Otra interpretación del conocido «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius»

Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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TEOTIHUACÁN Y LA LUNA
Sabía que la tierra es el reino de la locura y que la única libertad concedida a los hombres es la de su infinita imaginación.
—Jorge Luis Borges, Biblioteca personal
El hombre conoció su instante de poder cuando irrumpió contra todos en la pirámide, armado con el dispositivo que había preparado con una frialdad casi ritual, pieza por pieza, como si obedeciera a un mandato antiguo. Había oído decir —y esa afirmación le ardía como una consigna— que Teotihuacán era el lugar donde los hombres se hacen dioses y los dioses descienden a ser hombres.
Quizá por eso no dudó. O dudó demasiado tarde.
El último gesto fue íntimo, recogido hacia adentro: un disparo alojado en la caverna de su propia boca, como si el sacrificio exigiera cerrarse sobre sí mismo, consumarse en la concavidad del origen de la palabra. Así selló el rito, en estos días en que el hombre, otra vez, había regresado a la luna, creyendo ascender mientras repetía, sin saberlo, las más antiguas ceremonias de la caída.
¿QUÉ ES ARRIBA Y QUÉ ES ABAJO EN EL UNIVERSO?
Sobre una ilusión necesaria
Hay preguntas que parecen infantiles hasta que uno intenta responderlas con rigor. ¿Qué es arriba y qué es abajo en el universo? es una de ellas. La formulación nace casi como un juego: si la Luna está arriba de mi cabeza en Colombia, y también está arriba de la cabeza de alguien en India —aunque en otro momento—, ¿cómo pueden coincidir esas direcciones si estamos en lados opuestos del planeta? La pregunta, apenas se toma en serio, desarma una de las intuiciones más arraigadas del lenguaje: la idea de que arriba y abajo son absolutos.
La vertical doméstica
En la vida cotidiana, arriba es evidente. Está donde apunta la cabeza, cuando estamos de pie; abajo, donde se apoyan los pies. Esta orientación no requiere reflexión: se impone con la naturalidad de la gravedad. Sin embargo, esa evidencia no es universal, sino local. Lo que llamamos arriba no es otra cosa que la dirección opuesta al centro de la Tierra; abajo, la dirección hacia él.
Cada cuerpo humano organiza el espacio desde su propia vertical, definida por la atracción gravitatoria del planeta. En ese sentido, todos vivimos en sistemas de referencia distintos, aunque no lo notemos. Dado que la superficie terrestre es una esfera, las verticales de sus habitantes no son paralelas, sino radiales.
La ilusión de lo compartido
La aparente contradicción —que la Luna esté arriba para todos— se resuelve cuando entendemos que el lenguaje simplifica lo que la física distingue. Dos personas pueden usar la misma palabra (arriba) para señalar direcciones diferentes en el espacio. La coincidencia es semántica, no geométrica.
Decimos arriba porque hablamos desde el cuerpo, no desde el universo. El lenguaje hereda la perspectiva de quien lo pronuncia. Por eso, aunque la Luna sea el mismo objeto, su posición relativa depende del lugar y del momento desde el que se observa. La unidad de la experiencia no implica la unidad de la orientación.
El universo sin vertical
Si abandonamos la escala terrestre y pensamos el universo en su conjunto, la distinción entre arriba y abajo se disuelve por completo. En términos físicos, no existe una dirección privilegiada que merezca esos nombres. El espacio no tiene un eje vertical intrínseco; solo contiene posiciones relativas y movimientos.
La física moderna —desde Isaac Newton hasta Albert Einstein— ha mostrado que las direcciones no están dadas de antemano, sino que emergen de relaciones: fuerzas, masas, marcos de referencia. Incluso la gravedad, que en la Tierra organiza nuestro arriba y abajo, no es una propiedad universal del espacio, sino el efecto de la curvatura producida por la materia y la energía.
En ese contexto, preguntar por un arriba absoluto equivale a buscar un norte cósmico que no existe.
Lenguaje, cuerpo y mundo
¿Por qué, entonces, seguimos hablando como si arriba y abajo fueran universales? Porque son indispensables. El lenguaje no describe el mundo desde ninguna parte: lo hace desde un cuerpo situado. Nuestra orientación espacial es, antes que una teoría, una práctica. Nos permite caminar, señalar, construir, habitar.
Pero esa utilidad tiene un precio: naturaliza lo que en realidad es contingente. Convertimos en rasgo del universo lo que es, en el fondo, una condición de nuestra experiencia.
Una lección discreta
La pregunta inicial no destruye el lenguaje; lo vuelve más consciente de sí. Nos recuerda que incluso las nociones más elementales —arriba, abajo, cerca, lejos— no son propiedades del mundo en sí, sino formas de habitarlo y decirlo.
En el universo, estrictamente hablando, no hay arriba ni abajo. Hay cuerpos, campos, trayectorias. Y hay, también, seres que, al nombrarlos, necesitan orientarse.
Quizá la lección sea esta: lo que parece más firme en nuestra manera de hablar es, a menudo, lo más dependiente de nuestra posición. El universo no tiene vertical; nosotros sí. Y entre ambos —entre lo que es y lo que decimos— se abre ese espacio discreto donde comienza el pensamiento
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