
Lucas Restrepo-Orrego
Investigador, docente y abogado
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Fito Páez ha creado, de nuevo, el poema de la década. Shine nos da, además, una hermosa caracterización del fascismo: “imperio zombi”. No me atrevo, en estas líneas, a proponer el más mínimo intento de interpretación del íntimo proceso creativo de Fito. Hablaré solo desde lo que su poesía y su música hace en mí y mis ideas.
De Al lado del camino —poema de la última década del siglo— a Shine, hay temas comunes: la lucha vitalista contra los peligros del mundo gris. En los noventa, el nihilismo pasivo del “fin de la historia”. Hoy, el nihilismo resentido del racismo MAGA[1], de la manósfera, del patrioterismo mafioso de De La Espriella y, en general, de los nuevos fascismos que gangrenan desde adentro a casi todas las sociedades del globo.
“Brilla” porque el mudo gris amenaza la existencia. Brilla, porque el miedo se puede convertir en estilo de gobierno planetario. Brilla porque el miedo que ellos tienen del brillo destruye vidas y destruirán la tuya, desde adentro, si se los permites. Así lo promete, por ejemplo, Peter Thiel, dueño de esa terrible máquina de vigilancia planetaria y promotora de genocidios que es “Palantir”. El llamado “tecnofeudalismo” es un modelo de control global realizado directamente por las corporaciones basados en la disuasión. Así de tonto, así de simple y así de peligroso.
El imperio zombi es el fascismo institucional pero también el fascismo que deseamos. Una lectura pobre del tema nos lleva siempre a la idea del enemigo interno, tal como Hollywood suele hacer para movilizar, en cada época, guerras artificiales con muertos reales: los malos son los otros. Georges Romero, el gran inventor de nuestros zombis contemporáneos, difiere, por supuesto. Su cine no es sobre el enemigo sino justamente sobre el miedo y la disolución rápida de las sociedades basadas en el individualismo y la competencia autodestructiva ante la más mínima manifestación de la diferencia.
El imperio zombi es el problema del control y la reinversión de la energía vital en la agresividad resentida, en el nihilismo pasivo[2] como viene teorizándolo hoy Vanessa Lemm. El ejemplo del incelismo[3], una de las bases más expresivas de los nuevos fascismos en Europa y EEUU, es patente. La música de Fito es deseo, y su denuncia del fascismo de hoy hace eco con la intuición de Jimena Machuca cuando nos habla del “deseo sin cuerpo”[4].
El fascismo, hoy, es deseo sin cuerpo porque el “desear” ya no supera el estrecho margen del consumo pasivo de imágenes digitales efímeras. En el movimiento “incel”, la mujer se resume a una imagen digital y efímera. No supera el estatus fantasmal de un deseo truncado. El mecanismo se repite en los supremacistas y en los aporófobos: el inmigrante y el pobre, no son más que imágenes en una pantalla. Su cuerpo es también fantasmeado como objeto de violencia. Del deseo de violación al deseo de asesinato, el deseo truncado es el mismo. Solo se forma, en el recuentro con el cuerpo, como agresividad. Lo peor es que el fascismo se agarra de esas carencias, esa soledad tan triste que muchas veces acompaña al fenómeno de la digitalización de la sociabilidad humana.
Esto no es desconocido por los estrategas de campañas de la ultraderecha americana. Saben que el reencuentro con el cuerpo pasa por la agresividad acumulada: shots de dopamina y explosiones de euforia acompañadas de discursos construidos nanométricamente. Un deseo condenado a la satisfacción corta, simple, homogénea, empobrecida. Un deseo condenado a la violencia. El resultado es lo que ya sabemos que ocurre con la psique del guerrero traumatizado: un bloqueo permanente, emocional y deseante. Un deseo sin cuerpo es un muerto viviente. Y, como en el cine comercial de zombis, sólo la respuesta agresiva puede activar al contagiado.
La advertencia de Fito es sencilla: no estás enfermo, estás en riesgo de devenir fascista. La vida requiere de un pequeño esfuerzo: dale a tu cuerpo la posibilidad del deseo.
[1] Mi convicción íntima es que el llamado movimiento “MAGA” es el supremacismo blanco institucionalizado como reacción a las ofensivas igualitaristas emergentes en las comunidades negras, latino, nativas y otros grupos oprimidos en EEUU.
[2] Ver: Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo, México, 2013.
[3] La palabra “incel” proviene del inglés involuntary celibate, es decir, célibe involuntario. Quienes se identifican con este término afirman vivir sin relaciones sexuales ni afectivas, a pesar de desearlas. Nos acalra Amnistía Internacional: lo que comenzó como un espacio para compartir frustración emocional y aislamiento social ha derivado con el tiempo en una subcultura profundamente misógina y peligrosa. Ver: https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/el-movimiento-incel-la-peligrosa-radicalizacion-digital-que-fomenta-el-odio-hacia-las-mujeres/#section-6a2019d421649147922906, consultado el 7 de junio de 2026.
[4] El texto de Jimena Machuca lo encontré en una publicación de Instagram promovida por la cuenta “Generación Esperanza”. Ver: https://www.instagram.com/p/DYhv6CIjvAB/?img_index=9&igsh=MThmeXkzNzI3NzJjMw%3D%3D, consultado el 8 de junio de 2026.


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