
Sara María Triana Lesmes
Abogada y magister en derecho procesal
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Apostar por reconstruir, a partir de las vivencias de miles de personas —entre víctimas, firmantes de paz, militares, paramilitares, terceros, magistrados, abogados y psicólogos—, ha sido una experiencia tan emocionante, conmovedora y retadora como melancólica.
Detrás del desarrollo de audiencias, la preparación de diligencias, la lectura de relatos victimizantes y la preparación jurídica y psicosocial, se esconde una sombra de melancolía que no siempre se siente ni se lee: solo se ve en los días grises.
Hoy, mientras daba una entrevista a un par de jóvenes, por lo menos diez años menores que yo, comprendí que detrás de este trabajo existe una esperanza: no repetir nunca más lo sucedido. Una mirada reflexiva que me invita a seguir contribuyendo a la reconstrucción de las ruinas que las balas y la guerra ocasionan, y a juntar los pedazos que, con el paso de los años, se fueron resquebrajando.
Y es que, aunque sea cuestionable el proceder de gran parte de las decisiones de la Jurisdicción Especial para la Paz, basta ver el video del militar arrodillado ante una madre y su hija, mientras ellas lo abrazan y expresan que lo han perdonado, para entender que esto vale la pena.
La generosidad de miles de víctimas —mujeres campesinas que perdieron a sus hijos; hijos ya adultos que, de niños, se quedaron sin padre o sin madre; familias recién constituidas que el conflicto destruyó; sangre hoy invisible que alguna vez enrojeció la tierra y las manos— me lleva a pensar que no hay una sola parte, en medio de una guerra, que no pierda su vida desde dimensiones incomparables.
Ni aquel hombre o mujer que empuñó las armas contra un Estado cuyo accionar fue y sigue siendo opresor, ni aquel que decidió defenderlo, legal o ilegalmente. Ningún hombre, mujer, niño, niña, anciano, madre, padre, abuelo, abuela, tío o tía merece vivir en medio de las balas.
Le agradezco a la guerra por no haber escogido a mi anciano padre, por no haberlo hecho parte de ningún bando en el conflicto cuando era joven y porque, pese a las adversidades, lo impulsó a ganarse la vida con lo que podía, haciéndolo un hombre desapercibido para ella. Le agradezco también a la vida por haberlo ignorado para esos propósitos.
Agradezco que la guerra haya ignorado a mi madre y a sus hermanas, que no fueron objeto de ataques de hombres del Estado ni de paramilitares que las persiguieran por ser familiares de un hombre que decidió empuñar las armas para proteger su vida y luchar por sus ideales.
Agradezco que la guerra me haya permitido, a mí y a mis hermanos, vivir en una ciudad donde el conflicto llegó a zonas que no habitamos. También le agradezco por pasar por alto nuestra existencia y mantenernos dentro de una familia que nos protegió.
Gracias por no tocar a las personas que amo, que no tuvieron que vivir de cerca lo que la guerra significa.
¡Gracias, guerra! Porque, de habernos visto, seguramente los relatos que hoy debo leer y reconstruir por mi trabajo habrían reflejado mi propia historia. Podría haber crecido sin el amor incondicional de mi padre: su fuerza, su afecto torpe, sus cuidados, sus sonrisas, su compañía y sus ocurrencias.
Podría haber crecido sin mi madre y, sin ella, haber tenido una infancia carente de ejemplos de amor, abnegación, servicio, amabilidad y nobleza.
También podría haber crecido siendo yo la víctima, o incluso la responsable de causar daños bajo convicciones que me hicieran entender como justa mi lucha. Podría haber crecido sin el amor particular que se gesta entre hermanos y, finalmente, podría haber crecido sin amar.
¡Gracias, guerra, por no verme a la cara, ni a mí ni a quienes considero indispensables! Porque esta vida no sería mía sin ellos; porque la valentía, la generosidad y la resiliencia que encuentro en las víctimas, en los firmantes de paz y en muchos de quienes empuñaron las armas en nombre del Estado difícilmente podría encontrarlas en mí con tal magnitud.


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