A propósito de Cuba y otros Caribes.

Francisco Cepeda López
Profesor y músico
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Para los estudiosos del Caribe, definir conceptos como identidad y cultura en este territorio resulta una ardua tarea, pues el hombre caribeño no se identifica, plenamente, con los elementos primarios de su formación: africano, europeo y amerindio.
Conceptos como los del melting pot, crisol, sincretismo, pluralidad, caos, y en los últimos años, la “poética de la relación”, de Edouard Glissant, han sido utilizados para explicar y definir la constitución cultural y la identidad del ser Caribe, pero que puede ser extrapolado para explicaciones de lo meta caribeño.
El rizoma, concepto de Deleuze y Guattari, revoluciona la construcción de identidad al proponerla como una red abierta, múltiple y descentralizada, en contraposición al modelo de «raíz» (fijo y jerárquico). La identidad-rizoma es relacional, dinámica y en constante criollización, conectando diversos nodos (experiencias, culturas, influencias) sin un origen único ni final.
A diferencia de las estructuras arbóreas (tradicionales, heredadas de la civilización occidental), el rizoma permite que la identidad se construya a través de conexiones horizontales y heterogéneas.
La identidad no es un estado final, sino un «mapa» que se reconfigura constantemente, integrando nuevas experiencias sin depender de una esencia fija. Los iberoamericanos somos multicultura por la plurietnia y sus vinculaciones; «criollización» o «identidad-rizoma» o que subraya la mezcla y el intercambio, crucial para entender identidades complejas y cambiantes.
La identidad rizomática carece de un centro organizador o un profeta (hoy, CEO), y permite que cualquier elemento influya sobre otro, fomentando la diversidad y rompiendo con la estandarización. Esta perspectiva permite una identidad flexible, capaz de contrarrestar la inercia de las estructuras tradicionales y adaptarse al mundo contempo-ráneo.
La raizalidad o la diversidad mestiza se expresan en los trabajos de dos poetas caribeños; Nicolás Guillén y Édouard Glissant. Cada una de estas visiones de la identidad antillana –más insular y nacional en el caso de Guillén, más pan-caribeña en el caso de Glissant– entabla un diálogo con la “filosofía de las raíces” desde su propio momento histórico, siendo interpelada por ideologías distintas.
Todavía a la altura de los noventa (del siglo XX) subrayaba Rene Menil la importancia y la vigencia de la “filosofía de las raíces” como modo de pensar la vida de la comunidad antillana, su realidad, su sentido, sus perspectivas, su destino. La búsqueda de las raíces -aduce el coterráneo de Glissant- sigue siendo el mayor imperativo moral, político y estético, una condición sine qua non para poder pensarse, conocerse, identificarse (2005).
Nos recuerda Glissant que la raíz es única, es un tronco totalitario que lo acapara todo y que destruye todo a su alrededor. […] el rizoma […] es una raíz múltiple, extendida en redes en la tierra o en el aire, sin que ningún tronco intervenga como predador irremediable. (Glissant 1990) Sin embargo, observa, las raíces no son una realidad que “esta ahí”, un axioma evidente, ni tampoco deberían verse como el fin ultimo (telos) del existir, “un tope más allá del cual solo estarían el vacío y la nada” (306). De ello eran conscientes Nicolas Guillen y Edouard Glissant que procedieron a relativizar este “pensamiento vegetalista” de acuerdo con sus propias perspectivas históricas y, por ende, desde posturas ideológicas distintas.
El Guillen (Nicolás) apologeta de la revolución da por hecho lo que aún está por cumplirse (cf. Branche 2003: 7-16). Y no es menos cierto que su poética de la mulatez, fundamentada en la dialéctica marxista –como todo discurso del mestizaje, independientemente de la fuente ideológica en que bebe–, implica necesariamente la disolución (superación) de la diferencia (cf. Pratt 1995: 21-27).
He aquí la encrucijada de la identidad múltiple, de la que pretende salir Edouard Glissant: “… ¿cómo ser uno mismo sin sofocar al otro, y como abrirse al otro sin ahogarse uno mismo?” (2002). “No sé lo que es el mundo pero sé que es mío… No sé lo que hago pero sé que lo que hago me hace… No sé quién soy pero sé cómo me siento… No sé lo que valgo pero sé no compararme… No sé dónde estoy pero sé que estoy en mí”; nos advierte Jorodowky.
A guisa de salida, entonces, Glissant se plantea (a sí mismo) que la dialéctica del mestizaje –múltiples raíces y búsqueda eterna de unidad– no es precisamente la mejor respuesta a aquellos otros tipos de “pensamiento vegetal” que crecieron con fuerza en las Antillas francófonas: la ideología del asimilacionismo a la cultura francesa y la que fue una fuerte reacción a ella, la poética de la negritud.
Siguiendo a Deleuze y Guattari, los dos representan lo que Glissant denomina estructura totalizadora del árbol, fundadora de la “identidad raíz” de una filiación inflexible y aferrada a un mito de creación, a una Genesis (Glissant 1990: 157).
Concebir lo antillano como un rizoma, o sea como una raíz en busca de otras raíces, es un acto de resistencia a ser borrado o asimilado, pero también un acto de renuncia a atrincherarse en una supuesta identidad primigenia que asume y ostenta su propia extranjería; y es, ante todo, una apuesta por lo diverso entendido como “punto de encuentro de las diferencias que, al ajustarse, oponerse, amoldarse, desencadenan lo imprevisible.
Esta mirada a lo identitario bien valdría para salir de los abordajes localizados, puntuales, raizales, en el análisis de la “civilidad” ibero-americana. ¡Que se me venga el mundo encima!
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