
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
•
Unos escritores describen el mundo; otros describen las grietas a través de las cuales el mundo se vuelve problemático. Franz Kafka y Jorge Luis Borges pertenecen a esta segunda categoría. Sus obras no se limitan a narrar acontecimientos ni a construir personajes memorables; operan como máquinas de interrogación. Después de leerlos, el lector no se siente más seguro de lo que sabe. Al contrario: descubre que gran parte de aquello que consideraba firme descansa sobre fundamentos inciertos.
Resulta tentador asociar la noción de incertidumbre al célebre principio formulado por Werner Heisenberg en la física cuántica. Sin embargo, en Kafka y Borges la incertidumbre no es una propiedad de las partículas ni de los instrumentos de observación. Es una condición constitutiva de la experiencia humana. No afecta solamente al conocimiento de las cosas, sino a las cosas mismas tal como aparecen ante nosotros.
En ambos autores existe una sospecha permanente: el mundo podría no tener el grado de coherencia que le atribuimos. Las instituciones, las tradiciones, las doctrinas, la historia, la identidad personal, la justicia, la memoria, el tiempo y hasta el lenguaje aparecen sometidos a una interrogación radical.
Kafka explora esta condición mediante la opacidad. Borges, mediante el infinito. En Kafka, los personajes se encuentran constantemente ante una realidad que parece organizada por una lógica inaccesible. Josef K. ignora de qué se le acusa. K. desconoce quién gobierna realmente el Castillo. Los mensajeros imperiales recorren distancias imposibles. Los funcionarios ejecutan procedimientos cuyo sentido nadie comprende exactamente.
No son solo enigmas narrativos. La incertidumbre constituye el tejido mismo de la realidad representada. La Ley existe. Pero nadie la conoce. La autoridad existe. Pero nadie puede alcanzarla. El centro existe. Pero está en todas partes y, por supuesto, en ninguna.
Por ello, los relatos kafkianos producen una sensación singular: la de estar dentro de un universo perfectamente organizado y, al mismo tiempo, radicalmente incomprensible. La incertidumbre surge de un exceso de orden cuya totalidad resulta inaccesible.
Borges recorre una vía distinta para arribar a una experiencia semejante. Sus ficciones suelen partir de una hipótesis intelectual llevada hasta sus últimas consecuencias. Una biblioteca que contiene todos los libros posibles. Un punto que contiene todos los puntos del universo. Un hombre que recuerda absolutamente todo. Un texto idéntico al Quijote escrito siglos después por otro autor. Un sendero temporal que se bifurca infinitamente.
Lo que emerge de estas construcciones no es claridad; es vértigo. La totalidad borgiana produce una incertidumbre comparable a la opacidad kafkiana. Cuando todo puede ser conocido, nada parece definitivamente cognoscible. Cuando todas las interpretaciones son posibles, ninguna adquiere carácter absoluto. La Biblioteca de Babel constituye quizá el ejemplo más notable. Si todos los libros existen, también existen todos los errores, todas las falsificaciones, todas las refutaciones y todas las interpretaciones de cada interpretación. El conocimiento absoluto desemboca paradójicamente en la imposibilidad de distinguir de manera concluyente entre verdad y error.
La abundancia infinita genera un efecto semejante a la carencia. Tanto Kafka como Borges parecen intuir que la incertidumbre no es un defecto accidental del conocimiento humano. Es su condición permanente. La mente aspira a construir sistemas coherentes. Busca centros. Necesita principios organizadores. Anhela totalidades.
Sin embargo, cuanto más avanza en esa búsqueda, más descubre horizontes nuevos de indeterminación. Esta intuición aproxima a ambos escritores a una antigua tradición filosófica que se extiende desde Pirrón hasta Pascal, pasando por Nicolás de Cusa y llegando a numerosos pensadores contemporáneos. La razón humana posee una extraordinaria capacidad para organizar sentido, pero no dispone de un punto de observación exterior al universo desde el cual verificar definitivamente la validez de ese sentido.
Toda explicación permanece situada. Toda interpretación es parcial. Toda certeza es provisional. En este contexto adquiere relevancia una imagen recurrente en Borges: la esfera infinita de Pascal, cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. La imagen resume admirablemente el problema. Existe un orden. Existe una unidad. Existe una totalidad. Pero ninguna perspectiva particular puede abarcarla. Cada observador percibe fragmentos. Cada lenguaje construye mapas. Cada tradición organiza ciertos aspectos de la experiencia.
Sin embargo, el territorio último permanece inagotable. Algo semejante ocurre en La construcción de la muralla China de Kafka. El imperio aparece como una totalidad cuya existencia es afirmada por todos, aunque nadie la experimente directamente. Los obreros construyen fragmentos. Los funcionarios administran fragmentos. Los habitantes conocen fragmentos.
La unidad imperial opera más como una creencia compartida que como una realidad observable. El imperio existe porque es narrado. Existe porque es imaginado. Existe porque funciona como principio de cohesión. En este punto, Kafka y Borges convergen de manera sorprendente. Ambos parecen sugerir que muchas de las realidades que ordenan nuestra vida tienen una naturaleza simbólica.
La nación. La historia. La identidad. La autoridad. La verdad. Dios. No son objetos que podamos señalar del mismo modo que señalamos una piedra o un árbol. Son construcciones que organizan la experiencia colectiva y permiten otorgar coherencia a una multiplicidad de acontecimientos dispersos.
La incertidumbre surge cuando advertimos que esas construcciones son necesarias, pero no definitivas. Necesitamos mapas. Pero los mapas no son el territorio. Necesitamos relatos. Pero los relatos no agotan la realidad. Necesitamos palabras. Pero las palabras nunca alcanzan completamente aquello que nombran.
La lectura de Kafka y Borges causa una sensación simultánea de expansión y desorientación. Sus relatos no destruyen el sentido. Tampoco lo afirman dogmáticamente. Lo sitúan en una región intermedia donde conviven el conocimiento y el misterio. Nos recuerdan que comprender el mundo consiste en aprender a habitar la incertidumbre y allí resida la vigencia de ambos escritores. En un tiempo saturado de opiniones categóricas, doctrinas excluyentes y certezas instantáneas, Kafka y Borges continúan recordándonos que la inteligencia comienza cuando reconocemos los límites de nuestras explicaciones. Nos entregan algo más valioso que respuestas finales: La conciencia de que toda respuesta abre nuevas preguntas y de que el universo, lejos de cerrarse sobre una fórmula definitiva, permanece desplegándose ante nosotros como un laberinto inagotable de posibilidades.
👉 También te puede interesar:


Deja una respuesta