
María Esperanza Rodríguez
Licenciada en filosofía e idiomas
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Cuando escucho a parientes y amigos discutir sobre si los conflictos de hoy deben resolverse a plomo o mediante el diálogo, pienso en una guerra que ocurrió hace 127 años y de la cual podemos aprender algunas cosas: la Guerra de los Mil Días.
Comenzó en Santander el 17 de octubre de 1899 y terminó oficialmente el 21 de noviembre de 1902. Fueron poco más de tres años de combates, pero sus consecuencias duraron mucho más. Dejó un país empobrecido, una economía desorganizada, miles de muertos y una sociedad dispuesta a vivir nuevas violencias, es decir, a resolver todo a punta de plomo.
La guerra no se inició porque dos pueblos se odiaran. Comenzó por una disputa política, por un sentimiento de exclusión que venía acumulándose durante décadas. Los liberales no podían ser gobierno, en parte porque no tenían los votos suficientes, en parte porque el sistema estaba diseñado para evitar que ellos ganaran. Un sector de la dirigencia liberal llegó a la conclusión de que las instituciones ya no ofrecían oportunidad ni salida.
El 18 de octubre se produjo en Santander el pronunciamiento que desencadenó las hostilidades. Días después, el 28 de octubre, las operaciones militares formales comenzaron en Piedecuesta. Una vez que las armas entraron en escena, la disputa por el poder tomó otro rumbo y se desarrolló con otra lógica.
Al principio pareció una guerra entre ejércitos. Los liberales obtuvieron una importante victoria en Peralonso, entre el 15 y el 16 de diciembre de 1899. Pero el 11 de mayo de 1900 comenzó la batalla de Palonegro, cerca de Bucaramanga. Se prolongó hasta el 25 de mayo y terminó favoreciendo al Gobierno. Con ella se cerró la primera gran etapa del conflicto. Después vendría una guerra más dispersa, protagonizada cada vez más por pequeños destacamentos armados que se asaltaban los unos a los otros.
Ahí aparece una de las primeras lecciones de aquella guerra: cuando un conflicto político ya no puede tramitarse por la vía institucional, mediante acuerdos que permitan gestionar y resolver las diferencias, llega la vía de las armas, ese conflicto se transforma y transforma la sociedad en la que ocurrió.
Hay una manera particularmente reveladora de contar aquella tragedia: mirar una moneda.
En Santander circuló, durante la guerra, una moneda de cincuenta centavos conocida como coscoja. Fue acuñada con casquillos de bala recogidos en los campos de batalla. Es difícil imaginar una metáfora más precisa: las mismas armas que habían servido para matar terminaban convertidas en dinero para comprar alimentos o cualquier otro producto necesario para sobrevivir. El Banco de la República conserva hoy ejemplares de esas monedas.
Pero la historia del dinero no termina allí.
Durante la guerra también circularon billetes emitidos por distintos actores. El Banco de la República guarda, por ejemplo, un billete de cinco pesos expedido por la Tesorería del Gobierno Provisional en Ocaña el 15 de junio de 1900. Era dinero nacido de una economía en guerra. Mientras los ejércitos peleaban, el país también veía cómo se deshacía el valor de su moneda.
Entre octubre de 1899 y el final de la guerra, el papel moneda en circulación se multiplicó casi diez veces. La inflación alcanzó niveles extraordinarios: en 1901 los precios llegaron a aumentar cerca de 400 por ciento. El dinero que una familia tenía guardado podía perder rápidamente su capacidad de compra.
La guerra, entonces, no estaba solamente en los campos de batalla. Estaba en el mercado, en el bolsillo, en la comida que ya no alcanzaba, en los ahorros que perdían valor, en las familias campesinas obligadas a soportar reclutamientos, desplazamientos, enfermedades y escasez.
Por eso las guerras no pueden medirse únicamente llevando cuentas de batallas, cifras de bajas e incautaciones de material bélico. También hay que mirar las monedas que pierden su valor, los negocios que cierran, las cosechas que no se recogen y las familias que abandonan sus casas.
Después de Palonegro, la guerra se fue extendiendo por otras regiones del país. De Santander, pasó al Magdalena, Tolima, Cauca, Panamá. Más de media Colombia terminó incendiada; la confrontación llegó incluso a tener una dimensión internacional.
Finalmente llegó el momento en que los adversarios tuvieron que sentarse a negociar.
El 24 de octubre de 1902 se firmó el Tratado de Neerlandia, en una finca de la zona bananera del Magdalena. En Santander, el acuerdo de Chinácota se firmó el 21 de noviembre. Ese mismo día, en Panamá, representantes del Gobierno y de los liberales firmaron a bordo del acorazado estadounidense USS Wisconsin el tratado que puso fin formalmente a la guerra.
Después de tres años de combates, la salida terminó siendo aquello que la guerra había hecho imposible: un acuerdo. Pero el país que llegó a la paz ya no era el mismo.
Santander había perdido buena parte del liderazgo político y económico que había tenido durante el siglo XIX. El artesanado y las actividades manufactureras quedaron profundamente afectados. El país estaba endeudado, la moneda depreciada y la economía golpeada. Para acabar de ajustar, en 1903 Colombia pierde a Panamá.
No se puede explicar la separación del istmo únicamente por la Guerra de los Mil Días, pero sí resulta imposible entender el debilitamiento colombiano y el contexto político en el que ocurrió sin mirar aquella guerra y la creciente presencia de Estados Unidos en Panamá.
Por eso vale la pena recordar esa guerra en la situación actual. No para convertirla en una pieza de museo ni para repetir la vieja historia de buenos contra malos, sino para recordar cómo comienza una guerra.
Nunca empieza con la destrucción de un país. Se inicia mucho antes: con una disputa que se vuelve irreconciliable, con la convicción de que el adversario no merece ser escuchado, con la idea de que las instituciones ya no sirven y con la tentación de pensar que la fuerza puede resolver lo que la política no pudo solucionar.
Ahí llegan las armas, aumenta el número de personas dispuestas a matar y morir por una idea más o menos difusa, más o menos justa. Después, incrementa la cantidad de muertos y su presentación pública como trofeos. Llega la degradación moral.
Aparecen las monedas hechas con casquillos y los billetes que pierden su valor. Un país lleno de hambre, desplazamiento y ruina. Finalmente, cuando todos han pagado un precio demasiado alto, alguien vuelve a sentarse a conversar.
Recordar la Guerra de los Mil Días es recordar que la política puede producir grandes desacuerdos; que una democracia puede atravesar momentos de enorme tensión; que hay conflictos que requieren decisiones firmes y profundas, pero hay una frontera que conviene no cruzar: convertir al adversario en enemigo e intentar arrasar con quienes se opongan al gobierno de turno.
No conviene cruzar esa frontera, porque ahí empiezan o se recrudecen las guerras. Y nadie sabe cómo van a terminar.


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