
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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La fama póstuma es humo y polvo.
— Marco Aurelio
El infierno son los otros.
— Jean-Paul Sartre
Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria
— Jorge Luis Borges
Vivimos todos en el fondo de un infierno donde cada instante es un milagro
— Emil Cioran
Antes de toda teoría, una escena:
En la antigua Éfeso, una de las ciudades más prósperas del mundo helénico, se erigía el templo de Artemisa, considerado una de las maravillas de su tiempo. Era un edificio consagrado a la diosa, pero también a la destreza humana: columnas monumentales, mármol trabajado con precisión, una arquitectura destinada a perdurar.
Una noche del siglo IV a. C., un hombre decidió incendiarlo. Se llamaba Eróstrato. No lo movía el odio religioso ni una causa política. Confesó, bajo tortura, que lo hizo para ser recordado. Para que su nombre no se perdiera. Para arrancarle a la historia —aunque fuera mediante la destrucción— un lugar. Las autoridades reaccionaron con una lógica comprensible: prohibieron mencionar su nombre. Querían evitar que el crimen obtuviera su recompensa. Pero la prohibición fracasó. El nombre de Eróstrato atravesó los siglos. El templo ardió una vez; su gesto, en cambio, no ha dejado de repetirse.
Hay una forma de la fama que no ilumina: quema. No reconoce: exhibe. No inscribe en la memoria: la perfora. Es la fama infame, esa visibilidad que no nace del hacer sino del estallar, y cuyo resplandor —breve, brutal— deja tras de sí un campo de ruinas. Quizá toda fama contenga ya su forma de olvido; quizá no sea más que polvo anticipado.
El acto de Eróstrato no es una anomalía aislada. Es una posibilidad latente allí donde la existencia parece depender de ser vista. Si no hay obra que asegure la permanencia, si no hay reconocimiento que legitime la vida, entonces la destrucción se vuelve un atajo. Aquí la literatura no ilustra: piensa.
En el cuento Eróstrato, Jean-Paul Sartre traslada el incendio al interior de la conciencia. Su protagonista no necesita un templo; le basta la mirada de los otros. Ser visto no es garantía de reconocimiento, más bien de juicio. Y en ese juicio se juega algo decisivo: la posibilidad de quedar fijado, reducido, anulado. La violencia aparece entonces como un intento de inscribirse, de impedir que la existencia se disuelva en la insignificancia. Pero, ¿qué es esa insignificancia? En ese punto, la intuición de Jean-Paul Sartre encuentra un correlato inesperado en lo que la psicología denomina Efecto Pigmalión. La mirada del otro no solo juzga: modela. No se limita a registrar lo que somos, sino que interviene —a veces de manera decisiva— en lo que llegamos a ser. Ser visto como “nadie” no es una experiencia neutra; es una presión constante hacia esa forma de inexistencia. La conciencia, expuesta a ese veredicto, puede terminar por asumirlo o por intentar romperlo de manera extrema.
Así, la violencia que en Sartre aparece como respuesta a la mirada se entrelaza con un mecanismo más amplio: el de las expectativas que se cumplen al imponerse. No se incendia solo para ser visto, sino también para escapar de una mirada que ya ha decidido qué se es. Entre la fijación y la huida, el gesto erostrático se vuelve inteligible: destruir para no quedar definitivamente reducido.
Para Jorge Luis Borges, la idea de ser nadie pierde gravedad cuando se comprende que todos participamos de una misma trama. La singularidad absoluta sería una ilusión; la penuria, en cambio, es compartida. Sin embargo, esta intuición no siempre consuela. Saber que todos somos intercambiables no elimina la necesidad de ser visto como irrepetible.
Emil Cioran lleva la cuestión a un extremo más áspero: vivir sería habitar una intemperie sin garantías, donde cada instante, por improbable, ya es un milagro. No hay red simbólica que asegure el sentido. En ese paisaje, la visibilidad no redime; apenas intensifica la exposición.
Entre la mirada que juzga, la comunidad que diluye y el abismo que insiste, se configura el terreno donde la fama infame se vuelve posible. Y no es una desviación, es una salida extrema dentro de una economía empobrecida del reconocimiento.
Tal vez el incendio comience con el lenguaje. Las expectativas no solo describen: producen. Nombrar a alguien como nadie no es un diagnóstico inocente, sino una forma de empujarlo hacia esa nada. El desprecio no se limita a registrar una carencia; puede contribuir a fabricarla. En ese punto, la palabra deja de ser comentario y se vuelve condición de posibilidad. El problema, entonces, parece ser la red de pequeñas operaciones simbólicas que lo hacen pensable; el incendiario y el mundo que convierte el incendio en una forma de aparecer.
¿Qué hacer? No hay soluciones limpias, pero sí desplazamientos necesarios.
El primero: alterar la economía de la visibilidad. Mientras lo visible dependa de estallar, el estallido seguirá siendo una opción. Se trata de abrir otras formas de aparición, menos inmediatas, menos espectaculares, pero más habitables.
El segundo: suspender los epítetos terminales para evitar que el lenguaje cierre lo que aún podría abrirse. Entre describir un acto y condenar una existencia hay una diferencia que conviene preservar.
El tercero: introducir fricción antes del acto. Ralentizar. Interrumpir la inercia que conduce del desprecio a la destrucción. Hacer visible el conflicto sin convertirlo en espectáculo.
El cuarto: reorientar el uso de las inteligencias artificiales para desviar sus trayectorias. Detectar cuándo el lenguaje empieza a cerrarse sobre sí mismo, cuándo la única salida imaginable es el estallido, e introducir allí una variación.
Hay, además, una resonancia que atraviesa los siglos. El nombre de Artemisa —el del templo incendiado por Eróstrato— ha regresado en nuestro tiempo bajo otra forma: Artemis. Donde antes hubo un santuario erigido para perdurar, hoy hay un proyecto que busca extender la presencia humana más allá de la Tierra. Dos formas de aspirar a lo mismo: dejar huella, inscribirse en una duración que exceda la vida individual.
Pero entre ambas persiste una tensión más inquietante. El templo convocaba la memoria mediante la obra; el incendio la forzaba mediante la destrucción. El programa espacial promete una inscripción en el porvenir; el gesto erostrático, en cambio, asegura una irrupción inmediata en el registro. Uno construye tiempo; el otro lo interrumpe.
Dudamos si hemos transformado la lógica que habita nuestras obras más altas o más complejas. Porque allí donde la visibilidad siga dependiendo del impacto, el incendio seguirá siendo una tentación latente, incluso a la sombra de los proyectos más ambiciosos.
Nada de esto eliminará la posibilidad de nuevos Eróstratos. Pero quizá logre algo menos ambicioso y más urgente: que la destrucción deje de ser una forma convincente de existir. Porque mientras alguien necesite arder para ser visto, el fuego seguirá siendo una opción. La tarea es entonces abrir un espacio donde una vida no tenga que volverse ceniza para aparecer. Donde la visibilidad no tenga que ser incendio para propagarse en todas las bocas, pero tenga una forma de mundo más elemental.
Hay que seguir pensando en todo ello, quizá por allí haya un camino para apaciguar a este animal simbólico, esperanzado y terrible, obligado a devenir Hombre.
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