patología en horario estelar.
Pero cuando el síntoma (el manoseo, el hostigamiento, la agresión) aparece en casa, la iluminación se vuelve sospechosamente cálida y el diagnóstico se redacta en un latín tan técnico que nadie logra entender quién es el victimario.
𝐋𝐚 𝐝𝐢𝐬𝐨𝐧𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐬𝐮𝐩𝐞𝐫𝐯𝐢𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚
Desde la psicopatología de las organizaciones, este fenómeno es un mecanismo de defensa colectivo.
La disonancia cognitiva institucional surge cuando la identidad del medio, ese Self o “sí mismo” corporativo, esa imagen idealizada de pulcritud y justicia que la empresa proyecta al mundo, choca frontalmente con la realidad de tener al depredador compartiendo el café en el set.
Para proteger ese Self y evitar que la marca se desintegre ante el público, la institución recurre a una negación sofisticada.
La verdad sobre el acoso no se censura: se titula de otra manera.
El lenguaje, antes punzante para denunciar la violencia de género ajena, se transforma en un dialecto clínico.
Ya no hay nombres que retumben; hay “colaboradores apartados”.
No hay relatos de acoso; hay “presuntos hechos”.
Es el triunfo del eufemismo sobre la evidencia del cuerpo agredido, una edición de montaje donde los cortes abruptos impiden ver el rostro de quien abusó de su posición de poder.
El medio no miente: simplemente administra qué versión de su propia podredumbre puede soportar su narcisismo.
𝐄𝐥 𝐓𝐞𝐨𝐫𝐞𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐈𝐧𝐝𝐢𝐠𝐧𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐒𝐞𝐥𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚: 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐞𝐥 𝐄𝐬𝐜𝐚𝐫𝐧𝐢𝐨 𝐲 𝐞𝐥 𝐄𝐮𝐟𝐞𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨
Hay una coreografía fascinante que el periodismo hegemónico despliega con un celo evangélico, siempre que el pecador no comparta su código postal.
Cuando el acoso ocurre en las toldas del “otro”, especialmente si ese “otro” habita en la acera de la izquierda o en los pasillos de un gobierno que no se arrodilla ante el editorial de turno, la maquinaria mediática transmuta en un tribunal de la Inquisición.
Se invoca el ritual del Me Too, se disecciona la psique del agresor en horario prime y se rastrean sus antecedentes hasta el jardín de infantes para encontrar cualquier rastro de desviación moral.
Sin embargo, cuando el tumor del acoso supuró en los pasillos de Caracol, el quirófano sufrió un apagón deliberado.
Es sintomático que, mientras en casos externos las víctimas son entrevistadas con cámaras de alta definición y música incidental para subrayar su dolor, las víctimas de este escándalo interno permanecen en una penumbra estadística.
No aparecen con nombre propio en la pantalla que les da de comer.
No hay testimonios desgarradores frente al presentador estrella.
En lugar de eso, el medio opta por el anonimato administrativo.
Esta invisibilidad no es protección para la víctima, es protección para la estructura: si la víctima no tiene rostro, el delito no tiene peso.
𝐄𝐥 𝐫𝐢𝐠𝐨𝐫 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐢𝐧𝐯𝐞𝐬𝐭𝐢𝐠𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧: 𝐄𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐞𝐥 𝐠𝐚𝐥𝐚𝐧𝐭𝐞𝐨 𝐲 𝐥𝐚 𝐞𝐦𝐛𝐨𝐬𝐜𝐚𝐝𝐚
Desde la psicología clínica, la investigación debe ser visceralmente honesta.
No podemos ignorar que, en la dinámica del poder mediático, existe una zona gris donde el intercambio de “capital erótico” entra en juego.
Es innegable que, en ocasiones, el galanteo es utilizado como herramienta de ascenso, una transacción tácita en un mundo donde nada es gratis.
Sin embargo, el riesgo psicológico radica en que ese coqueteo permitido puede írsele de las manos a ambos actores.
El acosador, bajo su sesgo narcisista, interpreta la cortesía como un cheque en blanco.
Investigar no es desmeritar a la mujer; es determinar quirúrgicamente dónde terminó el “sí” del galanteo y dónde empezó el “no” del acoso.
La asimetría de poder hace que, a menudo, la mujer permita ciertos acercamientos por supervivencia estratégica; pero que no haya confusión diagnóstica: la complacencia táctica bajo asimetría de poder no es libertad, es una forma de coerción silenciosa.
Confundir la gestión del miedo con el consentimiento es un error de diagnóstico que el sistema usa deliberadamente para revictimizar.
𝐏𝐬𝐢𝐜𝐨𝐥𝐨𝐠𝐢́𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐫 𝐲 𝐞𝐥 𝐬𝐞𝐬𝐠𝐨 𝐡𝐞𝐠𝐞𝐦𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐨
Estos medios hegemónicos operan bajo una psicología del poder diseñada para manejar a la masa.
Existe una alianza con los sectores tradicionales de derecha, donde la narrativa se vuelve protectora.
En contraste, cuando se trata del actual gobierno del presidente Petro, el lente se ensucia: cualquier error se magnifica, mientras que los delitos graves internos se minimizan.
Esta manipulación obliga a la ciudadanía a buscar la verdad en medios digitales independientes o al propio Presidente a informar desde su cuenta de X ante la tergiversación sistemática.
Es la psicología de las masas al servicio del statu quo: nos quieren hacer pensar lo que ellos piensan.
𝐃𝐢𝐚𝐠𝐧𝐨́𝐬𝐭𝐢𝐜𝐨 𝐅𝐢𝐧𝐚𝐥: 𝐋𝐚 𝐬𝐨𝐦𝐛𝐫𝐚 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐯𝐢𝐬𝐨𝐫
El periodismo debería ser el cirujano que no teme a la sangre propia.
Jugar con el anonimato selectivo ante el acoso sexual es una forma de psicosis institucional, una ruptura con la realidad para preservar un delirio de grandeza moral.
El mismo medio que exige transparencia absoluta al gobierno de Petro aplica una opacidad de búnker cuando sus propios “talentos” son señalados de manoseo.
𝐂𝐢𝐞𝐫𝐫𝐞 𝐜𝐥𝐢́𝐧𝐢𝐜𝐨: La técnica del desenfoque no protege la presunción de inocencia; protege el decorado y a sus aliados en el poder tradicional.
El diagnóstico es irreversible: el medio no teme a la verdad del acoso, teme que el público confirme que el monstruo del titular siempre tuvo llaves de la casa, un asiento en el consejo de redacción y la bendición de quienes manejan los hilos de este país.
👉 También te puede interesar:


Deja una respuesta