
Felipe Polanía
Educador Artístico y Mediador Cultural
Viviendo en Zurich, en condición de exilio
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Hace algo más de un mes, el candidato presidencial del Pacto Histórico, Iván Cepeda, convocó como fórmula vicepresidencial a la lideresa indígena Aída Quilcué. Algunos analistas políticos señalaron de inmediato que esta elección era un acto simbólico que no aportaba votos a la candidatura. Sostienen que una persona indígena no está para gobernar el país, que su lugar está en el cabildo, en el resguardo o en el museo.
En las repúblicas modernas latinoamericanas nunca se pensó a los pueblos indígenas como constituyentes de la nación. Por el contrario, se les consideró un obstáculo para el desarrollo, una falla de origen que debía superarse.
Hoy son conocidas las masacres de pueblos indígenas sobre las que se edificaron las nacientes repúblicas: los mapuches en Chile y Argentina, los selk’nam en Tierra del Fuego, los yaquis en México, así como pueblos de la Amazonía y de los Andes. Como dice una frase atribuida al cronista Eduardo Galeano: “En América todos tenemos sangre originaria: unos en las venas y otros en las manos”.
Sin embargo, las élites de esas repúblicas criollas no lograron eliminar la presencia indígena. Además de la violencia física, recurrieron a estrategias socioculturales para “depurar” a las nuevas naciones de lo indígena. Las personas indígenas tuvieron que abandonar vínculos identitarios como la vida comunitaria, el idioma o la espiritualidad. A cambio, debían jurar lealtad a la nueva nación, asumir formas de vida modernas y adoptar el lenguaje del grupo dominante. Así, fueron relegadas a los márgenes de la nación.
El mestizaje fue —y sigue siendo— celebrado como supuesto fundamento de la nación, lo que permite ocultar el carácter colonial y racista de los Estados. Desde los discursos políticos y culturales se afirma que, al ser una nación mestiza, todas las personas tienen algo de indígenas y, por tanto, el racismo no puede ser estructural. “¿Cómo voy a ser racista yo, si tengo un porcentaje de indígena en mí?” es un argumento frecuente para evadir críticas al racismo cotidiano.
El mestizaje actúa hoy como un mecanismo que reorganiza la jerarquía racial heredada del colonialismo. Invisibiliza el racismo, pero al mismo tiempo lo hace más estructural. Promueve el mito de la igualdad mientras profundiza la desigualdad social. La persona mestiza puede ascender socialmente solo si potencia los rasgos asociados a la blanquitud y relega los elementos indígenas al ámbito privado o folclórico.
Este discurso invisibiliza las opresiones racistas y excluye a los pueblos indígenas de los debates sobre justicia social.
En la sociedad actual, lo indígena queda fuera de la esfera del poder público. Se le asigna como espacio “natural” la tradición. La historia indígena se vincula al pasado fundacional de la nación, que incluso los denomina “nuestros indígenas”. Así, su presencia en el presente se reduce a la cosificación: se convierte en un objeto que justifica el proyecto nacional —“eso éramos antes”, “de allí venimos”— y que se exhibe en museos como testimonio del pasado. De este modo, las personas indígenas pierden su condición de sujetos históricos y políticos.
Si se permite su permanencia, es en el folclor: como parte de la puesta en escena del Estado-nación. Las comunidades indígenas son aceptadas si elaboran artesanías para adornar espacios de poder o si legitiman simbólicamente ese poder. Se convierten en decorado de un sistema que niega su existencia.
Desde la lógica de la blanquitud, lo indígena pertenece a la tradición, no a la modernidad; produce artesanía, no arte; se le niega conocimiento científico y se le asocia con la superstición. En este marco, se fija a las personas indígenas en un pasado inmóvil, ligado a imágenes exóticas y estereotipadas. Así se invisibiliza su exclusión actual y se niega su condición de sujetos de derechos y su capacidad de transformar la realidad.
Por eso, la elección de una lideresa indígena como fórmula vicepresidencial no puede dejar de generar incomodidad en ciertos círculos académicos y políticos acostumbrados a las lógicas de la política tradicional. Surgen preguntas como: ¿qué sentido tiene esta elección?, ¿cuántos votos aporta?, ¿quién gana con esto? Incluso dentro de sectores que se consideran de izquierda, se acepta a una persona indígena en la protesta, pero no en la dirección del país. Esto revela que persiste la idea de un pasado indígena, un presente mestizo y un futuro blanco.
Aída Quilcué es una profunda conocedora del país y sus conflictos, incluso más que muchos centros de pensamiento. Pero mientras se mantenga el apego al orden establecido de la blanquitud, el país no reconocerá oportunidades históricas para superar sus conflictos.
Su elección representa una reactualización del saber indígena en el escenario político, no un gesto simbólico. Su presencia interpela el colonialismo mental de la política colombiana y propone una perspectiva pragmática del cambio.
El acumulado político indígena no se limita a la movilización social. También incluye formas de organización orientadas al bienestar común y una concepción del poder basada en la confianza, la humildad y la honestidad.
Con Aída Quilcué, se reivindica la palabra en el ejercicio del gobierno. Este dejaría de ser una escenificación del engaño para convertirse en un acto de coherencia entre palabra y acción.


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